Sunday, April 15, 2007


 

 

 

 

 

 

 

 

KRYON

 

5

 

 

 

 

 

 

 

EL VIAJE A CASA

 

 

 

LA HISTORIA DE MICHAEL THOMAS Y LOS SIETE ÁNGELES

 

 

Lee Carroll

 

 

 

 

 


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Dedicado a todas las personas que han comprendido que un ser humano tiene el poder de cambiar su vida, y que ¡las cosas no siempre son lo que parecen!

 

 

 

¿QUIÉN ES KRYON?

 

Kryon es un ente amoroso y benévolo que actualmente está en la Tierra para ayudarnos a entrar en la elevada energía de lo que denominamos nuestra «nueva era».

 

Las palabras de Kryon han transformado vidas y llevado amor y luz a algunos de los sitios más oscuros de nuestro ser interior. El argumento de “El viaje a casa” fue inspirado por Kryon, y escrito por Lee Carroll.

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

En diciembre de 1996, Kryon estuvo ante más de quinientas personas en Laguna Hill, California, en la clausura de un se­minario vespertino. En una sesión en la que se contaron cuen­tos y que duró más de una hora, fue presentado el viaje de Michael Thomas: un recorrido nacido del deseo de un ser humano, harto de lo terrenal, de reunirse con su familia espi­ritual y regresar al «hogar».

 

El nombre de Michael Thomas, en sí mismo, representa los atributos increíblemente sagrados y santos del arcángel san Miguel, y también las propiedades energéticas ancestrales de santo Tomás, el Dubitativo. Esta combinación nos repre­senta a muchos de los que percibimos que somos seres espiri­tuales, pero que a menudo dudamos de nuestra capacidad para avanzar hacia un nuevo milenio que ha incrementado sus exi­gencias espirituales o sus retos basados en el miedo.

 

El viaje de Mike hacia su hogar revela paulatinamente una aventura a través de las siete casas llenas de color, cada una de ellas ocupada por un Ángel Magno. Cada casa representa un atributo de la Nueva Era y encierra sabiduría, enseñanza, hu­mor y revelación en cuanto a lo que Dios quiere que sepamos sobre nosotros mismos. También vislumbramos el modo cómo funcionan las cosas a medida que nos adentramos en el nuevo paradigma de nuestra Nueva Era.

 

Evolucionando hacia un final conmovedor y sorprenden­te, el viaje de Michael Thomas revela a los seres humanos un paquete de amorosas instrucciones que provienen de una fuen­te espiritual que desea constantemente «lavar nuestros pies».

 

Si usted alguna vez ha formulado a Dios la pregunta: «¿Qué es lo que quieres que sepa?» ¡POSIBLEMENTE SEA ESTO! Acom­pañe a Michael Thomas en su apasionante viaje. Es probable que le recuerde a usted el suyo.

 

 

 

1. MICHAEL THOMAS

 

Los fragmentos de plástico negro volaron en todas direccio­nes mientras Mike se «encajonaba», empujándose con bas­tante fuerza contra la pared del cubículo, en su oficina de ven­tas. Este era un ejemplo más en el que un objeto inanimado padecía la creciente rabia de Mike, a consecuencia de su si­tuación.

 

Súbitamente, una cabeza apareció de forma inesperada entre las polvorientas hojas de la planta de plástico que esta­ba a su izquierda.

 

—¿Sucede algo? —preguntó John desde el cubículo vecino. Las paredes de cada cubículo tenían la altura justa para crearle, al correspondiente trabajador, la ilusión de que tenía una oficina propia. Mike tenía varios objetos altos sobre su escritorio, ya que así conseguía matizar el hecho de que sus compañeros de trabajo estaban situados a sólo un par de me­tros de distancia durante toda la jomada; todos ellos compar­tían la ilusión de independencia y «privacidad» tanto en sus respectivos espacios como en sus conversaciones. El resplan­dor de la luz blanca del fluorescente, que provenía de la miríada de instalaciones desnudas que estaban sobre los cubículos, bañaba tanto a Mike como a sus congéneres. Era ese tipo de falsa iluminación que solamente se encuentra en las institucio­nes y en la industria; parece como si absorbiera todo el rojo del espectro visual, volviendo pálidas a todas las personas que ilumina, incluso a aquellas que viven en la muy soleada California. Los años que había pasado sin tomar la luz directa del sol hacían que la palidez de Mike se duplicara.

 

—Nada que un viaje a las Bahamas no pueda curar —res­pondió Mike sin mirar hacia la planta de plástico por la que asomaba la cabeza de John, quien se encogió de hombros y retomó su conversación telefónica.

 

Mientras las palabras salían de su boca, Mike sabía que nunca se podría permitir estar en las Bahamas con el salario del oficinista que toma los pedidos en la «mina de carbón» (así llamaban los empleados a la oficina de ventas en la que trabajaban). Empezó a recoger los trozos de plástico de la bandeja que acababa de romper, y suspiró, acción que reali­zaba con mucha frecuencia últimamente.

 

¿Para qué estaba allí? ¿Por qué carecía de la energía o del incentivo para mejorar su vida? Su mirada se posó en el oso afelpado de aspecto estúpido que se había comprado y que de­cía: «Abrázame». Junto a él estaba su tira cómica favorita titula­da Lado Opuesto, que trataba del «pájaro azul de la felicidad» que estaba escapando de Ned, el protagonista de la tira cómi­ca; mas para Mike, la tira trataba del «pollo de la depresión».

 

No importaba cuántas caras sonrientes o cuántas tiras có­micas pegara en las paredes del cubículo. Mike seguía sin­tiéndose bloqueado. Estaba adherido a una existencia pareci­da a las copias de una fotocopiadora de oficina: cada día era un duplicado del anterior, uno tras otro, sin ningún objetivo. La frustración y el desamparo que experimentaba lo hacían sentirse descontento y deprimido, y empezaba a dar muestras externas de ello. Incluso se lo había comentado su supervisor.

 

Michael Thomas tenía treinta y tantos años, y como tantas otras personas de su oficina, «hacía lo justo para subsistir». En ese empleo no tema que poner gran cuidado en lo que hacía. Simplemente, podía desconectar durante ocho horas al día, iba a casa, dormía, y los fines de semana intentaba pagar sus facturas pendientes, y el lunes, otra vez la misma rutina. Mike se daba cuenta de que, de los treinta individuos que trabajaban en esa oficina de Los Ángeles, él sabía únicamen­te los nombres de cuatro personas, pero simplemente no le importaba; así había estado durante más de un año, después de la ruptura sentimental que destrozó su vida para siempre. Jamás compartía sus recuerdos con nadie, aunque éstos acu­dían a su mente casi cada noche.

 

Mike vivía solo, sin contar a su único pez. Quiso tener un gato, pero el casero no se lo permitió. Sabía que estaba inter­pretando el papel de víctima, pero su autoestima se encontra­ba en el punto más bajo, y seguía frotándose la herida que había en su vida; intencionadamente, la mantenía abierta, san­grante y dolorida, para poder echar mano de ella a voluntad. Pensaba que no podía hacer otra cosa, y no estaba seguro de tener la energía para poder cambiar las cosas, incluso si hu­biera querido hacerlo. En broma, le puso al pez el nombre de «Gato», y solía hablarle cuando llegaba del trabajo o cuando

 

salía a trabajar.

 

Al salir, Mike acostumbraba a decirle a su amigo con ale­tas: «Ten fe, Gato». Obviamente, el pez nunca le respondía.

 

Mike medía más de un metro ochenta y cinco de estatura y esto imponía un tanto, hasta que sonreía. Esa sonrisa encerra­ba un encanto que fundía todos los prejuicios que uno podía haber tenido al ver su elevada estatura. No era una casualidad que atendiera a los clientes por teléfono, de tal forma que no pudieran verle, ya que su intención era negarse a sí mismo su mejor atributo; era casi como autoimponerse prisión, lo cual le permitía sumergirse en el melodrama de su actual situa­ción. Mike aventajaba en habilidades a las demás personas, pero rara vez se permitía usar dichas aptitudes, excepto si era necesario hacerlo por cuestiones de trabajo. Mike no gustaba de cultivar amistades y en sus parámetros mentales actuales las mujeres tampoco existían para él, aunque a muchas de ellas él les podría haber gustado.

 

Sus compañeros de trabajo varones le decían: «¿Mike, cuándo fue la última vez que tuviste novia?». «Necesitas salir y encontrar una buena chica. ¡Cambia esa mentalidad!»

 

Después, todos ellos volverían a casa con sus familias, sus perros y sus adorables hijos (y uno que otro, también tendría un pez). Pero Mike no lograba tener claro cómo empezar el proceso de reconstrucción de la vida amorosa que había per­dido. Decidió que no valía la pena preocuparse, y a menudo se decía: «Yo ya encontré a mi pareja cuando era joven, aun­que ella no lo supo».

 

Michael estuvo profundamente enamorado, y experimen­tó todas las ilusiones que eso implica. Ella, por su parte, no se tomó en serio la relación. Cuando finalmente ésta se deterio­ró, Mike sintió como si su futuro se marchitara, volatili­zándose. La amó con esa pasión especial que él creía que so­lamente se podía llegar a sentir una vez en la vida. Lo había depositado todo en ella, pero ella no supo apreciarlo.

 

Mike creció en una granja del pequeño pueblo llamado Tierra Azul, en Minnesota, y huyó de una situación vital que sentía como un callejón sin salida: o cultivar para vender las cosechas en el extranjero o almacenarlas indefinidamente en gran­des silos debido a un exceso de grano. Desde muy joven supo que la granja no era lo suyo. Al parecer, dicha idea no era demasiado apreciada en su tierra. ¿Qué había de malo en ello? Además, no soportaba cómo olía todo lo que le rodeaba, y quería trabajar con personas en lugar de hacerlo con animales y tractores. Iba bien en la escuela y era un fuera de serie en todas las actividades que implicaran una interacción con los demás. Acabar siendo vendedor fue algo natural para Mike, y jamás tuvo ningún problema para encontrar sus trabajos, ven­diendo una inmensa variedad de productos y servicios, que representaba con honestidad. A la gente le gustaba comprar cosas cuando se las vendía Michael Thomas.

 

Cuando hacía un balance retrospectivo sobre lo que le ha­bían aportado sus padres ya fallecidos, se daba cuenta de que una de las cosas que había permanecido «adherida» a él era su fe en Dios. A menudo, pensaba con amargura que justo aho­ra, eso le estaba aportando mucho bien. Mike era hijo único, y sus padres —sus queridos mamá y papá— habían muerto en un accidente de automóvil por culpa de otra persona, justo antes de que él cumpliese veintiún años. Él seguía lamentan­do enormemente su muerte, y siempre estaba rodeado de fo­tografías que le recordaran las vidas de sus padres, así como su lamentable deceso. A pesar de todo, todavía ahora Mike seguía asistiendo a la iglesia y por lo menos seguía el culto, aunque por simple formalidad. Cuando el pastor le pregunta­ba acerca de su salud espiritual, Mike admitía abiertamente su fe y su creencia en su naturaleza espiritual. Estaba seguro de que Dios era justo y amoroso, pero en ese momento, igual que desde hacía algunos años, no se manifestaba verdadera­mente. A menudo, Mike rezaba para que su situación mejora­se, aunque no era muy optimista respecto de si las cosas po­drían cambiar realmente.

 

Mike no era exactamente guapo, aunque sí era vigorosa­mente atractivo, pues había heredado la complexión altiva de su padre. Las mujeres lo encontraban irresistible: les cautivaba su sonrisa resplandeciente, su pelo rubio, su elevada estatura, su mandíbula cuadrada y sus ojos de un azul intenso. Aque­llas que tenían buena intuición también captaban que Mike era un hombre íntegro, y confiaban en él casi instantánea­mente. Había tenido infinidad de oportunidades de sacar un provecho inapropiado de muchas situaciones, tanto en los negocios como en el amor, pero jamás lo hizo. Mike era el resultado de la buena conciencia propia de la gente del cam­po, y ése era uno de los valiosos atributos que permaneció en él cuando llegó de la fría tierra donde se educó.

 

No podía mentir. Comprendía intuitivamente cuándo los otros necesitaban ayuda. Abría la puerta a las personas cuan­do entraba o salía del supermercado, respetaba a las personas mayores y charlaba con ellas, y siempre les daba a los mendi­gos sin hogar, fueran hombres o mujeres, la moneda que le pedían cuando lo abordaban en la calle, aunque supiera que la usarían para comprar alcohol. Creía firmemente que cada per­sona debería trabajar junto con las demás para conseguir que las cosas mejoraran, y nunca entendió por qué en su ciudad adoptiva la gente evitaba dirigirse la palabra, e incluso raras veces sabían quiénes eran sus vecinos. Quizá se debía a que el clima era tan bueno que las personas nunca necesitaban ayuda de nadie. «¡Qué ironía!», pensó para sí.

 

El único modelo del comportamiento femenino que Mike tenía, era el de su madre. Por consiguiente, trataba a todas las mujeres con la misma clase de respeto con que había tratado a esa mujer sensible y maravillosa a quien echaba mucho de menos. Parte de su infelicidad actual se debía a lo que parecía una traición a ese respecto en la única relación amorosa «ver­dadera» que había tenido. En realidad, la experiencia que Mike había tenido sólo era el resultado de un choque cultural: lo que cada uno esperaba del otro no era lo que finalmente había obtenido, y viceversa. La chica de California que le había roto el corazón sólo había actuado de acuerdo a lo que cultural­mente era su realidad acerca del amor, y Mike tenía un enfo­que muy diferente sobre éste. Él había recibido otra educa­ción, y no era tolerante con las ideas sobre el amor que fueran diferentes.

 

***

Y aquí es donde verdaderamente empieza nuestra historia. Tenemos a Michael Thomas, que estaba muy decaído y vol­vía a casa un viernes por la noche, para recogerse en su apar­tamento tipo estudio (simplemente compuesto por dos habi­taciones, ¡baño incluido!). Antes, Mike había ido a la tienda a comprar los pocos comestibles que necesitaba para subsistir durante los próximos dos días. Ya hacía mucho tiempo que había descubierto que podía hacer rendir su dinero mucho más si compraba marcas genéricas y gastaba prudentemente sus cupones[1]. Pero, ¿cuál era la verdadera clave de su fruga­lidad? ¡Mike casi no comía!

 

Compraba comida enlatada que no necesitaba cocinarse. Así no tenía que usar la cocina ni pagar electricidad. Dicha práctica lo dejaba insatisfecho, casi con hambre y, además, nunca tomaba postres, lo cual encajaba perfectamente con el papel de víctima que se había autoimpuesto. También había descubierto que si comía directamente del envase sobre el fregadero ¡ no tenía que lavar platos!, lo cual odiaba. A menu­do se jactaba ante John —su único amigo, que además era su compañero de trabajo— respecto al modo cómo había resuelto el problema. John, que conocía los hábitos de Mike, comenta­ba bromeando que en poco tiempo encontraría la manera de hacerlo todo —incluso no tener ni apartamento— viviendo en un refugio para indigentes. Se lo decía a Mike riendo y dándole palmaditas en la espalda. No obstante, eso era algo que verdaderamente Mike ya había considerado.

 

Cuando Mike salió de la tienda ya era de noche. Durante casi todo el día, una pesada niebla había estado amenazando con convertirse en lluvia, y aún permanecía, dando a todo una apariencia difusa y brillante bajo los amarillos rayos artificia­les de las farolas de la calle que se reflejaban en los escalones del apartamento. Vivir en el sur de California era muy grati­ficante. Con frecuencia, Mike recordaba las dificultades que implicaban los inviernos en Minnesota, de donde procedía.

 

Durante su adolescencia y juventud había experimentado una gran pasión por todo lo relativo a California. Se juró a sí mismo que debía escapar del inclemente clima que los demás tomaban por algo natural. Mike solía preguntar a su madre: «¿Por qué algunos eligen vivir en un sitio donde puedes mo­rir de frío si estás diez minutos a la intemperie?». Ella sonreía y, mirándole, respondía: «Tú sabes que las familias permane­cen en donde están sus raíces. Además, éste es un lugar segu­ro». Ese era su invariable sermón sobre lo peligrosa que era la ciudad de Los Angeles y lo bonito que era Minnesota. ¡Lo cual sólo tenía sentido si no le añadías la frase «muerte por congelación»! Mike no podía convencerla de que el peligro de que hubiera terremotos en Los Ángeles era como una lote­ría. Podría suceder que durante toda una vida ocurriera sólo uno, o varios, o tal vez nunca se llegara a vivir uno. Sin em­bargo, los penosos inviernos de Minnesota eran una constan­te año tras año. ¡Un acontecimiento cíclico con el que podías contar con toda seguridad!

 

No es necesario decir que tan pronto como finalizó su ba­chillerato, Mike dejó la casa paterna y se fue a California a continuar sus estudios superiores. Había utilizado sus habili­dades como vendedor para autofinanciar todas sus empresas. Ahora deseaba haberse quedado en la casa paterna durante más tiempo, para poder convivir con su madre y su padre durante los años anteriores al accidente. En su urgencia por escapar del frío, había desperdiciado un tiempo precioso que podía haber disfrutado con sus progenitores, o por lo menos así lo creía. Considerando el pasado, sentía que había sido un egoísta.

 

Bajo la débil luz, Mike subió con dificultad los escalones frontales que conducían a su apartamento, situado en la plan­ta baja, y perdió el tiempo jugando con la cadenita de su lla­ve. Guardando el equilibrio con la bolsa de la compra, desli­zó la llave en la cerradura; ésta abrió como siempre, pero hete aquí que, en esa noche de viernes, lo «normal» se acabó defi­nitivamente para Michael Thomas. Al otro lado de la puerta había un don —potencialmente, una parte del destino de Mike— algo que cambiaría toda su vida para siempre.

 

Debido a que la estructura de la puerta estaba deformada, Mike había aprendido a utilizar el peso de su cuerpo para ayudarse y poder así abrir la reacia entrada a su vivienda. El resultado invariable era que la puerta se abría de golpe, con gran fuerza. Mike había llegado a perfeccionar un método para mantener equilibrada la bolsa con los comestibles sobre una cadera, deslizando la llave en la cerradura y girándola al tiempo que empujaba la puerta con el pie. Dicha maniobra requería un complicado movimiento de cadera, y aunque fun­cionaba, su amigo John le había comentado que se veía bas­tante raro.

 

Con el impacto de la cadera de Mike, la obstinada puerta se abrió súbitamente; esta acción sobresaltó al ladrón que se encontraba en plena faena dentro de la habitación, que estaba a oscuras. Con la velocidad de un gato asustado, aunada a los años de experiencia que tenía respecto a afrontar lo inespera­do, el intruso, que era casi treinta centímetros más bajo que Mike, se lanzó instantáneamente hacia delante, lo cogió del brazo y lo metió en la habitación de un tirón. Dado que en ese momento Mike guardaba un precario equilibrio causado por su «rara» manera de abrir la tozuda puerta, prácticamente ya estaba listo para desplazarse hacia delante. Al hacer esto, el ladrón lo derribó en el interior del apartamento, estrellando su largo cuerpo contra el suelo; los comestibles salieron dis­parados contra la pared más lejana con tal fuerza que se rom­pieron las envolturas de los paquetes. Justo antes de chocar contra el suelo, Mike, conmocionado, con todas sus alarmas corporales disparadas simultáneamente, oyó cómo se cerraba la puerta a su espalda ¡con el ladrón dentro! Mike vislumbró fugazmente el vidrio roto hacia el que se dirigía su rostro; era el resultado de la ventana destrozada que había permitido la entrada de aquel hombre de menor estatura.

 

Éste es el tipo de situación en que la gente, al recordar el suceso, cuenta que las imágenes pasaron por su mente en cá­mara lenta. Pero éste no fue el caso de Michael Thomas. ¡Los segundos chillaban en un tiempo difuso, comprimido, provo­cando un pánico abrumador! El hombre que había irrumpido en el apartamento tenía la determinación de seguir buscan­do el televisor y el estéreo para llevárselos y, evidentemente, no podía estar atento a lo que le sucedía a su víctima. Tan pronto estuvo Mike en el suelo, el hombre se abalanzó sobre él y sus manos formaron un tomillo sudoroso que atenazó la garganta. Los ojos del ladrón eran grandes y estaban apenas a unos centímetros de distancia de Mike. Podía percibir el aliento caliente y fétido sobre su cara, así como su peso, ya que el hombre se había situado a horcajadas sobre su estómago. Instintivamente, como lo hubiera hecho cualquier persona que está a punto de morir, reaccionó como en una película de se­rie B. A pesar de su desorientación, Mike lanzó rápidamente la cabeza hacia delante, estrellándola contra la del ladrón. Dio resultado, ya que el asaltante, sorprendido por la fuerza del movimiento, aflojó las manos el tiempo suficiente como para que Mike rodara violentamente hacia un lado e intentara po­nerse de pie. Sin embargo, antes de que pudiera incorporarse, el ladrón volvió al ataque, esta vez propinándole un fuerte golpe en el tórax. El impacto fue tal que, literalmente, lo le­vantó del suelo para luego hacerle caer de espaldas y hacia la izquierda, chocando brutalmente contra un gran objeto que Mike reconoció como el acuario. Con un ruido atronador, la cómoda, el acuario y el solitario pez fueron a reunirse con los comestibles, chocando contra la pared posterior de la pequeña habitación.

 

Mike sentía dolor y estaba sin aliento. Boqueaba, sintien­do que sus pulmones ardían por la falta de oxígeno cuando, con los ojos desorbitados, vio cómo una bota, que parecía tan grande como todo el estado de Montana, se precipitaba sobre él. Ahora su atacante sonreía. ¡Todo sucedió demasiado rápi­do! La bota dio en el blanco: Mike sintió y oyó crujir de un modo horrible los huesos de su cuello y de su garganta. Ho­rrorizado, emitió un sonido sofocado, con la absoluta certeza de que sus vías respiratorias quedarían destrozadas, y posi­blemente, también sus vértebras cervicales. Todo su cuerpo reaccionó al estallido crujiente de su destrozado cuello. La conmoción desgarró su conciencia a medida que la realidad de la situación empezaba a acabar con él. ¡Era el fin; la muer­te llegaba! Intentó gritar, pero sus cuerdas vocales no reaccio­naron. Se había acabado el aire para Mike, y rápidamente, todo empezó a oscurecerse. Hubo un silencio total, y el la­drón se apresuró a concluir su trabajo nocturno sin hacer el menor caso del hombre que estaba tendido en el suelo. Súbi­tamente, el intruso se vio sobresaltado de nuevo por el ruido de la deteriorada puerta del apartamento.

 

—¿Qué pasa ahí dentro? ¿Va todo bien?

 

Un vecino aporreaba frenéticamente la resistente madera de la puerta.

 

El ladrón maldijo su suerte y se dirigió de mala gana hacia la ventana rota; dio algunos golpes para eliminar los frag­mentos de vidrio que quedaban en ella, para así poder desli­zarse fácilmente hacia fuera.

 

El vecino de Mike, quien en realidad jamás se había cru­zado con él, escuchó el ruido de más vidrios rotos dentro del apartamento y decidió intentar abrir tirando del pomo. Al cons­tatar que la puerta no tenía echado el cerrojo, entró, se encon­tró con un apartamento completamente destrozado y vio a un hombre escapando por la ventana rota. Se movió sigilosa­mente en la oscuridad, esquivando instintivamente el televi­sor y el estéreo que, extrañamente, estaban apilados en medio de la habitación. Maquinalmente, apretó el interruptor de la luz y se encendió una bombilla sin pantalla que colgaba del techo.

 

«¡Dios!», se escuchó exclamar a sí mismo con la voz alte­rada por la conmoción.

 

En una fracción de segundo, el vecino ya estaba marcando el teléfono para pedir ayuda. En el suelo yacía, inconsciente y gravemente herido, Michael Thomas. La habitación estaba en silencio y el único ruido provenía del chapoteo del pez que boqueaba a dos palmos de la cabeza de Mike. Gato estaba coleando entre la lechuga, los fideos precocinados y los de­más comestibles desparramados, una mezcla repugnante que se iba tiñendo gradualmente de rojo con la sangre que mana­ba de Mike.

 

 

 

2. LA VISIÓN

 

Mike despertó en un lugar que no le era familiar. En ese mo­mento, haciendo una retrospección instantánea con su consciencia recién recuperada, lo recordó todo. Recorrió con la mirada la totalidad de su entorno, y llegó a la conclusión de que no estaba en su apartamento ni tampoco en un hospital local. Todo estaba en silencio. De hecho, el silencio era tan absoluto que lo desconcertaba. ¡No había más sonido que el de su propia respiración! No se escuchaba el ruido de coches circulando, ni el zumbido del aire acondicionado. ¡Absoluta­mente nada! Mike se incorporó un poco sobre el lecho.

 

Al dirigir la mirada hacia sus pies descubrió que se encon­traba en una extraña cama blanca, pequeña como una cuna. No llevaba puesto pijama, sino que estaba vestido exactamente como cuando sufrió el ataque. Alzó la mano y se tocó el cue­llo. Su último pensamiento consciente era que se lo habían destrozado, pero, aliviado, no localizó ninguna señal de daño. ¡Mike se sentía realmente bien! Suavemente, se palpó todo el cuerpo y, extrañamente, no había dolor ni lesión alguna. ¡Pero ese silencio! Le estaba volviendo loco el que no llegara nin­gún estímulo a sus oídos. La iluminación también era extra­ña. No parecía provenir de ningún lugar concreto, y al mismo tiempo, era como si viniera de todas direcciones. Era de un blanco brillante, un blanco tan carente de color que hería sus ojos. Y decidió examinar su entorno con más detalle.

 

Era algo misterioso. No estaba en una habitación, ¡pero tampoco fuera de ella! Sólo estaban él, la cuna y un suelo blanco que se extendía tan lejos como alcanzaba a percibir su vista. Mike estaba echado boca arriba. Sabía lo que había su­cedido. Estaba muerto. No era necesario ser una lumbrera para comprender que lo que estaba observando y sintiendo no era lógico ni normal en el mundo real. Pero, ¿por qué seguía en­carnado en su cuerpo?

 

Decidió hacer algo absurdo: se pellizcó para comprobar si sentía dolor, y se contrajo profiriendo un fuerte «¡Ay!».

 

—¿Cómo te sientes, Mike? —le preguntó una dulce voz masculina.

 

Instantáneamente, miró en dirección a la voz y vio una imagen que no olvidaría durante el resto de su vida. Percibió una presencia angelical y experimentó una fuerte sensación de amor. Mike siempre solía preguntarse primero cómo se sentía y después qué era lo que veía. Tenía por costumbre describir sus experiencias de este modo cuando se lo pregun­taban, y en ese preciso momento veía una figura vestida de blanco que era, de alguna forma, amenazadora y esplendorosa a la vez. «¿Son alas eso que veo?», se preguntó. «¡Qué tópico!» Mike sonrió a la visión que se encontraba frente a él, pero le costaba creer que fuese real.

 

—¿Estoy muerto? —preguntó estoicamente pero con res­peto al ser que tenía enfrente.

 

—De ninguna manera —le respondió la figura, y se le acer­có—. Solamente es un sueño, Michael Thomas.

 

La aparición se acercó todavía más, aparentemente sin ca­minar. Mike miró el rostro velado, borroso, del «hombre» gi­gantesco que estaba junto a su cama; había algo que lo hacía sentirse cómodo, seguro y protegido. Todo lo que podía hacer era seguir hablando. ¡Era una sensación maravillosa!

 

La figura estaba vestida de blanco, pero no podía decir­se que llevara lo que podría definirse como ropa. La prenda que vestía parecía tener vida propia y se movía con el hombre como si fuera una segunda piel. La cara del ser era indefinida. Mike no veía que hubiera pliegues, botones o arrugas donde acababa la piel y empezaba la ropa, aunque la extraña indu­mentaria no estaba ceñida al cuerpo, sino que era sutil, fluida y a veces parecía realmente brillar de forma vaga y confusa.

 

Aparte de la visión en sí misma, los ojos de Mike tendían a rundir el blanco del atavío del hombre con el blanco insólito del ambiente de su entorno. Era verdaderamente difícil dis­tinguir dónde acababa realmente la figura y empezaba el mar­co de los acontecimientos.

 

—¿Dónde estoy? Puede parecer una pregunta muy tonta, pero supongo que tengo derecho a formularla —dijo Mike en voz muy baja.

 

—Estás en un lugar sagrado —le respondió la figura—. Es un sitio que tú mismo has creado y está lleno de un inmenso amor, que es lo que estás percibiendo ahora mismo.

 

La figura angélica se inclinó hacia Mike y pareció añadir aún más luz a la que ya había en aquel lugar.

 

—¿Quién eres tú? —preguntó Mike respetuosamente, con apenas un hilo de voz.

 

—Tal como habrás supuesto, soy un ángel. Mike ni siquiera pestañeó. Sabía que la visión que estaba ante él decía la verdad. La situación, por extraña que pudiera parecer, era extremadamente real. Mike no dudó de ello ni un solo instante.

 

—¿Todos los ángeles son del sexo masculino? Mike se arrepintió de haber hecho esa pregunta tan pronto como salió de sus labios. ¡Vaya tonterías que se le ocurría preguntar! Evidentemente, era un momento muy especial. Si era un sueño, era algo sumamente real, como jamás había experimentado.

 

—Solamente soy lo que tú desees que sea, Michael Thomas. No tengo forma humana, así que lo que ves ante ti es una representación para que te sientas cómodo. No obstante, la respuesta es no: no todos los ángeles somos masculinos. Real­mente, no tenemos sexo, y no todos tenemos alas.

 

Mike sonrió de nuevo, comprendiendo que tal vez estaba viendo un fruto de su propia creación mental.

 

—¿Qué aspecto tienes en realidad? —preguntó Mike, que empezaba a sentirse con una mayor libertad para hablar con naturalidad a ese amoroso ser—. ¿Y por qué percibo borrosa tu cara?

 

Era una pregunta totalmente válida dadas las circunstan­cias.

 

—Mi aspecto te desconcertaría y, al mismo tiempo, senti­rías una extraña reminiscencia al verlo, porque es el aspecto que tú también tienes cuando no estás en la Tierra. Simple­mente, está más allá de toda descripción, por lo que seguiré adoptando esta imagen por ahora. En cuanto a mi rostro, pronto lo verás.

 

—¿Cuando no estoy en la Tierra? —inquirió Mike.

 

—La existencia en la Tierra es temporal. Y esto ya lo sa­bes, ¿verdad? Sé quién eres, Michael Thomas. Eres un hom­bre espiritual y comprendes la naturaleza eterna de los seres humanos. Has agradecido infinidad de veces poseer una na­turaleza espiritual, y los nuestros han escuchado todas y cada una de tus palabras.

 

Mike guardó silencio. En efecto, había rezado tanto en la iglesia como en su casa, pero pensar que todo había sido es­cuchado claramente era exagerar demasiado. ¿Y el ser que protagonizaba su sueño afirmaba que le conocía?

 

—¿De dónde vienes? —interrogó Mike.

 

De casa.

 

Ahora, el amoroso ser parecía resplandecer justo frente a la pequeña cuna de Mike. La figura ladeó la cabeza y aguardó pacientemente a que él considerara lo dicho. Mike sintió un hormigueo que le recorrió la columna vertebral de arriba aba­jo. Tenía la fuerte sensación de que lo que se encontraba fren­te a él era algo totalmente verídico y que un maravilloso cúmulo de conocimiento le sería otorgado con sólo pedirlo.

 

—¡Tienes razón! —dijo el ángel respondiendo a las cavi­laciones internas de Mike—. Lo que hagas ahora cambiará tu futuro. ¿Percibes que es así, verdad?

 

—¿Es que puedes leer mis pensamientos? —preguntó Mike un tanto tímidamente.

 

—No. Podemos sentirlos porque, ¿sabes?, tu corazón está conectado al todo y por eso acudimos cuando nos necesitas.

 

—¿Hablas en plural? —La situación se estaba volviendo aún más misteriosa—. Yo sólo puedo verte a ti.

 

El ángel rió de buena gana, y el sonido fue espectacular. ¡Cuánta energía tenía esa risa! Mike sintió que todas y cada una de las células de su cuerpo resonaban con el sentido del humor que el ángel expresaba. Todo cuanto éste hacía era fresco, más grande que la vida y, de algún modo, evocaba de forma maravillosa algo profundo que estaba en el subcons­ciente de Michael, que quedó pasmado con el sonido de la risa, pero no dijo nada.

 

—Te estoy hablando con la voz de uno, pero represento las voces de muchos otros —afirmó el ángel mientras exten­día los brazos, dejando que el extraño ropaje-piel flotara y ondulara con el movimiento—. Hay muchos de nosotros al servicio de cada ser humano, Michael. Ello será evidente para ti, si eliges que así sea.

 

¡ELIJO ESA OPCIÓN! —confirmó Michael a gritos. ¿Cómo podía ignorarse una invitación como ésa? En ese momento, Michael se sintió un poco avergonzado, como si estuviese actuando igual que un niño frente a una estrella de cine. Guardó silencio durante un rato, observando que el án­gel se movía ligeramente hacia arriba y hacia abajo, como si estuviera sobre una especie de pequeño ascensor hidráulico. De nuevo, reflexionó hasta qué punto lo que estaba vien­do era producto del deseo de percibir las cosas que, en cier­to modo, provenían tanto de las películas que había visto como de asistir a la iglesia o de conocer algunas grandes obras de arte. Y de nuevo, todo quedó en silencio. ¡Qué silencio! Era evidente que el ángel no iba a darle información a menos que Mike empezara a formular preguntas.

 

—¿Puedo preguntarte sobre mi situación? —inquirió Mike respetuosamente—. ¿Estoy soñando? Es que parece tan real…

 

—¿Qué es un sueño humano, Michael Thomas? —El án­gel se acercó un poco más—. Es una visita a tu mente bio­lógica y espiritual, que te capacita para recibir información desde mi perspectiva, a veces metafóricamente. ¿Lo sabías? Posiblemente un sueño no se parecerá a tu realidad pero, ¡en verdad está más cerca de la realidad de Dios que cualquier otra cosa que experimentes habitualmente! Las veces que tu padre y tu madre te han visitado en sueños, ¿cómo hacen que te sientas? ¿Parecen reales? Lo parecen. ¿Recuerdas cuando te visitaron la semana siguiente de ocurrir el accidente? Llo­raste durante días a consecuencia de ello. Era su realidad: los mensajes que te enviaban eran reales, porque hasta hoy si­guen dándote su amor, Michael, ya que, lo mismo que tú, ellos también son eternos. Respecto a tu situación, ¿por qué crees que estás teniendo este sueño? Es el único propósito de esta visita, y es oportuno y apropiado.

 

Mike estaba encantado con la larga conversación de aquel hermoso ser que a cada momento le iba pareciendo más fa­miliar.

 

—¿Saldré bien librado de esta situación? Más bien creo que me encuentro terriblemente herido y que yazgo incons­ciente en alguna parte, tal vez agonizando…

 

—Eso depende —respondió el ángel.

 

—¿De qué? —inquirió Michael.

 

—¿Qué es lo que realmente deseas, Michael? —le pre­guntó el ángel de una manera encantadora—. Dinos que es lo que VERDADERAMENTE quieres. Medita cuidadosamente tu res­puesta, Michael Thomas, dado que la energía de Dios casi siempre es literal. Además, nosotros sabemos que lo sabes. No puedes engañar a tu propia naturaleza.

 

Michael deseaba dar una respuesta honesta. La situación se estaba volviendo más real a medida que transcurría el tiem­po. Podía recordar los sueños tan verídicos que había experi­mentado, en los que aparecían sus padres justo después del accidente que tuvieron. Aparecieron juntos ante él las pocas veces que pudo conciliar el sueño durante esa horrible sema­na. Lo abrazaron, le acariciaron y le dijeron que ése había sido el momento apropiado para marcharse (fuera cual fuera el significado de esa palabra en este caso). Mike todavía no había podido aceptarlo.

 

Sus padres también le habían dicho que una parte del con­trato de su muerte había sido darle a Mike un don. Siempre se preguntaba qué don podía ser ése. Pero ahora, de nuevo, ¿se trataba de un sueño o de la realidad? El ángel le dijo que era real. Si bien era cierto que la experiencia que estaba vi­viendo ahora se lo parecía, tal vez las apariciones de sus padres también eran similares a lo que era el ángel, un sueño o visión que percibía como algo confuso. Pensó en eso con frus­tración.

 

«¿Qué es lo que verdaderamente quiero?», se preguntó Michael. Pensó en su vida y en todas las cosas que le habían ocurrido en el transcurso del año anterior. Sabía lo que que­ría, pero no se sentía con fuerzas para pedirlo.

 

—No se adecúa a tu esplendor que niegues tus deseos más íntimos —le dijo el ángel para que reflexionara.

 

«¡Caramba!», dijo Michael para sí. «De nuevo, el ángel sabe lo que estoy pensando. No puedo ocultarle nada.»

 

—Si ya sabes lo que quiero, entonces ¿por qué me lo pre­guntas? —inquirió Mike—. ¿Y qué es eso de que soy esplen­doroso?

 

Por primera vez, el ángel mostró algo más que una sonri­sa. ¡Era un sentimiento de honor y respeto!

 

—No tienes la menor idea de quién y qué eres, Michael Thomas —le dijo gravemente el ángel—. ¿Te parezco her­moso? Deberías ver el aspecto que tú tienes. Y algún día lo verás. Y en cuanto a que conozco tus pensamientos y tus sen­timientos ¡pues claro que sí! Estoy aquí como parte del apoyo que recibes y, por lo tanto, estoy contigo de muchas maneras muy personales. Aparecer ante ti es un honor para mí, pero es tu propio propósito el que producirá el cambio ahora. Pue­des escoger entre decirme cuál es tu mayor deseo en este mo­mento como ser humano, o no decírmelo. La respuesta ha de provenir de tu propio corazón, que la manifestará con la sufi­ciente fuerza como para que la escuchen todos (incluso, mismo). Lo que hagas en este momento representará una di­ferencia para muchos seres.

 

Mike lo asimiló totalmente. Tenía que manifestar su ver­dad, incluso aunque no fuera la que el ángel quería oír. Re­flexionó un momento, y luego habló.

 

—¡Quiero ir a CASA! Estoy cansado de mi vida como ser humano.

 

¡Bueno, ya estaba dicho! Quería largarse.

 

—Pero no quiero escapar de algo que sea importante en el plan de Dios —Mike hablaba con pasión—. La vida parece carecer de sentido, pero me enseñaron que he sido creado a imagen y semejanza de Dios con algún propósito. ¿Qué pue­do hacer?

 

El ángel se movió hacia el lado de la cuna para que Michael pudiera verlo mejor. Era asombrosa esa visión, sueño, o lo que fuese. Hubiera jurado que en ese momento se percibía un olor a violetas (¿o era a lilas?). ¿Por qué a flores? ¡El ángel verdaderamente tenía un aroma! Se veía aún más hermoso cuanto más se acercaba. Michael también era consciente de que el ángel disfrutaba con el diálogo. Podía sentirlo, aunque no distinguía expresión alguna en su rostro.

 

—Dime, Michael Thomas. ¿Es puro tu propósito? ¿Real­mente quieres lo que Dios quiere? Deseas regresar al hogar, pero también eres consciente, de un modo u otro, de un plan más grandioso. Entonces, no quieres decepcionamos y tam­poco quieres incurrir en un acto que sea inadecuado espiri­tualmente, ¿verdad?

 

—Sí —respondió Mike—. Es exactamente como dices. Quiero abandonar mi situación, pero esa aspiración me temo que es una contradicción, o es egoísta.

 

—¿Qué pasaría si te dijese que puedes tener ambas cosas? —le preguntó el ángel con una sonrisa—. Y que tu anhelo de ir a casa no es egoísta, sino natural, y que no está en conflicto con el deseo de honrar tu propósito como ser humano.

 

—Por favor, dime cómo puedo lograrlo —expresó ansio­samente Mike.

 

El ángel había visto el corazón de Mike y, por primera vez, lo estaba honrando espiritualmente.

 

—Michael Thomas de Propósito Puro, para determinar si ésta puede ser tu búsqueda, debo hacerte otra pregunta antes de decirte más al respecto —El ángel se alejó un poco—. ¿Qué esperas obtener al volver al hogar?

 

Mike lo meditó a fondo. Su silencio podía haber sido incó­modo en una conversación humana normal, pero el ángel lo comprendió totalmente porque sabía que ése era un momento sagrado para el alma de Michael Thomas. Según la medida del tiempo aquí en la Tierra, Michael Thomas estuvo cavilan­do durante diez minutos o más, pero el ángel permaneció inmutable y callado, sin manifestar ningún sentimiento de im­paciencia o de hastío. Mike empezaba a comprender que este ser era eterno y que no experimentaba los sentimientos de im­paciencia que solían tener los humanos, cuya única realidad era la del tiempo lineal.

 

—Quiero ser amado y estar rodeado de amor —fue la res­puesta de Mike—. Deseo sentir paz en mi existencia —hizo una pausa, y prosiguió—: No quiero estar sujeto a las preocu­paciones y dificultades en la interacción con quienes me ro­dean. No quiero preocuparme por el dinero. ¡Quiero sentirme LIBERADO! ¡Estoy cansado de estar solo! Quiero significar algo para otros seres en el universo. Quiero saber que si existo es por alguna razón, y cumplir con la parte que me corresponde, ser una parte correcta y adecuada del plan de Dios. En reali­dad, no quiero ser el humano que he sido. ¡Quiero ser como tú! —de nuevo, hizo una pausa—. Esto es lo que representa para mí ir a casa.

 

Una vez más, el ángel se puso a los pies de la cuna.

 

—Entonces, Michael Thomas de Propósito Puro, ¡tendrás lo que deseas!

 

El ángel pareció resplandecer todavía más intensamente, ¡si eso era posible! Su fulgor era completamente blanco, aun­que en ese momento empezaba a adquirir un matiz dorado.

 

—Pero debes seguir un camino que está predeterminado y debes hacerlo voluntariamente con intención y por tu elec­ción. Entonces serás recompensado con un viaje a casa. ¿Lo harás?

 

—Sí —respondió Mike.

 

Sentía que empezaba a manifestarse en él una sensación que sólo podía ser descrita como un baño de amor. El aire empezaba a estar denso. El fulgor del ángel comenzó a inva­dir la cuna y a rodear los pies de Mike, quien sintió un escalo­frío que le recorrió toda la espina dorsal. Involuntariamente, empezó a sacudirse con una rápida vibración; algo que nunca antes había experimentado. Era tan rápida que parecía un zumbido. Subió por su cuerpo hasta la cabeza. Su visión empezó a cambiar: destellos de luz azul y violeta contrastaban con el blanco intenso que había estado contemplando desde el ini­cio de la experiencia.

 

—¿Qué ocurre? —preguntó Mike con temor.

 

—Tu intención es cambiar tu realidad.

 

—No lo comprendo. Mike estaba aterrorizado.

 

—Lo sé —replicó el ángel en un tono muy compasivo—. No temas integrar a Dios dentro de tu ser. Es una fusión que has pedido, y que será apropiada para tu viaje a casa.

 

El ángel se alejó de la estrecha cama donde yacía Mike, como para darle espacio.

 

—¡No te vayas todavía, por favor! —exclamó Mike, que seguía asustado y abrumado.

 

—Sólo me estoy ajustando para adaptarme a tu nuevo ta­maño —le dijo el ángel, un tanto divertido—. Sólo me iré cuando hayamos concluido.

 

—Sigo sin comprender, pero no tengo miedo —mintió Mike.

 

El ángel rió de nuevo, llenando el espacio con una reso­nancia que asombró a Mike por su maravilloso regocijo y por la intensidad de su amor. Mike se dio cuenta de que allí no había secretos, así que siguió hablando. Tenía que saber lo que era esta sensación. Entonces el ángel rió de nuevo.

 

—¿Qué me ocurre cuando ríes? De alguna manera, me afec­ta interiormente, y es algo que antes nunca había sentido. El ángel se alegró de oír la pregunta.

 

—Lo que escuchas y sientes es un atributo que proviene puramente de la fuente de Dios —contestó el ángel—. El hu­mor es una de las pocas cualidades que pasan inmutables de nuestra parte a la tuya. ¿Te has preguntado alguna vez por qué los humanos son las únicas entidades biológicas de la Tierra capaces de reír? Quizá pienses que los animales tam­bién lo hacen, pero sólo están respondiendo a un estímulo. Vosotros sois los únicos que tenéis la verdadera chispa de sabiduría espiritual que apoya esta propiedad singular; los únicos que podéis crear humor a partir de un pensamiento o una idea abstractos. Por consiguiente, la clave es tu concien­cia. Créeme, es sagrada. Y por eso es muy curativa, Michael Thomas de Propósito Puro.

 

Esta fue la más larga explicación que el ángel le había dado hasta el momento. Mike sintió que podía obtener otras per­las de verdad como ésa antes de que concluyera el encuentro. Y lo intentó con auténtica ilusión.

 

—¿Cómo te llamas?

 

—No tengo nombre.

 

Todo volvió a quedar en silencio y tuvo lugar una larga pausa. «¡Ay!», pensó Mike. «Volvemos a las respuestas bre­ves.» Y siguió probando:

 

—¿Cómo se te conoce? [2]

 

—Yo SOY conocido por todos, Michael Thomas. Y como soy conocido por todos, luego, existo.

 

—No entiendo qué quieres decir —replicó Michael.

 

—Lo sé —respondió el ángel, que rió de nuevo, pero no de él. Su risa era un homenaje a la ingenuidad de Mike en una situación en la que no se esperaba que obtuviera más infor­mación, del mismo modo que un padre consentiría a un niño que hiciera preguntas perspicaces sobre la vida. Había amor en todo lo que el ángel hacía o decía. Mike sabía que tenía que dejar de presionar, y fue al grano.

 

—¿Cuál es ese camino del que me hablas, querido ángel? Mike se sintió incómodo por un momento, al haber em­pleado la palabra «querido», pero, de algún modo, era apro­piada para dirigirse a la personalidad que estaba ante él. El ángel era paternal, como un hermano, como una hermana y al mismo tiempo, transmitía la sensación personal de ser un amante: todo a la vez. Era una sensación que Mike no olvida­ría fácilmente. Quería permanecer junto a esa energía, y le horrorizaba pensar que llegaría a su fin.

 

—Cuando vuelvas a tu realidad, Michael, prepárate para emprender una aventura que durará varios días. Cuando estés listo, se te mostrará el inicio del viaje. Se te pedirá que viajes a las siete casas del Espíritu, y en cada una de ellas encontra­rás a una entidad similar a mí, cada una con un propósito diferente. El viaje puede encerrar sorpresas e incluso peli­gros, pero puedes dejarlo en el momento que lo desees, y na­die te juzgará. Durante el viaje cambiarás y aprenderás mu­chas cosas. Se te pedirá que estudies los atributos de Dios. Si pasas por las siete casas, entonces la puerta para regresar al hogar aparecerá ante ti. Y, Michael Thomas de Propósito Puro —el ángel hizo una pausa y sonrió—, habrá una gran celebra­ción en cuanto hayas abierto esa puerta.

 

Mike no tenía la menor idea de qué decir. Experimentaba una sensación de liberación, pero también un gran nerviosis­mo por el hecho de viajar hacia lo desconocido. ¿Qué encon­traría? ¿Debería hacerlo? ¡Quizá todo esto no era más que un sueño absurdo! Sin embargo, ¿qué era real?

 

—Lo que está ante ti ahora, Michael Thomas de Propósito Puro, es real —le dijo el ángel, quien una vez más había cap­tado sus emociones—. El lugar al que volverás es una reali­dad temporal construida con el único fin de que los seres hu­manos lleven a cabo un aprendizaje.

 

Bastaba con que Michael tuviera una duda, para que el ángel lo supiera. Mike volvió a sentir que de alguna manera su mente estaba siendo violada por esta nueva forma de co­municación aunque, por otro lado, ¡estaba siendo honrado! «En un sueño, estás en contacto con tu propio cerebro», pen­só Michael. «Por lo tanto, no puedes tener secretos contigo mismo. Y tal vez por eso parece normal tener una conversa­ción con este ser que siempre sabe lo que estoy pensando.» Además, Mike estaba experimentando exactamente lo que el ángel decía y empezaba a sentirse bastante cómodo en esta «realidad onírica» y no tenía ganas de regresar a nada que fuera menos que eso.

 

—¿Y ahora qué? —preguntó Mike titubeando.

 

—Ya expresaste tu intención de hacer el viaje. Así que ahora volverás a tu estado humano consciente. Sin embargo hay que recordar algunos puntos: las cosas no siempre serán lo que parecen, Michael. A medida que vayas progresando, estarás más cercano a la realidad que ahora que estás expe-rimentando conmigo. Por lo tanto, es posible que tengas que de-sarrollar una nueva manera de ser; quizá un poco más… —El ángel hizo una pausa— más en el presente de lo que solías estar, mientras te acercas a la puerta del hogar.

 

Mike no comprendía de qué le estaba hablando el ángel pero, no obstante, escuchaba atentamente.

 

El ángel continuó:

 

—Debo hacerte otra pregunta, Michael Thomas de Propó­sito Puro.

 

—Estoy preparado —respondió Mike, sintiéndose menos seguro de sí, aunque también honestamente listo para seguir adelante—. ¿Cuál es la pregunta?

 

El ángel se acercó a los pies de la cuna.

 

—Michael Thomas de Propósito Puro, ¿amas a Dios? Mike se sorprendió por la pregunta. «Claro que sí», pensó. ¿Por qué se lo preguntaba?

 

—Dado que puedes ver mi corazón y conoces mis senti­mientos, debes saber que amo a Dios —respondió en el acto.

 

Se hizo un silencio y Mike hubiera podido asegurar que el ángel estaba contento.

 

—¡Pues claro que sí!

 

Fue la última frase que Mike escuchó de los borrosos la­bios de la hermosa criatura, quien evidentemente le quería mucho. El ángel extendió la mano hacia Mike y la movió de tal manera que atravesó su garganta. ¿Cómo podía llegar tan lejos? Inmediatamente, Mike sintió como si miles de luciér­nagas corrieran por su cuello y, al mismo tiempo, modifica­ran su persona. No sintió ningún dolor pero, súbitamente, vomitó.

 

 

 

3. LA PREPARACIÓN

 

(EMPIEZA EL VIAJE)

 

—¡Inclina la cabeza a la izquierda, hacia la bandeja! —le gri­tó la enfermera al enfermero—. Está vomitando.

 

Esa noche, como solía ocurrir todos los viernes, la sala de urgencias estaba abarrotada. Esta vez la luna llena había com­plicado las cosas. Aunque no tenían ningún conocimiento so­bre astrología o metafísica, los hospitales solían poner más personal en urgencias durante esta fase lunar, pues al parecer suceden cosas que no ocurren en ningún otro período. La en­fermera salió corriendo de la habitación para atender otro caso urgente.

 

—¿Está consciente? —preguntó el vecino que había acom­pañado a Mike a urgencias.

 

El enfermero de bata blanca se inclinó para examinar de cerca los ojos de Mike.

 

—Sí. Ya despierta —respondió—. Cuando pueda usted ha­blar con él, no le permita incorporarse. Tiene un golpe muy feo en la cabeza que hemos saturado con varios puntos, y la mandíbula le va a doler mucho durante un tiempo. Las radio­grafías muestran que está prácticamente fracturada. Afortu­nadamente, pudimos corregir la dislocación cuando todavía estaba inconsciente.

 

El enfermero salió del cubículo, un espacio limitado por una cortina que se deslizaba por una guía semicircular. Al sa­lir, corrió la cortina de tal modo que Mike y su vecino otra vez se quedaron solos. Los múltiples sonidos de la sala de urgencias eran casi imperceptibles, aunque el vecino podía oír tanto a las personas como lo que ocurría a ambos lados del lugar donde se encontraba. En el cubículo de la izquierda había una mujer que había sido apuñalada y en el de la derecha un hombre ya mayor que tenía una insuficiencia respiratoria y un brazo entumecido. Habían llegado casi al mismo tiempo que Mike, hacía cosa de una hora, aproximadamente.

 

Mike abrió los ojos y sintió un dolor punzante en la parte inferior de la mandíbula. Inmediatamente se dio cuenta de que estaba despierto. «Se acabó el soñar con ángeles», pensó cuando la evidencia del dolor y la situación en la que se en­contraba empezaron a convertirse lentamente en su realidad. La iluminación fluorescente que bañaba la zona de urgencias con una luz brillante, estéril, hizo que a Mike se le crispara el rostro y cerrara los ojos. Hacía frío en la sala, e instantánea­mente, Mike sintió la necesidad de abrigarse con una manta, pero nadie se la ofreció.

 

—Ha estado inconsciente un buen rato, amigo —le dijo el vecino, un tanto incómodo por no saber siquiera cómo se lla­maba Mike—. Le han dado unos cuantos puntos en la cabeza y le han puesto la mandíbula en su sitio. Es mejor que no hable.

 

Mike miró lleno de agradecimiento al hombre que estaba inclinado sobre él. A pesar de seguir aturdido, analizó los ras­gos de ese rostro, reconociendo en ellos al inquilino de la vi­vienda contigua a la suya. El hombre se sentó al lado de Mike, que se durmió profundamente.

 

 

 

***

Cuando despertó, se dio cuenta de que estaba en otro lugar, tranquilo y silencioso, y yacía en una cama. A medida que fue abriendo los ojos e intentando despejar la mente, fue toman­do conciencia de que seguía en el hospital, aunque ahora estaba en una habitación privada. «Qué hospital más elegan­te», pensó. Su mirada apática reparó en las pinturas que deco­raban las paredes y en la vistosa silla colocada a un lado de la cama. Un sofisticado material aislante del sonido cubría el techo, entrecruzando la habitación con una cuadrícula peque­ña y elegante que la vista borrosa de Mike percibía ligeramente oblonga. La iluminación seguía siendo fluorescente, pero estaba apagada y disimulada por el diseño del fino deco­rado. La mayor parte de la luz provenía de una ventana con vistas a la bahía y de un par de lámparas incandescentes que había en la habitación. En lugar del soporte con el televisor que la mayoría de los hospitales suelen tener en la pared de enfrente, había un armario con finos acabados. Las puertas del refinado armario estaban cortadas. Las lámparas tenían diferentes tonos como en un hotel de lujo ¡y los tonos combi­naban con el papel tapiz! ¿Qué lugar era ése? ¿Una residen­cia privada? Sin embargo, le bastó con examinar su entorno un poco más a conciencia para darse cuenta de que, situados en varios puntos de la habitación, estaban los conductos del aire acondicionado, gas y electricidad habituales en todos los hospitales. Mike adivinó también que, a su espalda, había varios aparatos de diagnóstico. Uno de ellos estaba sujeto a su brazo con esparadrapo y emitía una señal intermitente y periódica.

 

Al parecer no había nadie por allí, y Mike empezó a anali­zar lo que había sucedido. ¿Le habían operado la garganta? ¿Podía hablar? Lentamente se llevó la mano al cuello, espe­rando encontrarlo lleno de apósitos, o incluso, escayolado. ¡Pero en lugar de eso, descubrió la suavidad de su propia piel! Se palpó con los dedos todo el cuello, para constatar que todo estaba en su sitio.

 

Hizo un intento gradual por aclarar la garganta y se sor­prendió al escuchar de inmediato su propia voz. Sin embargo, al abrir la boca detectó cuál era el problema. Un dolor agudo y desquiciante, que le provocaba náuseas, lo aguijoneó en la parte trasera de la boca y por debajo de los oídos. «Ya sé dón­de me duele», pensó Mike mientras se hacía el propósito de no volver a abrir la boca con tanta rapidez.

 

—Veo que ya nos hemos despertado. Puedo darle lo nece­sario para que se le quite el dolor, señor Thomas —le dijo desde la puerta de la habitación una voz femenina con un tono quejumbroso aunque amable—. Pero se repondrá antes si no toma analgésicos para poder saber cuál es su propio nivel de tolerancia. No tiene usted fracturas, y para recuperar­se sólo necesita ejercitar la mandíbula.

 

La enfermera, que vestía lo que podría definirse como un uniforme de diseño, se acercó a la cama. Además de su atuen­do, tan acicalado y perfecto, se notaba que tenía mucha expe­riencia. Sobre el bolsillo pendían diversas insignias que ava­laban su capacidad. Mike habló con la boca entreabierta para no lastimarse, moviendo apenas la mandíbula al pronunciar cada palabra.

 

—¿Dónde estoy? —musitó entre dientes.

 

—Está en un hospital privado en Beverly Hills, señor Thomas. —La enfermera se acercó y se puso a su lado—. Ha pasado la noche aquí, después de que le trajeran de la sala de recuperación que hay en urgencias. Además, pronto le darán el alta.

 

Mike abrió los ojos con sorpresa, y su rostro reflejó una gran preocupación. Había escuchado casos en los que se pa­gaban de dos a tres mil dólares diarios por estar ingresado en un sitio como ése. Su corazón palpitó aceleradamente al pen­sar cómo pagaría la factura.

 

—No se preocupe, señor Thomas —dijo la enfermera tran­quilizándole al captar la expresión de Mike—. Todo está so­lucionado. Su padre hizo todas las gestiones que había que hacer, y desde luego, pagó la factura.

 

Mike permaneció en silencio un momento, pensando cómo podía ser que su padre, ya fallecido, pudiera haber hecho cual­quier gestión. ¿Quizás ella daba por sentado que era su pa­dre, y en realidad se trataba de su vecino? Mike recobró la fuerza para hablar procurando mover lo menos posible la boca.

 

—¿Le ha visto usted? —gruñó Mike.

 

—¡Claro que le he visto! ¡Es muy apuesto, su padre! Alto y rubio como usted, y tiene la voz de un santo. ¿Sabe? Tuvo mucho éxito entre las enfermeras.

 

Mientras la escuchaba, Mike reconoció que tenía acento de Minnesota, de donde él venía. Allí se suele hablar un tan­to enrevesado, poniendo el sujeto al final de la frase: una ma­nera extraña de hablar que él había tenido que modificar al poco tiempo de llegar a California. La forma de hablar de Minnesota hacía que pareciese Yoda, uno de los personajes de La Guerra de las Galaxias.

 

—Pagó en efectivo —continuó explicando la enfermera—. No se preocupe, señor Thomas. Por cierto, ha dejado un men­saje para usted.

 

Mike sintió que el corazón le daba un vuelco, aunque sos­pechaba que el supuesto padre no era otro que su vecino, pero la descripción de la enfermera no cuadraba con ninguno de los dos. Ella salió de la habitación para ir a buscar el mensaje. No pasaron ni cinco minutos cuando ya había regresado con un trozo de papel que evidentemente contenía un mensaje escrito a máquina.

 

—Lo ha dictado —explicó la enfermera mientras sacaba el trozo de papel del sobre membreteado con el nombre del hospital—. Dijo que no tenía buena letra, por eso se lo hemos escrito a máquina. Por cierto, aún así es difícil de entender. ¿Le llamaba Pepe cuando era niño?

 

La enfermera le dio el papel y Mike lo leyó. Decía lo si­guiente:

 

Querido Michael-PePe:

No todo es lo que parece. Tu búsqueda empieza aho­ra. Sana pronto y prepara tus cosas para el viaje. Te he preparado la ruta a casa. Acepta este don y sigue ade­lante. Se te mostrará el camino.

Mike sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Miró a la enfermera con agradecimiento, y apretando el papel con­tra su pecho, cerró los ojos dando a entender que quería estar a solas. La enfermera captó el mensaje y salió de la habitación.

 

La mente de Mike barajó diversas posibilidades. La nota decía: «No todo es lo que parece». ¡Era una explicación insu­ficiente! Sabía perfectamente que la noche anterior un crimi­nal le había pisoteado la garganta, destrozándosela, y lo había dejado medio muerto en el suelo de su apartamento. ¡Había sentido, segundo a segundo, cómo crujían todos los huesos durante el horrible incidente! Sin embargo, no había tenido ninguna lesión, excepto la mandíbula dislocada pero coloca­da nuevamente en su sitio, además de algunos rasguños y una que otra magulladura leve en la cara y en la cabeza, que le dolerían durante un cierto tiempo pero que, de ningún modo, le dejarían incapacitado. ¿Era ése el don que había recibido?

 

La idea de que la visión del ángel había sido un suceso ve­rídico no pasó a integrarse en la realidad de Mike sino hasta después de haber leído la nota. Si no era del ángel ¿de quién era, entonces? Sencillamente, no conocía a nadie que tuviera bastante dinero o le conociera lo suficiente como para darle nada, y mucho menos para pagar su considerable cuenta de gastos médicos. ¿Qué otra persona, además del ángel, sabía del viaje que él había prometido realizar? Su cuerpo vibraba con preguntas y él seguía con dudas respecto de la nota y de su significado cuando, finalmente, recibió la confirmación que necesitaba, y sonrió.

 

La enfermera le había preguntado si le llamaban Pepe. En la nota estaba escrito claramente «PePe», como si fuera un nombre (indudablemente, era el «ángel» quien lo había dicta­do letra por letra, y también quien había pagado la factura). Pero no se trataba de un diminutivo o de un apodo, sino que ¡las letras eran unas iniciales! ¡Pe-Pe, «Propósito Puro»! Por lo tanto, el saludo significaba: «Querido Michael, de Propósi­to Puro». La sonrisa de Mike se transformó en risa. Estaba malherido, pero seguía riendo, y todo su cuerpo se estreme­ció por la alegría del momento, hasta que por fin calló y de­rramó lágrimas de felicidad. ¡Iría a casa!

 

Los días siguientes fueron especiales. Mike fue dado de alta y se marchó del hospital llevando consigo unos cuantos anal­gésicos que le ayudarían a aliviar el dolor, pero descubrió que no los necesitaba. Su mandíbula parecía recuperarse a una velocidad increíble, lo que le permitía ejercitarla con cuida­do. Podía hablar bien. Al cabo de dos días consiguió comer con normalidad, aunque al principio le costó un poco de es­fuerzo. Y en todo ese proceso, apenas sintió dolor. Estaba un tanto rígido, pero era algo soportable dadas las circunstan­cias. Mike no quiso tomar analgésicos para evitar perder la euforia que sentía al pensar que iba a realizar su búsqueda espiritual. En poco tiempo, los cortes y cardenales fueron desa­pareciendo paulatinamente, aunque Mike se asombró de que eso ocurriera con tanta rapidez.

 

Renunció a su empleo por teléfono. En su mente había practicado muchas veces hacerlo, y realmente saboreó el mo­mento de dar por finalizada su vinculación a ese horrible tra­bajo. Después llamó a su amigo John explicándole lo mejor que pudo que se iba a tomar unas largas vacaciones y que posiblemente no volvería. John le deseó mucha suerte, pero expresó preocupación por la reserva de Mike respecto a sus planes.

 

—¡Venga, tío, a mí puedes decírmelo! —le expresó John en un tono persuasivo—. No diré ni haré nada. ¿Qué está ocu­rriendo?

 

Mike sabía muy bien que John no entendería la explica­ción de que un ángel se le había aparecido y le había dado instrucciones, así que se mantuvo en sus trece.

 

—Tengo que realizar un viaje muy personal —le dijo a John—. Significa mucho para mí. —Y no dio más explica­ciones.

 

Mike empaquetó sus cosas y dijo adiós a su apartamento. Separó cuidadosamente sus pertenencias más personales de la ropa y los electrodomésticos. No poseía gran cosa, pero guardó en dos maletas específicas las cosas que más aprecia­ba: las fotos y algunos libros. Mike era consciente de que no podía llevar mucha ropa, así que puso justo la que necesitaría para un viaje muy breve, guardándola junto con las fotos y los libros.

 

Mike invitó a su casa al vecino que le había salvado y le regaló ropa, el televisor, la bicicleta en la que solía ir a traba­jar y gran parte de las escasas pertenencias que había acumu­lado durante el pasado año.

 

—Si no las quiere, dónelas a la beneficencia —le sugirió Mike al vecino.

 

Al parecer, éste se sintió conmovido por el gesto, y estre­chó efusivamente la mano de Mike al tiempo que le mostraba una gran sonrisa. Mike tuvo la impresión de que el hombre necesitaba muchas de las cosas que le había regalado. Des­pués de haber llamado a la ambulancia, el vecino también había salvado a Gato, el pez, así que era lógico que también se lo llevara; después de todo, ya estaba en su acuario.

 

—¡Adiós, Gato, pórtate bien! —le dijo Mike con una son­risa al despedirse de él en el apartamento del vecino. Gato ni se dignó a mirarlo, porque estaba entretenido con sus nuevos amigos del acuario.

 

Al quinto día de haber salido del hospital, Mike se dio cuenta de que estaba llegando al final de sus preparativos. No sabía exactamente qué hacer ni a dónde ir. Era de noche y todo estaba silencioso. Estaba seguro de que el ángel sabría que ya estaba listo y de que el siguiente día sería el principio de algo nuevo. Mike sentía que su viaje era algo absoluta­mente real. Estaba convencido de que sabría qué hacer. Todo cuanto había ocurrido durante esa semana justificaba la lógi­ca de su fe. Mike decidió repasar las preciadas pertenencias que había reunido en las maletas para su viaje espiritual.

 

Las abrió y examinó a conciencia las cosas que creía nece­sario llevarse consigo. El primer grupo estaba integrado por fotos. El álbum de fotos estaba hecho jirones por el paso del tiempo, y muchas de las viejas fotos estaban pegadas con los esquineros engomados que se usaban en los años cincuenta. Abrió el álbum con cuidado para no despegar los viejos es­quineros y, una vez más, sintió una familiar melancolía al ver la foto de boda de sus padres, la primera del álbum. Después del accidente, la había encontrado junto a otras fotos perso­nales de ellos y apenas había tenido valor para mirarlas de nuevo.

 

En la foto, sus padres sonreían a la cámara y se les veía muy enamorados; empezaban su vida en común. A Mike le parecía muy divertida la ropa que llevaban y era la única vez que recordaba haber visto a su padre con corbata. Más tarde, Mike encontró el viejo vestido de novia de su madre en el desván y le pidió a un vecino que lo envolviera y guardara, pues a él le resultaba muy doloroso. Cuando se habían hecho la foto, Mike era sólo un brillo de ilusión en su mirada, y veían el futuro llenos de esperanza por las buenas cosas de la vida. Mike contempló la foto durante un buen rato y, final­mente, le habló quedamente:

 

—Papá, mamá, soy vuestro único hijo. Espero que lo que voy a hacer no os decepcione. Os quiero mucho a los dos, y deseo veros pronto.

 

Transcurrieron unos minutos preciosos, en los que Mike hojeó las páginas del álbum que contenía la historia de su niñez. Esto le arrancó más de una sonrisa. Allí estaban la vie­ja granja y las fotos ocasionales de sus diversos amigos. Le encantaba la foto que le habían hecho montado en el tractor cuando tenía seis años. ¡Ese álbum era un tesoro! Mike sintió que Dios podía estar contento porque él honraba a sus padres y su formación al elegir llevarse con él las fotos en ese viaje especial. No sabía qué pasaría finalmente con el álbum, pero por el momento, Mike sentía que no podía abandonar aque­llas cosas.

 

Después, estaban sus libros. ¡Cuánto aprecio les tenía! Su Biblia estaba desgastada de tanto leerla, y le había reconfor­tado en muchísimas ocasiones. Aunque no entendía todo su contenido, sentía su energía espiritual. La había guardado cuidadosamente y era algo a lo que nunca renunciaría. Lue­go estaban los libros que había leído en su infancia, que sig­nificaban mucho para él (por ejemplo, The Hardy Boys o Char­lotte´s Web). Eran solamente unos cuantos libros de bolsillo que él seguía leyendo periódicamente; cada vez que lo hacía, recordaba las cosas que había hecho a la edad en que descu­brió por primera vez esas maravillosas historias y personajes. Finalmente, estaba la gran aventura de Moby Dick, que leyó cuando ya era algo mayor, así como la colección de Sherlock Holmes, y sus poemas preferidos, escritos por autores casi desconocidos.

 

Tanto esos libros como las fotos estaban cuidadosamente embalados en dos carteras, para poder llevarlos con la mayor comodidad. Esto le permitía llevar también una bolsa de ta­maño mediano que pudiera contener un par de bocadillos a modo de tentempié. Mike sintió que ya estaba preparado, así que se sentó en el suelo de su apartamento, ahora vacío. Tenía una almohada, y eso le bastaba para dormir. Estaba preparado para afrontar el día siguiente. La ansiedad originada por la idea de iniciar su búsqueda espiritual casi no le permitió con­ciliar el sueño, dado que en su mente se sucedían las imáge­nes de todo lo que le había pasado hasta ahora, y cabía la posibilidad de que le siguieran ocurriendo más cosas. Era pro­bable que al día siguiente empezara su viaje a casa.

 

 

 

4. LA PRIMERA CASA

 

El día siguiente amaneció un poco gris, pero Mike estaba ani­mado. Con los escasos fondos que había reservado se permi­tió tomar un buen desayuno en la terraza de un café local. Se sentía raro por estar en la calle a esa hora, ya que habitual­mente se encontraba en la oficina, acostumbrado a trabajar duro durante todo el día y a almorzar un tentempié sentado frente a su escritorio. Cuando el sol se ponía, él solía estar to­davía en el interior del edificio.

 

Una vez fuera, con las carteras en las manos y el bolso colgando de un hombro, Mike se preguntó qué camino debe­ría tomar exactamente. Sabía que no podía ir hacia el oeste, ya que inmediatamente llegaría al océano. Entonces optó por ir hacia el este hasta que no se le indicara otra ruta. Apropia­damente, Mike se sentía muy bien al iniciar un viaje basado en la fe, aunque seguía deseando tener un destino más claro.

 

«Si sólo tuviera algún indicio sobre qué dirección tomar; tal vez un mapa o una indicación de mi posición actual», se dijo Mike mientras andaba despacio hacia el este, atravesan­do lentamente los suburbios de Los Ángeles hacia las estri­baciones de unos barrios aparentemente interminables. «Me tomará semanas poder salir de aquí», pensó.

 

Verdaderamente, no sabía hacia dónde iba; pero continuó avanzando hacia el este. A la hora de comer se sentó en una cuneta y engulló las sobras que había guardado del desayuno. Una vez más, se preguntó si iba por el camino correcto.

 

—Si estás aquí, ¡te necesito ahora! —exclamó Mike en voz alta, dirigiéndose al cielo—. ¿Dónde está la puerta del camino?

 

—¡Tendrás un mapa actual!

 

Mike escuchó una voz familiar que le hablaba al oído. Se levantó y miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Reconoció la voz del ángel que había conocido antes.

 

—¿He escuchado eso o lo he sentido? —murmuró Mike con una sensación de alivio. ¡Por fin había comunicación!—. ¿Por qué has tardado tanto? —continuó Mike con un punto de humor.

 

—Sólo has pedido ayuda hace un momento —puntualizó la voz.

 

—¡Pero si he estado dando vueltas durante horas!

 

—Ésa fue tu elección —afirmó la voz—. ¿Por qué has tar­dado tanto en verbalizarnos tu petición?

 

Era evidente que la voz tenía un cierto matiz divertido, dándole la vuelta al reproche de Mike.

 

—¿Me estás diciendo que solamente obtendré ayuda cuan­do la pida?

 

—Sí. ¡ Vaya concepto! —respondió la voz—. Eres un espí­ritu libre, honrado y poderoso y capaz de marcar tu propio camino si así lo decides. Es lo que has estado haciendo du­rante toda tu vida. Nosotros siempre hemos estado aquí, pero solamente actuamos cuando lo pides. ¿Te parece tan raro?

 

Mike se sintió momentáneamente irritado por la lógica ab­soluta que encerraban las palabras del ángel.

 

—Bueno, dime ¿hacia dónde debo ir? Ya ha pasado el me­diodía, y toda la mañana he estado adivinando a dónde diri­girme.

 

—¡Has adivinado bien! —respondió la voz, con ironía im­plícita—. La puerta al camino está justo delante.

 

—¿Eso significa que iba por buen camino?

 

—No te sorprendas demasiado por ir en la dirección co­rrecta. Eres parte del todo, Michael Thomas de Propósito Puro. Con la práctica, tu intuición será muy eficaz. Hoy estoy aquí únicamente para darte un poco de orientación —la voz titu­beaba—. ¡Mira frente a ti! ¡Si ya estás en el umbral!

 

Mike se encontraba frente a un gran seto que conducía al interior de un barranco bordeado por hileras de casas.

 

—No veo nada.

 

—Mira otra vez, Michael Thomas.

 

Mike miró hacia el arbusto y poco a poco se fue dando cuenta de que allí estaba la silueta de una puerta. Pasaba desa­percibida porque estaba completamente integrada en el en­torno y parecía ser parte de la estructura total de la planta. Mike pensó que era imposible no ver la puerta, incluso que­riendo. ¡Era tan evidente! Giró la cara un momento, y luego volvió a verla con una nueva percepción. Estaba allí, más evidente incluso que antes.

 

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Mike, consciente de que su percepción estaba cambiando.

 

—Cuando las cosas ocultas se vuelven obvias —dijo la dulce voz— ya no puedes volver a la ignorancia. Ahora verás todas las puertas con claridad, puesto que has mostrado tu intención con ésta.

 

Aunque Mike no podía comprender del todo el significado de lo que estaba recibiendo, sí estaba totalmente listo para emprender el camino principal de su viaje. ¡El seto dejó de parecer una puerta y realmente se convirtió en una! Justo ante sus ojos, estaba cambiando y definiéndose.

 

—¡Esto es un milagro! —susurró Mike mientras seguía observando cómo el alto seto se transformaba en una puerta tangible. Retrocedió un poco para permitir que el fenómeno que acontecía tuviera suficiente espacio.

 

—En realidad, no lo es —replicó la voz—. Lo que sucede es que tu propósito espiritual te ha cambiado un poco, y las cosas que vibran a tu nuevo nivel simplemente han entrado en tu campo de visión; eso no es un milagro. Sencillamente, así es como funciona.

 

—¿Me estás diciendo que mi conciencia puede transfor­mar la realidad? —preguntó Mike.

 

—Semántica —respondió la voz—. La realidad es la esen­cia de Dios y es constante. Tu conciencia humana sólo revela las partes nuevas que deseas experimentar. A medida que vas cambiando, una mayor parte se hace evidente; entonces pue­des experimentar las numerosas revelaciones nuevas y utili­zarlas como quieras. Sin embargo, no podrás dar marcha atrás.

 

Mike empezaba a comprender, pero antes de iniciar el ca­mino atravesando la puerta que acababa de revelarse ante él, le quedaba por hacer una pregunta más. Siempre había tenido la disposición de analizarlo todo en función de la verdad, y esto incluía a la dulce voz que ahora estaba escuchando en su mente. Mike meditó la pregunta y la formuló:

 

—Dijiste que soy una criatura de libre albedrío. Entonces, ¿por qué no puedo dar marcha atrás si así lo decido? ¿Qué pasa si quiero ignorar la nueva realidad y volver a una más simple? ¿No es eso libre albedrío?

 

—Es la física de la espiritualidad la que crea un axioma que establece que tú nunca podrás volver a un estado de me­nor conciencia —replicó la voz—. No obstante, si eliges acti­vamente intentarlo, entonces estás negando la iluminación que se te ha dado, y te desequilibrarás. Ciertamente, puedes inten­tar retroceder. Es tu libre albedrío. Pero es triste que haya humanos que intenten ignorar aquello que saben que es la verdad, porque no durarán mucho tiempo teniendo un índice vibratorio dual.

 

Mike no comprendió toda la nueva información espiritual que la voz le estaba impartiendo. No obstante, recibió la res­puesta a su pregunta. Sabía que podía dar media vuelta y re­gresar a la ciudad. La elección era suya. Pero mientras estu­viera allí, seguiría viendo la puerta. Y si optaba por ignorarla a pesar de saber que existía, era probable que se desequilibra­ra y, sin duda, caería enfermo. De algún modo, todo esto tenía sentido, y su deseo era avanzar, no retroceder. Así que Michael cogió las carteras y la bolsa, y entró por la puerta al camino que representaba el inicio de su viaje. Dicho camino era un simple sendero de tierra, similar a cualquier camino de cual­quier barranco. Mike estaba emocionado y se puso en mar­cha, dejando atrás la puerta rápidamente.

 

En cuanto lo hizo, una figura verdosa, siniestra e indefini­da, se deslizó tras él, pasando también por la puerta. Eso pisó parte del arbusto, que se marchitó inmediatamente; y si Michael no se hubiera adelantado, se habría dado cuenta de su presencia, alertado por el hedor que desprendía. Rápidamente. Eso tomó posición y empezó a seguir a Michael Thomas, manteniéndose fuera de su vista, pero yendo al mis­mo paso impetuoso que éste llevaba. Como un espectro astu­to y veloz, Eso seguía a Mike ensombreciendo su ímpetu y su alegría con la misma cantidad de odio y oscuros propósitos. Mike no podía imaginar siquiera que Eso existía.

 

Poco después de ponerse en camino, el panorama, e inclu­so la percepción del terreno, cambiaron ostensiblemente para Michael Thomas. Ya no podía ver la extensa ciudad de Los Ángeles, ni la multitud de casas del área suburbana. De he­cho, no había ningún indicio de civilización, como por ejem­plo, postes de teléfono, aviones o autovías. Había emprendi­do con ilusión el camino sin asfaltar que estaba delante de él, avanzando por el mismo sin pensar, como un niño que abre sus regalos de Navidad. Entonces se dio cuenta de que, paso a paso, se iba adentrando profundamente en otro mundo. El viaje lo estaba llevando a una realidad que aún estaba lejos de bo­rrar la que acababa de experimentar. Mike se preguntó si se encontraba en un lugar situado entre la Tierra y el Cielo, don­de empezaría su enseñanza espiritual. Había dado por senta­do que pronto tendría lugar ese proceso, que le prepararía para el honor de regresar al hogar. El camino, similar a un sendero, se ensanchaba gradualmente, y ahora casi tenía el ancho de una carretera. No presentaba ninguna huella de pisadas y era muy fácil de seguir.

 

Súbitamente, Michael miró a su alrededor. ¿Qué era eso? Sus ojos captaron una imagen de color verde oscuro que se movía rápidamente, y que salía disparada hacia la izquierda, ocultándose detrás de una roca grande y redonda.

 

«Debe de ser la fauna local», pensó Mike.

 

El camino que había recorrido hasta ahora era un reflejo exacto del lugar al que ahora se dirigía: un sendero largo que se torcía y volvía a aparecer, desapareciendo en lontananza colina tras colina.

 

Todo el recorrido se desarrollaba en un campo exuberante y magnífico, lleno de árboles, prados verdes y floraciones en las rocas. Las flores moteaban el paisaje como infinitos puntos de color luminiscente, situados con exactitud en los luga­res precisos del perfecto lienzo de la naturaleza.

 

Mike se detuvo a descansar. No llevaba reloj, pero al mirar la posición del sol supuso que serían aproximadamente las dos del mediodía, la hora de la comida. Se sentó junto al ca­mino y se comió los restos del gran desayuno, que había guar­dado para sus dos últimos tentempiés. Miró a su alrededor y percibió la tranquilidad.

 

«No hay pájaros», pensó. Observó el suelo más de cerca. «Tampoco hay insectos. Este sitio es realmente extraño.» Mike lo observaba todo. Sintió una repentina brisa sobre su cabe­llo. «¡Por lo menos, hay aire!» Miró hacia el cielo y contem­pló el azul nítido de un día magnífico y renovador.

 

Cayó en la cuenta de que ya no le quedaba más comida, pero también sabía que no estaba solo y que, de un modo u otro, Dios le daría sustento. Recordó la historia de Moisés en el desierto, quien lo recorrió durante cuarenta años junto con las tribus de Israel. Recordó que esos nómadas recibieron ali­mento del cielo, y reflexionó sobre esta historia, preguntán­dose si sería cierta. Pensó: «Todas esas familias que siguieron a Moisés tenían adolescentes testarudos, tal como los tene­mos en la actualidad». Los podía ver quejándose ante sus pa­dres respectivos: «¡Eh! ¡Que nosotros ya hemos estado ocho veces en la misma roca desde que yo era un niño! ¿Por qué confiáis en ese tipo, el tal Moisés? ¡Nos está haciendo andar en círculos! ¡El desierto no puede ser tan grande! ¿Es que no lo veis?».

 

Mike rió mientras se imaginaba la escena; entonces se pre­guntó si dentro de poco vería esa roca ¡que le indicaría que también estaba andando en círculos! No tenía ni idea de a dónde se dirigía, como los israelitas en el desierto ¡y tampoco tenía comida! Esto le hizo reír con más ganas a causa de las similitudes.

 

Tal vez la risa fue honrada, o simplemente se trataba del momento propicio, el caso es que en el siguiente recodo del amplio camino de tierra, Mike la vio. Se trataba de la primera casa, de color azul brillante. «¡Dios!», pensó, «¡Si Frank Lloyd Wright pudiera ver esto, daría un grito!». Mike rió en su inte­rior. «Espero no haber sido irreverente», pero nunca antes ha­bía visto una casa de color azul. El camino conducía directa­mente a la puerta, por lo que supo o supuso que estaba ante su primera parada. También era evidente que no había ninguna otra edificación en los alrededores.

 

A medida que Mike se acercaba a la pequeña casa de cam­po, pudo apreciar que su color era azul cobalto, y que su inte­rior despedía una luz difusa. Mientras recorría el camino que conducía a la puerta, observó una pequeña señal que identifi­caba a la casa como la «casa de los mapas». ¡Mike constató que eso era precisamente lo que había pedido! Ahora había conseguido llegar a un lugar determinado. Tal vez el resto del viaje no estaría tan lleno de incertidumbre. Un mapa local actual podía ser un instrumento valioso en esa extraña tierra.

 

La puerta de la casa se abrió súbitamente y de ella salió una criatura grande y hermosa, ¡de un color azul que armoni­zaba perfectamente con el de la casa! Evidentemente, era una entidad angélica pues, como el ángel de la visión, desborda­ba la realidad y era más grande que un ser humano. Su pre­sencia llenaba el aire de una sensación de esplendor y de una esencia floral. Una vez más, ¡Michael podía percibir la fra­gancia que emanaba de la entidad! El gran ser azul se colocó frente a él.

 

—¡Bienvenido, Michael Thomas de Propósito Puro! Te esperábamos.

 

A diferencia del ángel de la visión, la cara de éste era per­fectamente visible, y Michael pudo ver en ella una expresión de bienestar y alegría que parecía ser continua, dijera lo que dijera. Mike se sintió agradecido por su compañía y se mos­tró respetuoso de la situación. Saludó al ángel.

 

—¡Bienvenido tú también, gran ser azul!

 

Mike tragó saliva. ¿Y si al ángel no le gustaba que lo lla­maran azul? ¿Y si su color azulado fuera solamente producto de la mente humana y realmente no fuera azul? «¡Tal vez ni siquiera le gusta ese color!». Mike suspiró ante la lista de ¿y si…? que estaba pasando por su mente humana.

 

—Soy azul para todos los seres, Michael Thomas de Pro­pósito Puro —dijo pensativo el ángel—, y acepto tu bienve­nida con alegría. Por favor, entra en la Casa de los Mapas y prepárate para pasar la noche.

 

Esta vez, Mike se alegró de que el ángel leyese sus pensa­mientos. ¿O era que, más que leerlos, podía sentirlos, tal como le había dicho el ángel de la visión? En cualquier caso, Mike se alegró de no haber ofendido al guardián de la primera casa.

 

Mike y el ángel, dos entidades diferentes reunidas, entra­ron en la casa azul. Incluso mientras la puerta se cerraba tras ellos, dos ojos descomunales, penetrantes, coléricos y de co­lor rojo remolacha los espiaban agazapados entre la espesa maleza, un poco hacia la izquierda de la entrada de la casa. Estaban muy alerta. No se fatigaban, y eran muy pacientes y silenciosos. No se moverían ni parpadearían hasta ver que Michael Thomas estaba listo para reanudar su viaje.

 

Al entrar en la casa, Mike se asombró ante lo que vio. ¡El interior de la estructura era inmenso! Parecía interminable, aunque su exterior fuera modesto y humilde. Recordó que el ángel de la visión le había dicho que las cosas podían no ser lo que parecían, y era evidente que esto formaba parte de la nueva y extraña realidad de su conciencia. Mike hizo conje­turas acerca de esta nueva percepción: ¿Tenía un significado mayor?

 

Siguiendo al ángel, Mike recorrió los amplios vestíbulos de la Casa de los Mapas. El interior evocaba al de una biblio­teca de primera categoría, similar al de algunas ilustres bi­bliotecas europeas, en donde están clasificados importantes libros históricos de todo tipo. Sin embargo, en lugar de estan­terías con libros, en las paredes había decenas de miles de agujeros y cada uno de ellos contenía lo que Mike creyó iden­tificar como un pergamino. Las paredes parecían no tener fin, y había agujeros en ambos lados de cada uno de los vestíbu­los por los que iban pasando, que tenían varias plantas de altura. Todavía no podía ver de cerca los agujeros, pero era posible que contuvieran mapas, ya que el nombre de la casa así lo indicaba. Pero, ¿por qué había tantos? El recorrido por las gigantescas habitaciones parecía no tener fin, y en el pro­ceso no encontró a ningún otro ser vivo.

 

—¿Estamos solos? —preguntó Mike.

 

El ángel se volvió hacia él y rió.

 

—Supongo que depende de lo que quieras decir con eso de «solos» —respondió—. Estás observando los contratos que cada ser humano tiene con el planeta.

 

Dicho esto, siguió andando con naturalidad.

 

Mike se detuvo y observó a su alrededor, reaccionando con asombro a lo que el ángel acababa de decirle. La distan­cia entre ellos aumentó, dado que el ángel siguió andando sin esperarle. Al sentir que Mike no le seguía, se detuvo, se vol­vió y le esperó pacientemente sin decir nada.

 

Mike vio las escaleras apoyadas contra las enormes pare­des de varios pisos de altura, llenas de interminables cubícu­los de madera que contenían pergamino tras pergamino. El ángel les había llamado contratos. ¿Y eso qué significaba?

 

—¡No entiendo nada de lo que me has dicho! —exclamó Mike mientras alcanzaba al ángel.

 

—Antes de que termine tu viaje, lo comprenderás —le dijo el ángel con voz reconfortante—. Aquí no hay nada que sea aterrador, Michael. Todo está en orden, y tu visita era espera­da y la honramos. Tu propósito es puro, y todos nosotros po­demos constatar eso. Relájate y disfruta de nuestro amor.

 

Las palabras del ente azul impresionaron verdaderamente a Mike. Nadie en todo el universo podría decir una cosa me­jor que la que le acababan de decir. ¿Empezaba Mike a sentir con una mayor intensidad? El ángel de la visión le había dado un poco de las mismas vibraciones amorosas, pero ahora es­taba sintiendo una reacción emocional que superaba a cual­quier otra que hubiera experimentado jamás.

 

—Ser amado es una sensación maravillosa ¿verdad, Mi­chael?

 

El ángel azul caminaba de nuevo junto a Mike y era mu­cho más alto que él.

 

—¿Qué es este sentimiento? —preguntó Mike quedamen­te—. Estoy casi al borde de las lágrimas.

 

—Estás cambiando a otra vibración, Michael.

 

—No entiendo qué quiere decir eso. Eh… ¿tiene usted nom­bre, señor?

 

Michael se preguntó una vez más si habría ofendido al ente. ¿Y si fuera un ángel femenino? Mike no tenía la menor idea respecto a este tipo de cosas, pero el porte y la apariencia del ángel podían ser perfectamente femeninos.

 

—Llámame simplemente Azul —le respondió el ángel gui­ñándole un ojo—. Yo no tengo género, pero por mi tamaño y mi voz, tu mente deduce que soy del género masculino. Y a mí ya me está bien que me trates como tal —hizo una pausa para permitir que Mike captara lo que había dicho, y luego siguió hablando—: Tu estructura celular de ser humano pue­de existir en diversos índices vibratorios, Michael. El índice vibratorio al que estás habituado es, por así decirlo, el nivel número uno. Te has familiarizado con él y te ha servido dig­namente. Sin embargo, en este viaje será necesario que vayas más allá, que pases a un índice vibratorio de valor seis o siete, para que puedas avanzar hacia tu meta. En este momento es­tás cambiando a lo que podríamos llamar el índice dos, dado que no tenemos un nombre mejor que darle. Como ya te he dicho, cada índice vibratorio implica una mayor conciencia de la verdadera realidad de Dios. Lo que sientes ahora es la conciencia del amor. El amor es tangible, Michael. Tiene pro­piedades físicas y es poderoso. Tu nuevo índice vibratorio te permite sentirlo mucho más, como nunca antes lo habías he­cho. Es la esencia de esta casa, y se intensificará a medida que vayas visitando cada una de las casas.

 

Michael estaba encantado de escuchar a Azul. Ésta era la mayor explicación, y también la más clara, que había recibi­do hasta el momento.

 

—¿Eres un maestro? —preguntó Mike.

 

—Sí. Cada uno de los ángeles de las casas existe con esa finalidad, excepto el de la última. Tendré que hacerte varias revelaciones que son parte de mi casa, y los otros ángeles ha­rán lo mismo. Cuando hayas acabado el viaje, tu visión de conjunto respecto a cómo funcionan las cosas en el universo será mucho mayor que ahora. Mi misión es proporcionarte algo de lo que te has hecho merecedor por haber expresado tu propósito. Estás aquí, en mi casa, para recibir el mapa de tu contrato. Mañana temprano, antes de que prosigas tu camino, te lo mostraré y responderé a algunas preguntas. Es muy im­portante que esta casa sea la primera porque te ayudará en tu viaje. De momento, te exhorto a que disfrutes de nuestros regalos, que consisten en sustento y descanso.

 

De nuevo, Mike siguió al ángel, a quien empezaba a sentir como si fuera un amigo al que conocía bien, aunque muy azul. Entraron en un hermoso jardín interior donde todos los frutos y vegetales, hilera tras hilera, eran cultivados empleando una meticulosa agricultura. La luz, como en todas las demás habi­taciones, entraba a raudales por las troneras del techo, llenan­do cada zona de una esencia exterior natural. Mike también podía percibir el olor del pan horneándose, que provenía de otra zona del inmueble.

 

—¿Quién se encarga del mantenimiento de toda esta casa? —preguntó Mike—. Al único que veo aquí es a ti. ¿Tú co­mes?

 

—Cada casa tiene espacios como éste, Michael, y no, yo no como. Este jardín existe exclusivamente para los humanos que, como tú, están siguiendo este camino y dedican un tiem­po suspendido a esta experiencia de aprendizaje, y pasan por aquí. El jardín tiene muchos cuidadores, sólo que ahora no puedes verlos. Mientras recorras tu camino de conocimiento, no te faltará sustento, salud y alojamiento. Ésta es nuestra manera de honrarte a ti y honrar tu propósito.

 

Mike empezó a sentir la arrolladora sensación de estar pro­tegido mientras los dos seguían paseando por otras salas; el ser humano siguiendo siempre al enorme ente azul.

 

Finalmente, llegaron a una singular zona de descanso, in­tegrada por dependencias privadas provistas de una fantás­tica cama con dosel y prístinas sábanas blancas de encajes, que invitaban a Mike a dejar caer en ellas su cuerpo fatigado. Las mullidas almohadas llamaban su atención ofreciéndole la comodidad y la seguridad de un sueño profundo. Mike estaba atónito por el nivel de organización que había en esa casa.

 

—¿Todo esto es por mí? —Mike estaba impresionado.

 

—Por ti y por otros, Michael. Esto ha sido preparado para cualquiera que tenga el mismo tipo de propósito que tú.

 

En la habitación contigua había un banquete tal, ¡que Michael no podría habérselo terminado por mucho que lo in­tentase! Estaba compuesto por la comida más suculenta que había visto jamás, y era demasiada para una sola persona.

 

—Come lo que quieras, Michael —le dijo Azul— que no quedará nada sin aprovechar. Pero no guardes lo que sobre; resiste la tentación de llevártelo. Forma parte de una prueba de tu proceso, y es algo que entenderás más adelante.

 

Azul lo dejó solo y salió del recinto. Mike dejó a un lado su equipaje, se sentó y se puso a comer como rara vez lo había hecho. Tuvo cuidado de no caer en la glotonería, pero comió las deliciosas viandas hasta quedar más que satisfecho. Sus párpados empezaron a cerrarse, y el entorno propiciaba un grado de comodidad que Mike no había vuelto a experimen­tar desde que era un niño al cuidado de sus cariñosos padres.

 

«¡Si pudiera conservar esta sensación!», pensó Mike. Ha­cía que el hecho de ser humano valiera la pena. Mike se le­vantó de la mesa pensando que ya se encargaría de lavar los platos sucios al día siguiente por la mañana. ¡Se sentía tan cansado! A duras penas consiguió quitarse la ropa, que colgó en las perchas de la pared. Cayó rendido en la cama y rápida­mente fue arropado por la cálida envoltura de un tranquilo sueño.

 

En la quietud de la mañana, Mike se levantó sintiéndose increíblemente renovado. Se lavó y se dirigió al comedor, donde constató que ya habían recogido la mesa. ¡En vez de los platos sucios de la cena había un fantástico desayuno!

 

En parte, se había despertado al percibir el olor de patatas fritas y huevos frescos fritos, y el aroma de un delicioso pan recién horneado. Mike desayunó solo, y en la soledad se pre­guntó nuevamente si su petición de ir a casa había sido apro­piada, y se preguntó a sí mismo:

 

«¿ Es un error querer salir de la experiencia terrenal? ¿Qué ocurre con aquellos que dejamos atrás?» Ellos no tendrían la capacidad de experimentar los niveles de progreso vibratorio a los que él podía llegar. ¿Era justo? Empezó a invadirle un sentimiento de melancolía al pensar en sus amigos y en sus compañeros de trabajo. ¡Incluso estaba preocupado por su ex amante!

 

«¿Qué está ocurriendo?», se preguntó. «Estoy empezando a sentir empatía con todo el mundo. Y esto no suele sucederme. ¡Es verdaderamente doloroso! Empiezo a lamentar el he­cho de poseer algo que los demás no tienen. ¿Significa esto que estoy equivocado? ¿Debería dar marcha atrás?».

 

Súbitamente, Azul apareció en el umbral de la puerta y le dijo:

 

—Es inevitable que te hagas esa pregunta, Michael. Una vez más, el ángel había sintonizado con los sentimien­tos de Mike. Aunque sobresaltado, Michael estuvo encanta­do de ver a Azul y le dio la bienvenida con una inclinación de cabeza.

 

—Háblame de estas cosas, Azul —dijo—. Con toda ho­nestidad, necesito orientación. Empiezo a cuestionarme si he hecho lo que debía.

 

—El trabajo del Espíritu es maravilloso, Michael Thomas de Propósito Puro —dijo Azul—, y el postulado de la ilumi­nación humana es éste: primero, ocúpate de ti mismo, y el honor de tu viaje será transmitido a quienes te rodean de una manera sincrónica, dado que el propósito de una persona siem­pre afectará a muchas otras.

 

—Una vez más, me resulta difícil comprender totalmente lo que me explicas, Azul —replicó Mike, confuso.

 

—Aunque no lo comprendas en este momento, Michael, tus acciones afectarán a los demás, dándoles oportunidades para tomar sus propias decisiones. No tendrían estas opcio­nes si no te hubieras decidido a estar justo aquí y ahora. Con­fía en la verdad de estas cosas, y no te hagas reproches.

 

Mike sintió que su espíritu se liberaba de un gran peso. Aunque Azul no había podido hacerle comprender por qué las cosas funcionan espiritualmente, le bastaba con la afirma­ción del ángel, y esto le hacía sentirse mucho mejor para po­der seguir adelante.

 

Mike recogió sus pertenencias y salió del comedor priva­do y de la zona de dormitorios. Entró en el enorme vestíbulo que desembocaba en la puerta por la que había pasado el día anterior viniendo del exterior. Azul caminaba lentamente de­trás de él, mientras Mike se maravillaba de la inmensidad de lo que le rodeaba. El ángel no dijo nada cuando observó que en su bolsa había unos bultos: sabía que eran pan y bollos.

 

—¿Adónde vamos? —preguntó Mike—. ¿Sigo en esa di­rección?

 

Sabía que tenía que recibir su propio mapa y quería que Azul le condujera a donde estaba éste.

 

—Detente aquí —le dijo Azul.

 

Los dos se pararon en el centro de un enorme vestíbulo de color azul, profusamente adornado. Azul se dirigió en silen­cio hacia una pared lejana próxima a una escalera y dijo:

 

—Ven aquí, Michael.

 

Mike le obedeció y, en un santiamén. Azul le hizo subir por una escalinata muy alta para buscar el cubículo específi­co en donde estaba su mapa. A medida que iba subiendo asi­do del pasamanos, notó que había un nombre escrito en cada cubículo horadado en la pared. En realidad, había dos nom­bres en cada compartimiento: uno de ellos parecía escrito en caracteres árabes y el otro en caracteres romanos. En lugar de estar ordenadas alfabéticamente, las casillas estaban dispues­tas según un sistema desconocido para Mike, pero sin duda familiar para Azul. Este le había dicho exactamente dónde buscar y ahora Mike estaba a una corta distancia del lugar que Azul le había indicado.

 

Finalmente, lo vio. La casilla tenía escrito «Michael Tho­mas» junto con otro letrero inscrito en extraños caracteres que las demás casillas también tenían. «Probablemente están es­critos en lenguaje angélico», pensó Michael. Le habían dado las siguientes instrucciones: no mirar lo que le rodeaba, sacar el pergamino del compartimiento correspondiente y volver a bajar para examinarlo. Mike acababa de sacarlo de la casilla y estaba empezando a bajar por la escalera cuando sus ojos se fijaron en otro grupo de nombres. Sintió que su corazón deja­ba de latir. ¡Los nombres de sus padres también estaban allí! La disposición de los pergaminos era en grupos familiares! En eso consistía el sistema espiritual empleado en el enorme vestíbulo. Mike sabía que tenía absolutamente prohibido to­car el pergamino de otra persona; sin embargo, se retrasó un poco para examinar algunos de los nombres que carecían de sentido para él. «¿Por qué están esos otros nombres junto a los de mi familia?», se preguntó

 

—¿Michael? —Azul lo llamó desde abajo.

 

—Ya voy, señor —respondió un tímido Mike. Azul sabía lo que estaba pensando, pero Mike no quería formular una clase de pregunta que pudiera romper el proto­colo de este lugar sagrado. Pensativamente, bajó la larga es­calera azul y le enseñó el pergamino a Azul. Éste miró a Mike durante un buen rato, y en su firme mirada no había secretos. Antes bien, transmitía la gratitud de Azul hacia Mike, pues éste había honrado los caminos de unción del sistema. Mike sintió que el amor de Dios inundaba todo su ser, y ambos sonrie­ron ampliamente ante la comunicación sin palabras. Mike empezaba a sentir que las palabras ya no eran necesarias. ¡Era como si pudiera comunicar a Azul todo cuanto quisiera sin emitir ningún tipo de sonido! «¡Esto es extraño!», pensó.

 

—No tan extraño como lo que estás a punto de ver —res­pondió Azul a sus pensamientos.

 

«¡Caramba!», pensó Mike. «Aquí no me libro.» Azul ignoró este último pensamiento y colocó el pergami­no sobre una mesa; luego se volvió hacia Mike.

 

—Michael Thomas de Propósito Puro —dijo formalmente—, éste es el mapa de tu vida. En una forma u otra, lo lleva­rás contigo a partir de ahora. Se te da con mucho amor y será una de las cosas más valiosas que poseerás.

 

De pronto, Mike recordó las palabras del ángel de la vi­sión del hospital respecto a que la nueva energía sería mucho más activa que antes. Mike hizo la pregunta obligada:

 

—¿Es un mapa actualizado?

 

—Más actualizado de lo que podrías desear —fue la fan­tástica respuesta del alto ser de color azul. Mike creyó escu­char que Azul se reía con disimulo.

 

Le entregó el mapa y, sin pronunciar palabra, lo invitó a que lo examinara. Mike lo cogió y lo apretó contra su pecho durante un momento, disfrutando del regalo como si fuera un niño. Sintió el carácter sagrado del momento, y abrió el mapa con tal ceremonia que hizo sonreír a Azul, quien conocía lo que estaba por llegar.

 

Cualquier reacción de asombro o expectación desapareció mientras Mike desenrollaba el pequeño pergamino. ¡Estaba en blanco! ¿O no? Justo en el centro del pergamino, y sólo visible mediante un cuidadoso examen, se encontraba un grupo de símbolos y letras. Mike se inclinó y observó de cerca los caracteres agrupados. Una flecha señalaba un pequeño punto rojo. Junto al punto estaban las palabras «ESTÁS AQUÍ». A un lado del mismo había un pequeño símbolo que representaba la casa de campo, en el que podía leerse «Casa de los Mapas». Alrededor de éste había una pequeña zona ricamente detalla­da, de aproximadamente tres centímetros, que contenía el ca­mino recorrido por Mike hasta el momento ¡Y se acababa ahí, sin más! El mapa sólo mostraba dónde estaba en ese mo­mento, y detallaba únicamente una pequeña zona que se ex­tendía más o menos cien metros en cada dirección.

 

—¿Qué es esto? —inquirió Mike, sin demasiado respe­to—. ¿Es una broma angélica. Azul? He recorrido todo este camino hasta la Casa de los Mapas para recibir un maravillo­so pergamino sagrado que me dice que… ¡estoy en la Casa de los Mapas!

 

—Las cosas no siempre son lo que parecen, Michael Tho­mas de Propósito Puro. Toma este don y llévalo contigo.

 

En realidad, Azul no estaba respondiendo a la pregunta. Mike supo intuitivamente que no era una buena idea volver a formularla, así que enrolló el aparentemente inútil mapa y lo guardó en su mochila. Estaba claramente decepcionado. Azul, seguido por Mike, recorrió de nuevo el camino que conducía a la puerta principal y salió al aire libre. El ángel se dirigió a Mike:

 

—Michael Thomas de Propósito Puro, debo hacerte una pregunta antes de que continúes el viaje a casa.

 

—Dime, mi azul amigo, ¿cuál es la pregunta? —inquirió Mike.

 

—Michael Thomas de Propósito Puro, ¿amas a Dios? Azul estaba muy serio. Mike encontró muy extraño que el ángel de la visión del hospital también le hubiera hecho la misma pregunta, y casi con el mismo tono. Se preguntó cuál sería el significado de esta repetición.

 

—Querido y esplendoroso maestro azul, dado que puedes ver en mi corazón, ya sabes que amo a Dios sin lugar a dudas.

 

Mike miró de frente al ángel mientras le daba su sincera respuesta.

 

—Así sea —dijo Azul y entró en la pequeña casa de cam­po azul cobalto, cerrando la puerta con firmeza.

 

Michael tenía una sensación de repentina desconexión, y se preguntó: «¿Alguna vez dirán adiós estos tíos?».

 

***

El tiempo era agradable y balsámico. Mike cogió su equipaje y su bolsa con víveres, entre los que estaban los bollos y el pan que había cogido de la casa azul, y echó a andar por el camino de tierra siguiendo una dirección que sabía lo condu­ciría a otra casa de enseñanza. Empezó a pasar lista de todos los elementos humorísticos pertenecientes a los sucesos que le habían ocurrido en la Casa de los Mapas, y pensó: «¡Imagí­nate, un mapa que sólo te dice en dónde estás en ese preciso momento! ¡Vaya inutilidad! Es evidente que ya sé dónde es­toy. ¡Qué lugar más extraño es éste!».

 

Ecos de risas resonaron en las colinas mientras Michael Thomas de Propósito Puro hacía participar de la alegría de su situación a las rocas y a los árboles, mientras continuaba su viaje al hogar. Su risa también llegó a las orejas verdes cubiertas de verrugas del ente tenebroso que le seguía a sólo doscientos metros de distancia. Mike no tenía la menor idea de que dicha forma oscura había esperado pacientemente a que él reanuda­ra su camino y, una vez más, estaba siguiendo sus pasos. El ente no proyectaba alegría, sólo la determinación de que Michael Thomas jamás llegara a la última casa. Ya había de­terminado su estrategia, y consistía en reducir la distancia entre él y Michael Thomas de Propósito Puro.

 

 

 

5. LA SEGUNDA CASA

 

No pasó mucho tiempo sin que Mike notara que se había pro­ducido un cambio respecto a lo que había estado acostumbra­do hasta entonces. Avanzaba fácilmente por el camino, y nunca pensó que podría presentársele algún tipo de elección en cuanto a qué dirección tomar. Además, estaba desconcertado porque de un modo intuitivo tenía la sensación de ser observado.

 

Pudo ver claramente que a lo lejos se presentaba una situa­ción problemática: había una bifurcación en el camino que le obligaría a elegir entre dos rumbos a seguir para llegar a la siguiente casa. Se encogió de hombros y se detuvo, observan­do lo que había más adelante.

 

«¿Qué es esto?», pensó. «¿Cómo se supone que he de co­nocer el camino en esta extraña tierra de ángeles y casas de colores?» Mike no esperaba obtener respuestas, dado que las preguntas eran retóricas y las había formulado sólo para sí mismo; no obstante, se preocupaba. En ese preciso momento, se acordó del mapa.

 

Se sentó a la orilla del camino. Había puesto el mapa en la misma bolsa en la que llevaba el pan, y estaba a punto de sacarlo cuando casi cayó desmayado a causa del mal olor que se desprendía del interior de la bolsa. «¿Qué es lo que se está pudriendo ahí dentro?», se preguntó.

 

Olía tan mal que Mike estuvo a punto de no querer averi­guar cuál era la causa de semejante pestilencia. Indudable­mente, era un olor orgánico, por lo que dedujo que se trataba del pan; y no se equivocaba.

 

Con cuidado, Mike sacó el mapa de la bolsa, dándole el trato adecuado, ya que era un preciado regalo, y con la espe­ranza de que el olor no hubiera dañado el objeto sagrado pero aparentemente inútil. El mapa estaba entero, pero el pan y los bollos, no. Michael vació el contenido de la mochila en el suelo y se estremeció ante lo que vio.

 

Allí estaban, podridas, las sobras del pan y de los bollos, como si hubieran estado colgadas a la intemperie en una llu­viosa selva tropical. Los pútridos restos estaban cubiertos de moho, y Mike descubrió los primeros y únicos insectos en esa tierra sumamente extraña, y los había a miles. ¡Parecía un criadero de gusanos! Mike dejó caer la bolsa y se levantó de un salto. «¡El pan no se pudre!», pensó. «¡Y aquí no hay carne muerta!» «¿Cómo es posible? Además, sólo hace unas pocas horas que he dejado la casa azul. ¡Ni siquiera la carne podría descomponerse de una forma tan contundente. ¿Qué está pa­sando aquí?».

 

Tapándose la nariz, Mike se acercó para observarlo con más detenimiento. En el suelo, la masa negra hervía de gusa­nos y seguía degradándose ante sus ojos. Observó cómo las pequeñas y repugnantes criaturas devoraban los restos de la asquerosa masa descompuesta. ¡Y así sucedió con la totali­dad de los restos! Ante este espectáculo, a Mike se le revolvió el estómago y giró la cabeza para evitar tan repugnante visión. En ese momento, le llamó la atención algo que estaba detrás suyo.

 

«¡Sí, hay algo ahí!». Sabía que anteriormente había visto algo verde y confuso que desaparecía de su vista y se ca­muflaba entre los matorrales. Mike sintió los escalofríos que recorrían de arriba a abajo su espalda. Intuitivamente, era cons­ciente del peligro al que se exponía si daba marcha atrás para ir a ver qué era aquello, así que no se movió. ¿Una bifurca­ción en el camino? ¿Un animal o criatura o lo que fuera que quizá le estaba siguiendo? ¿Qué estaba sucediendo en ese lu­gar sagrado? ¿Qué era lo que le había ocurrido al pan?

 

Mike se volvió para mirar de nuevo la abominable asque­rosidad que se apilaba en el camino, ¡y entonces se dio cuenta de que estaba viendo un montón de polvo! Ya no había ni gusanos, ni pan, ni hedor. Todo había vuelto regresivamente a sus orígenes básicos, y el suave viento que soplaba estaba empezando a dispersarlo.

 

¿Qué significaba todo aquello? Mike recordó que el ángel le había advertido que no guardara ningún alimento. ¡Pero él no había pensado que esto también era aplicable a cualquier tentempié para el camino! ¿Sería que lo que había en las ca­sas era diferente, en cierto modo, y no podía conservarse du­rante el viaje? Miró el mapa con preocupación, sosteniéndolo con cuidado para no tocar a algún gusano que pudiera quedar. El mapa estaba absolutamente limpio, tal como lo había colo­cado en la bolsa. Mike no podía entender que no estuviera contaminado a pesar de haber estado guardado junto con la comida. Entonces decidió hacer otra prueba: cogió la bolsa y la olió, no sin cierta vacilación. No quedaba rastro de la horri­ble pestilencia que había agredido su olfato hacía apenas unos minutos. Mike no tenía la menor idea de lo que había ocurri­do, pero aprendió una valiosa lección: durante su viaje, jamás volvería a llevarse comida de ninguna casa.

 

De nuevo, ¡vio que algo se movía a su espalda! Las alarmas empezaron a dispararse en su cabeza. ¡Ponte en marcha! Mike se sintió desesperado, e instintivamente desenrolló el mapa con la esperanza de encontrar en él una pista para decidir qué camino de la bifurcación seguir. En el mapa aparecía otra vez el punto rojo con la inscripción «ESTÁS AQUÍ», mostrando sim­plemente la posición actual de Mike y nada más. ¡La bifurca­ción ni siquiera aparecía en el inútil objeto!

 

—¡Maldición! —exclamó Mike en voz alta. Evidentemente, el improperio estaba completamente fue­ra de lugar en esa tierra, pero reflejaba la frustración que Mike sentía.

 

—¡Vaya mapa que me has dado, Azul!

 

Una vez más, Mike detectó movimiento a su espalda. ¿Esa cosa, o lo que quiera que fuese, se estaba acercando? ¿Por qué no podía verla? ¿Cómo podía moverse tan rápido? ¿Qué era? En ese momento, los sensores de alarma en el cerebro de Mike señalaban alarma de pánico, por lo que se levantó de un salto y se puso a andar hacia la bifurcación, vigilando a menudo por encima del hombro. Pero la fugaz sombra no dio señales de vida. ¿Cómo podía saber con tal exactitud el momento preciso en que Mike miraría hacia delante? Cada vez que lo hacía, Mike aceleraba el paso y avanzaba a gran velocidad. La presencia que lo perseguía siempre se adecuaba a su rit­mo. Los trescientos metros que le separaban de la bifurcación los cubrió a una velocidad mayor que la que había desarrolla­do desde el inicio de su viaje por esa enigmática tierra. Se sentía aterrorizado.

 

De este modo, llegó rápidamente a la bifurcación, jadean­do debido tanto al esfuerzo por mantener un paso veloz como a su miedo. Llegó al cruce de caminos sin ningún indicio so­bre qué dirección tomar, sintiéndose muy turbado por la inde­cisión. Se quedó inmóvil en la encrucijada, lleno de pánico, y gritó desesperado hacia las nubes:

 

—¡Azul! ¿Qué camino tomo?

 

En realidad, Mike no esperaba que Azul le respondiera, así que se quedó conmocionado cuando la suave voz que pa­recía emanar de su cabeza le respondió:

 

—¡Rápido, Michael, usa el mapa!

 

Mike no estaba de humor para cuestionar si la petición era rara o ilógica, así que repitió exactamente la misma acción de antes: desenrolló el mapa tan rápido como pudo y constató que el punto rojo con la inscripción «ESTÁS AQUÍ» indicaba el mismo lugar en el centro del mapa. Pero… ¡Un momento! ¿Qué era eso que estaba ahí? Mike acercó el mapa para exa­minarlo con más detalle, y varias gotas de sudor cayeron bre el pergamino.

 

¡El punto mostraba ahora la bifurcación! Dado que en preciso momento Mike se encontraba en la encrucijada, el mapa estaba actualizado. La mente de Mike no se detuvo para captar el humor que había en el significado que el ángel le había dado a la palabra. Se acercó el mapa todavía más para examinarlo y vio que ahora, junto a la encrucijada, ¡había una flecha señalando claramente hacia la derecha!

 

Mike no vaciló; echó a andar mientras enrollaba el mapa, y tomó el camino de la derecha, que ascendía por una peque­ña colina. Siguió vigilando, mirando atrás con frecuencia, por­que percibía, sabía, que su perseguidor estaba escondido en algún lugar cercano. La indefinida figura verde saltaba rápi­damente de rocas a arbustos, y ajustaba su paso al de Mike, acelerando cuando éste aceleraba. Mike respiró aliviado cuan­do llegó a lo alto de la colina, porque divisó una casa a lo lejos. Sintió que la salvación estaba al alcance de su mano. Sin dejar de vigilar lo que estaba a su espalda, aceleró el paso y bajó corriendo por el camino que le llevaba al lugar donde sabía que encontraría seguridad, refugio y comida.

 

¡El ente vil y siniestro que perseguía a Mike estaba furio­so! Si Mike hubiera estado dudando un poco más de tiempo, ¡Eso lo habría alcanzado! Estaba furioso porque había des­perdiciado una buena oportunidad, y se situó entre las copas de los árboles que estaban en el exterior de la casa en la que Mike acababa de entrar, que era de color naranja brillante. Apo­sentado allí, el repugnante ser se dispuso a esperar paciente­mente. Sería una larga espera, pero a Eso no le importaba.

 

El ángel esperaba a Mike en el interior de la casa, justo frente a la entrada. Mike casi se emocionó cuando «Naranja», que es como decidió llamarle, le habló por primera vez.

 

—¡Bienvenido, Michael Thomas de Propósito Puro! Te esperábamos.

 

—¡También yo te doy la bienvenida! —dijo a su vez Michael con la esperanza de no mostrar el alivio y la falta de aliento que estaba experimentando, aunque su voz era tem­blorosa. Se contuvo para no abrazar al enorme ser de color naranja que estaba frente a él, y se sintió muy contento de estar nuevamente protegido.

 

—Ven conmigo —le pidió su anfitrión naranja mientras le conducía al interior de la «CASA DE LOS PONES Y DE LOS INSTRU­MENTOS». Mike se cercioró de que la puerta quedara cerrada y le siguió. Todavía estaba jadeante y tembloroso por la expe­riencia que acababa de vivir momentos antes. Seguía sintien­do miedo y se planteaba muchas preguntas acerca de esa tierra de asombrosos contrastes.

 

El ángel era esplendoroso como sus antecesores. Una vez más, Mike quedó impresionado por su elevada estatura y por la gran bondad que irradiaba. Esta entidad le hacía sentirse querido y acogido, de igual modo a como le había sucedido con todas las que había encontrado hasta ahora. «Me pregun­to si todos ellos están hechos de lo mismo», reflexionó.

 

—En realidad, todos somos de la misma familia —le co­mentó el ángel.

 

Mike se sintió mortificado por haber olvidado tan rápida­mente cómo funcionaba la comunicación con esas criaturas espirituales. Sólo pudo decirle: «Lo siento». Naranja se vol­vió, se detuvo y ladeó la cabeza de una manera burlona mien­tras Mike observaba su rostro.

 

—¿Lo sientes? —hizo una pausa—. ¿Por qué? ¿Por honrar­me en mi magnificencia? ¿Por sentirte amado? ¿Por pregun­tarte quiénes somos? —El ángel sonrió—. Solemos tener mu­chos huéspedes, Michael Thomas. De todos los que han visi­tado esta segunda casa eres, hasta ahora, el que ha formulado el menor número de preguntas.

 

—El día es joven —dijo Mike suspirando. Quería interro­gar al ángel sobre el miedo y posterior pánico que había sen­tido unos momentos antes. ¿Qué lo estaba siguiendo? El án­gel sabía que formularía esa pregunta.

 

—No puedo decirte lo que deseas saber, Michael —res­pondió el ángel.

 

—¿No puedes o no quieres? —preguntó Mike respetuosa­mente. Sabía que la pregunta era retórica y prosiguió—: Sé que lo sabes. —Mike dudó y entonces probó a bombardearlo con una seré de preguntas—. ¿Por qué no puedes hablarme de ello? —inquirió.

 

—Tú sabes más al respecto que yo —replicó el ángel.

 

—¿Cómo es eso?

 

—Aquí, las cosas no siempre son lo que parecen.

 

—¿Estará ahí fuera cuando yo salga?

 

—Sí.

 

—¿«Eso» pertenece aquí? Parece estar fuera de lugar en este ambiente espiritual.

 

—Tiene el mismo derecho que tú a estar aquí.

 

—¿Puede hacerme daño?

 

—Sí.

 

—¿Puedo defenderme?

 

—Sí.

 

—¿Me ayudarás?

 

—Para eso estoy aquí. —El ángel permaneció en silencio cuando Michael interrumpió súbitamente su interrogatorio.

 

Las respuestas de Naranja le confirmaron que el ángel lo sabía todo. Empezó a relajarse. «Si él sabe de qué va la cosa, entonces, potencialmente, hay más cosas que yo puedo saber. Seré paciente, porque estoy seguro de que me será revelado a medida que vaya avanzando. Parece ser que es así cómo fun­cionan las cosas aquí.» De repente, Michael recordó que no había pasado ni una hora desde que había pensado que el mapa era un objeto inútil, y en cómo le había salvado en el momen­to preciso en que lo había necesitado.

 

—Dios es muy actual, ¿sabes? —le dijo el ángel casi rien­do. Una vez más, había sintonizado con los pensamientos de Michael Thomas.

 

El ser anaranjado dio media vuelta y le empezó a conducir por las zonas interiores de la casa. Mike lo siguió.

 

—Estoy empezando a acostumbrarme a ello —comentó Mike mientras le seguía—. ¿Se trata de obtener lo que uno ne­cesita justo en el momento en que lo necesita?

 

—Algo así—respondió el ángel—. El marco temporal hu­mano de menor vibración es lineal, Michael, pero el tiempo de los ángeles no lo es. —Obviamente, el ángel era otro maestro.

 

—Entonces, ¿cómo percibís el tiempo?

 

Mientras iban conversando, el ángel lo iba conduciendo a través de un almacén. ¿Un almacén? Igual que en la casa an­terior, el área interior de ésta era enorme. Mike se quedó bo­quiabierto al observar docenas de hileras de cajas apiladas dentro de una habitación cuyo techo debía de tener unos quince metros de altura.

 

——Nosotros no tenemos pasado ni futuro —respondió el ángel—. Tu concepto del tiempo se desarrolla en línea recta, y el nuestro es una plataforma giratoria que se mueve en el sen­tido de las agujas del reloj con el motor en reposo. Nosotros siempre podemos ver toda la extensión de nuestro tiempo, ya que siempre está debajo de nosotros, por lo que invariable­mente nos encontramos en el «ahora» de nuestro tiempo. Siempre nos movemos alrededor de un centro conocido. Dado que I el desarrollo de vuestro tiempo es recto, e invariablemente os i movéis hacia delante, nunca llegáis a experimentar plenamente el presente. Miráis hacia atrás y veis dónde habéis estado; miráis hacia delante y veis hacia dónde vais. Perro no se os permite experimentar un tipo de existencia de ser. En cambio, experimentáis una existencia de hacer. Forma parte de vuestra vibración inferior, y es apropiado para vuestra dimen­sión.

 

—Eso podría explicar vuestro mapa —dijo Mike, recor­dando que el punto rojo con la frase «estás aquí» estaba siem­pre en el centro, y que los sucesos de su nueva existencia parecían entrar y salir de un punto concreto. Mike pensó para sí: «Es exactamente lo contrario de cómo funciona un mapa hu­mano».

 

—¡Exacto! —dijo Naranja por encima del hombro mien­tras seguía andando—. En vuestra estructura del tiempo, el mapa es conocido y el ser humano es el que se mueve. Esto se debe a que percibís el tiempo y la realidad como una constan­te, y al humano como la variable. Cuando os acercáis a nues­tra estructura temporal y a nuestra vibración, el ser humano es la constante y el mapa (o realidad) es la variable.

 

Ciertamente, Mike tenía que reflexionar sobre ello. Era difí­cil de entender pero, en cierta manera, le era familiar. La ex­periencia vivida en la bifurcación cercana a la casa naranja le había mostrado el exacto valor de su mapa espiritual, aunque fuera diferente de todo lo que él hubiera podido esperar. Sa­bía que la próxima vez que tuviera ante sí una disyuntiva del mismo tipo no se preocuparía por ello hasta que se encontrara verdaderamente frente a la bifurcación; entonces, el mapa fun­cionaría.                                             

 

Al igual que Azul, Naranja condujo a Mike a través de muchas zonas de gran belleza y ornamentación, recorriendo el camino hacia el área de hospedaje, alimentación y descan­so. Sin embargo, esta espléndida casa contenía cajas de alma­cén membreteadas, en lugar de las casillas membreteadas de la Casa de los Mapas. También aquí los nombres estaban es­critos en los mismos extraños caracteres de apariencia árabe, ininteligibles para Mike, pero él supuso, acertadamente, que en alguna parte de esa sala había una caja de embalaje con su nombre escrito, y que pronto la vería.

 

—Éstas son tus habitaciones —le dijo Naranja—. Empe­zaremos mañana. Tus comidas se te servirán en la habitación que está a la izquierda, y puedes asearte en la habitación de la derecha. Ahora te espera una comida preparada.

 

Dicho esto, Naranja abandonó la habitación de Mike ce­rrando la puerta tras de sí. Mike observó la puerta cerrada, y pensó para sí: «Podrás ser un ángel, pero tus modales dejan mucho que desear». El ángel ni siquiera había tenido un gesto de despedida. «Supongo que no puedo esperar que ellos com­prendan a fondo la naturaleza humana.»

 

Igual que en la otra casa, Mike comió como un príncipe. Prácticamente devoró la deliciosa comida, y se quedó boquia­bierto al ver la gran belleza artesanal de los utensilios de ma­dera. Se sentía extraño por dejar los platos sucios para que otros los lavaran, aunque recordó cuánto odiaba esa tarea. Sa­bía que, aunque no pudiera verlos, debía de haber otros seres que se encargaran de esos menesteres. «¡Qué combinación más extraña!», observó. «Un lugar angélico, pero que tam­bién tiene que atender a aquellos que están en una vibración humana más baja que la suya.»

 

Mike empezó a hacerse preguntas sobre el sistema de al­cantarillado, y entonces se quedó atónito al descubrir algo sorprendente: ¡Llevaba varios días sin ir al lavabo! ¡Ni si­quiera había un lavabo! Las casas tenían zonas de aseo para Dañarse, pero nada más. Se dio cuenta de que, a partir del momento en que pasó por el umbral de la puerta que iniciaba el camino, ¡no había experimentado la humana «llamada de la naturaleza»! Algo estaba ocurriéndole a su cuerpo en esta tierra llena de sorpresas. No le preocupaba eliminar… pero era, ciertamente, una extraña sensación.                  

 

 

 

***

A la mañana siguiente, Mike se sintió lleno de energía. Desa­yunó fruta fresca y diversos panes, paladeando el increíble sabor de los magníficos alimentos. Examinó la comida angé­lica y percibió que era un tanto distinta, por lo que pensó que debía interrogar a Naranja al respecto.

 

—Está en nuestra estructura temporal —le dijo Naranja alegremente desde la puerta de la habitación. El ángel acaba­ba de llegar y había captado los pensamientos de Mike, a quien continuó explicando—: Esta comida no puede existir en una vibración más baja y contiene atributos espirituales que son interdimensionales. Ésta es la razón por la que no deja resi­duos en el organismo humano, Michael, y también es la ex­plicación a que no pueda ser almacenada. Para ella no existen tampoco el futuro o el pasado. Fue creada momentos antes de que te la comieras, y no se conservará si intentas sacarla de aquí.

 

—Ya descubrí esa particularidad —dijo Mike, recordando la repugnante masa podrida en el suelo del camino que con­ducía a la casa Naranja; había estado a punto de causarle pro­blemas.

 

El ángel le condujo fuera del recinto de hospedaje y se en­caminaron hacia una enorme arena circular bien iluminada, donde había varias cajas de embalaje abiertas y unos cuantos bancos anaranjados, distribuidos con la finalidad de que los humanos se sentaran a descansar. También había otras cosas:

 

una especie de altar, un poco de incienso, y algunos paquetes de extraña apariencia.

 

—Bienvenido a la Casa de los Dones y los Instrumentos, Michael Thomas de Propósito Puro —dijo el ángel mirándo­le—. Por favor, siéntate, porque pasaremos aquí un buen rato.

 

Ése fue el inicio de una larga serie de sesiones de enseñan­za. Estaría seguida de un período aún más largo dedicado a sesiones de práctica y evaluación respecto al uso de los dones y los instrumentos en una nueva vibración espiritual. De esta manera, Mike permaneció más de tres semanas en la casa de color naranja.

 

—Poco a poco estás elevando tu vibración, Michael Tho­mas —le dijo Naranja en repetidas ocasiones durante todo el proceso de aprendizaje—. Éstos son los dones y los instru­mentos que se te prometieron para ayudarte a realizar esa ta­rea. Te pertenecen debido a tu propósito. No podrás entrar en las siguientes casas sin saber cómo funcionan, y mucho me­nos llegar a casa si no eres un experto en su uso.

 

Mike prestó mucha atención. Sabía que se trataba de una preparación para regresar al hogar y recordó que se le había dicho que le capacitarían para ello. Naranja desenvolvió mu­chos dones mientras Michael lo observaba. Algunos de ellos parecían estar hechos de un cristal extraordinario y, mediante la ceremonia y el propósito, fueron colocados mágicamente en el cuerpo de Mike a fin de complementar su poder espiri­tual. Le dio explicaciones muy completas sobre la función de todos y cada uno de ellos, y Mike necesitó un tiempo para di­gerir y comprender su significado. A continuación, se le pi­dió que le explicara a Naranja para qué servían. Esto no fue fácil, ya que gran parte de las pruebas requerían hablar sobre conceptos y usar palabras que eran totalmente nuevas para Mike.

 

Naranja habló de que los seres humanos llegan al planeta trayendo consigo determinadas cualidades que corresponden a diferentes planos de existencia: las vidas pasadas. Mike ha­bía oído hablar de eso, ¡pero no estaba preparado para escu­charlo de boca de un ángel! Para él, lo normal hubiera sido que un gurú hindú de largos cabellos tratara el tema, pero, ¿un ángel? Naranja le dijo que las vidas pasadas eran un ele­mento importante de la condición humana y que las instruc­ciones provenientes de una vida pasada se llevaban de una vida a otra como lecciones al nacer. Estas lecciones eran co­nocidas como «karma» o también se las denominaba «remi­niscencias» o «experiencias». El karma permitía el aprendi­zaje humano y, en cierto modo, también ayudaba al planeta.

 

Así funcionaban las cosas para los humanos, vida tras vida. Naranja le dijo a Mike que, para acceder a una nueva vibra­ción, tenía que deshacerse de algunas de sus antiguas caracte­rísticas, entre las que estaban las lecciones kármicas con las que había nacido. En el camino hacia el hogar no había lugar para ellas, del mismo modo que no lo había para la comida podrida que había descubierto en el camino.

 

Al instante, Mike se visualizó como un montón de carne podrida tirado en el camino: uno que no prestaba atención al maestro. Mike intensificó su interés para no crear esa situa­ción. ¡Qué asco!

 

Naranja captó los pensamientos de Mike y rió a carcaja­das, transmitiéndole su regocijo. Mike se quedó perplejo por lo cerca que se sentía de Naranja. Era un maravilloso maestro y un gran compañero (aunque no supiera que, por educación, se debía decir hola o adiós).

 

Mike aprendió a dar forma a pensamientos que verdadera­mente creaban energía.

 

—Así es como controlas tu realidad —le explicó Naran­ja—. Usa tu comprensión y tus sentimientos espirituales para impulsarte hacia situaciones que mereces y has planeado.

 

Mike no tenía ni idea de lo que eso significaba, pero siguió todas las instrucciones y, al parecer, pasó todas las pruebas. El don del poder espiritual de la co-creación fue introducido en su ser, así como el don para deshacerse de todos sus atribu­tos kármicos provenientes de pasadas encarnaciones. Cada don fue celebrado con ceremonia y verbalización, y cada uno de ellos parecía transmutar de lo físico a lo espiritual mien­tras era absorbido por el cuerpo de Mike, bajo la dirección y el esmerado tutelaje del gran ángel de color naranja.

 

¡Mike sintió como si estuviera estudiando para algún sa­cerdocio sagrado! Cada vez que verbalizaba lo que Naranja le enseñaba, constataba que el ángel realmente podía ver den­tro de su corazón. Naranja podía ser muy intenso, y durante esas ocasiones en las que Mike hizo promesas y verbalizó su propósito de obtener ahora este don, ahora este otro, para que le fueran implantados en su centro de poder espiritual, Naranja parecía leer su alma. Al principio, la situación fue incó­moda para Mike, pero después se dio cuenta de que Naranja únicamente estaba haciendo una revisión integral de lo que él expresaba en voz alta. Si Mike hubiera fingido, Naranja lo habría detectado inmediatamente y no le hubiera dejado se­guir adelante.

 

Finalmente, después de un período de dos semanas, todos los pequeños paquetes ya habían sido abiertos, explicados e integrados en el Yo espiritual de Mike. Entretanto, había pa­sado todas las pruebas, entre las que había una especialmente difícil: Mike tenía miedo de los espacios reducidos y cerra­dos; no sabía por qué, pero desde niño se percató de que siem­pre le sobrevenía un ataque de pánico cuando se encontraba confinado en un espacio tal. Uno de los dones que le otorgó Naranja consistió en el poder de superar esa fobia. Mike ex­presó su intención y llevó a cabo la ceremonia. Naranja le explicó que la sensación de pánico que sobreviene cuando se está en espacios cerrados no era otra cosa que un remanente kármico, y que deshacerse de él significaba deshacerse de mu­chas otras experiencias de vidas pasadas que Mike había traí­do a su actual encarnación.

 

Varios días después, durante el período de capacitación, abrieron una gran caja. En vez de que algo saliera de ella, Naranja le pidió a Mike, de una manera muy cariñosa, ¡que se metiera en ella! Cuando Mike estuvo dentro, el ángel cerró la tapa y él se quedó acurrucado en la oscuridad del contenedor. Escuchó el golpeteo inquietante de cada clavo mientras Na­ranja aseguraba la tapa. Y ahí se quedó, en medio del silencio y de la oscuridad.

 

Mike podía oír claramente su respiración, siendo muy cons­ciente de que estaba en una situación sumamente incómoda. Incluso podía escuchar los latidos de su corazón. Naranja ni siquiera le dio una explicación: era otra prueba en la que Mike no podía fingir.

 

Durante unos diez segundos, el corazón de Mike se acele­ró al recordar su problema. Entonces, en el momento preciso en que todo su cuerpo debería haber empezado a temblar de pánico, la sensación de claustrofobia se desvaneció comple­tamente y Mike se relajó. Se dio cuenta, con gran satisfac­ción, de que el don había funcionado, y que al principio su cuerpo había reaccionado como siempre había hecho antes, pero su nuevo espíritu lo había detenido. La paz lo invadió, y Mike se cantó a sí mismo varias canciones. Finalmente, se quedó dormido. Una hora más tarde, el ángel Naranja, encan­tado, abrió la caja y dejó salir a Mike.

 

—Eres extraordinario, Michael Thomas de Propósito Puro —le dijo el angelical ser sonriendo de oreja a oreja. Mike pudo ver el orgullo reflejado en los ojos de Naranja—. No todos consiguen llegar hasta aquí.

 

Fue la primera vez que Mike tuvo plena conciencia de que formaba parte de un grupo de personas que también habían pedido el camino de regreso al hogar. Este hecho se había evidenciado varias veces antes pero, hasta ahora, Mike no había visto lo que esto implicaba. Más de una noche reflexio­nó sobre ello, mientras Naranja seguía incorporándole dones y empezaba a sacar las grandes herramientas. Durante la ter­cera semana de capacitación, Naranja sacó la gran caja.

 

—Son tres los instrumentos que precisas para tu viaje —enfatizó Naranja. Dicho esto, fue hasta donde estaba una caja especial y la abrió. Cada vez que Naranja abría un paquete o una caja, Mike esperaba expectante, sentado en el banco, pre­guntándose cuál sería el próximo objeto mágico que le ayu­daría a aumentar su sabiduría, su conocimiento o su poder espirituales. Pero no estaba preparado para ver lo que Naran­ja le iba a dar.

 

El ángel estaba de espaldas a Mike, de modo que a éste le fue imposible distinguir qué había sacado de la caja. Cuando el ángel se volvió hacia él para mostrarle la primera herramienta, lo único que Mike alcanzó a ver fue un destello plateado. ¡No! ¡Era increíble! ¡Naranja sostenía una inmensa espada!

 

—¡He aquí la espada de la verdad! —exclamó el ángel Naranja mientras mostraba el arma a Michael Thomas.

 

Cuando el ángel la sostuvo parecía grande, pero cuando pasó a las manos de Michael dio la impresión de ser enorme

 

Era sumamente pesada y difícil de manejar. Mike no podía creer lo que estaba sucediendo y, dirigiéndose al ángel, excla­mó admirado:

 

—¡Esta espada es real!

 

—Tan real como los otros dones —afirmó Naranja—. Y es solamente uno de los tres elementos extemos que llevarás contigo cuando reemprendas el trayecto a las cuatro casas si­guientes.

 

Michael sostuvo la espada un rato mientras la examinaba, admirado de su belleza. Sí, su nombre estaba escrito en ella, tal como había supuesto. El arma estaba profusamente ador­nada con elaborados diseños en relieve, y todos ellos conte­nían un gran significado espiritual. El mango era largo, y la empuñadura era una piedra de color azul cobalto brillante. Era un objeto magnífico… y muy afilado.

 

—Intenta esgrimirla —le pidió el ángel.

 

Michael lo hizo y ¡la espada casi se movía sola! El inespe­rado poder del arma provocó que Mike diera un traspiés y ca­yera hacia delante. Se sentía estúpido y torpe mientras se le­vantaba para realizar otra tentativa. Naranja le cogió la mano para hacerle desistir.

 

—A ver si esto te ayuda.

 

El ángel fue de nuevo hacia la caja y extrajo un objeto de su interior. Al hacerlo, el objeto también desprendió un des­tello plateado. ¡Era un enorme escudo! Mike movió la cabeza con incredulidad. «¿Qué significa todo esto? Es verdadera­mente extraño. ¿Dones espirituales esas armas de guerra? ¿Me están preparando para una vida pasada en Camelot?».

 

—Nada es lo que parece, Michael Thomas de Propósito Puro. —Naranja se puso frente a él llevando el escudo entre las manos, y respondiendo al confuso estudiante—. Prueba esto.

 

Naranja le mostró a Mike cómo colocarse el escudo en el brazo utilizando una bandolera, y le dio algunas indicaciones respecto a cómo equilibrar el peso de la espada y el escudo, pues el peso de cada uno era complementario del peso del otro. Y esto hacía posible blandir la espada sin caerse; por lo tanto, era muy necesario aprenderlo.

 

—Michael —dijo el ángel—, el escudo representa el cono­cimiento del Espíritu. Si lo juntas con la verdad, ¡el equilibrio es todopoderoso! Las tinieblas no pueden existir donde hay conocimiento. Los secretos no pueden sobrevivir en la luz, y ésta será creada cuando la verdad sea revelada mediante el examen del conocimiento. No existe una combinación más grande que ésta. Y ambos deben usarse juntos.

 

—¿Hay algo más en la caja? —preguntó jocosamente Mike, tambaleándose por el peso del escudo y la espada.

 

—¡Es extraño que lo preguntes! —comentó Naranja, y se dirigió de nuevo a la caja, mientras lo observaba un incrédulo Mike. El ángel cogió un objeto que era aún más grande que los otros dos, y también de color plateado.

 

—¡He aquí la armadura! —exclamó el ángel Naranja, muy divertido y casi riendo al ver la expresión incrédula de Mike.

 

—¡No lo entiendo! —dijo Mike mientras se sentaba de golpe en el banco—. ¿Cómo esperas que pueda llevar encima todo esto a la vez?

 

—A base de práctica —le respondió el ángel—. Mira, dé­jame que te haga una demostración.

 

Naranja cogió la espada y el escudo, y ayudó a Mike a po­nerse la armadura, que era pesada y muy ornamentada; una especie de vestimenta ceremonial que le cubría el torso adap­tándose tan perfectamente a su cuerpo como si hubiera sido moldeada en él. ¡Su confección era perfecta! Naranja cerró los broches y le colocó a Mike una bandolera con una vaina especial para la espada de la verdad. Después le enseñó cómo llevar el pesado escudo sujeto a la espalda con un soporte, para poder transportarlo mientras viajaba. Cuando todo estu­vo listo, el ángel volvió a colocarse a una cierta distancia.

 

—Michael Thomas de Propósito Puro, ahora posees la tríada de herramientas que te permitirán pasar a una nue­va vibración. Ya tienes la espada de la verdad, el escudo del conocimiento y, finalmente, la armadura del Espíritu, deno­minada «manto de Dios», que representa la sabiduría que es necesaria para poder utilizar adecuadamente los otros dos ins­trumentos. Mañana emprenderás tu viaje convertido en un guerrero de la luz. En la tríada reside un gran poder. ¡Nunca uses sus elementos por separado!

 

Naranja ayudó a Mike a quitarse las armas y le condujo de nuevo a su habitación. Una vez allí, Mike se lavó, comió y se dispuso a dormir aunque, ya en la cama, pasó un buen rato cuestionándose todas las incongruencias que detectaba en esta gran tierra. Se quedó dormido con muchos pensamientos con­tradictorios en su mente.

 

Por la mañana, Mike ya estaba de nuevo en la sala de ins­trucción. Durante varios días, Naranja le entrenó, enseñándo­le cómo usar las armas con cierta destreza. La primera prácti­ca trató sobre el equilibrio. El ángel hizo que Mike subiera y bajara la escalera corriendo, ataviado como si fuera a librar un combate, con la espada desenvainada y blandiendo el es­cudo. También le enseñó cómo caer y cómo levantarse rápi­damente, usando el escudo como contrapeso. A lo largo del entrenamiento, Mike notó que, a pesar de ser utilizados, los instrumentos no se ensuciaban nunca ni mostraban marcas o señales.

 

Con la armadura puesta y llevando las armas, corrió, an­duvo, practicó giros, y llevó a cabo todo tipo de acciones y movimientos, excepto practicar combates. Gradualmente, Mike fue adquiriendo una sensación de equilibrio, y a medi­da que pasó el tiempo, se repitió una extraña situación: Por la noche, cuando se quitaba el atavío de combate, Mike no sen­tía la sensación de alivio lógica por despojarse del gran peso de las armas. Por el contrario, se sentía pequeño, indefenso, ¡y demasiado ligero!

 

Varios días después. Naranja empezó a impartirle el entre­namiento final, que consistía en aprender a utilizar la espada de la verdad. Mike tenía la expectativa de que Naranja se trans­formara en una especie de maestro samurai y le enseñara a combatir. Pero tuvo un entrenamiento que no tenía nada que ver con lo que había imaginado.

 

—Ahora ya estás preparado para aprender a utilizar las armas, Michael Thomas —le dijo Naranja—. Desenvaina la espada.

 

Mike desenvainó la voluminosa y larguísima espada, y lo hizo con la destreza y el vigor de un orgulloso caballero me­dieval. El ángel le miró con aprobación, y le pidió:

 

—Ahora, elévala hacia Dios.

 

Michael lo hizo.

 

—Siente la espada antes de expresar tu verdad, Michael Thomas.

 

Mike no entendía lo que Naranja quería decir con eso. ¿Sen­tir la espada? Dado que la tenía entre las manos, ¿cómo no iba a sentirla?

 

—Michael Thomas de Propósito Puro —lo exhortó el inten­so ser Naranja—, agarra la espada, levántala tan alto como puedas y expresa tu verdad. ¿Amas a Dios?

 

Michael ya imaginaba la escena que venía a continuación. ¡Otra vez esa pregunta! Sólo que esta vez se encontraba empu­ñando una voluminosa arma espiritual que apuntaba hacia el cielo. ¿Esperaban que hiciera algún tipo de discurso? Michael empezó a verbalizar su ya estereotipada respuesta.

 

—Sí, Naranja, lo amo. Dado que puedes leer en mi cora­zón… —pero en ese preciso momento, se quedó perplejo y sin poder acabar la frase. ¡La espada había empezado a vi­brar! Era como si el arma cantara, y Mike percibió una inten­sa calidez vibratoria que le recorría el brazo y bajaba hacia su pecho. En respuesta a la situación, el escudo empezó a zum­bar, ¡y la armadura también empezó a calentarse!

 

Le habían entrenado para llevar con facilidad esos utensi­lios, y ahora ellos, de algún modo, habían cobrado vida debi­do a su propósito. Sintió que le invadía la sensación de poder que contenían estos elementos que había llevado puestos y manejado. Entonces, recordó que estaba hablando.         I

 

—¡Pues claro que amo a Dios! —Mike empuñó la espada y la levantó hacia el cielo; entonces pudo sentirla vibrar con su propósito pleno de verdad. Se sintió poderoso. Se sintió iluminado. Se sintió capaz de permanecer una hora más allí, portando la pesada y vibrante arma y manteniendo su propó­sito de regresar al hogar, a donde pertenecía. SINTIÓ vibrar los tres elementos y cantar la nota musical «fa» que resonaba dentro de su corazón. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas a medida que iba sintiendo y viendo la propiedad de la ceremonia. Los instrumentos estaban aceptando al organis­mo de Mike y se estaban integrando dentro de su espíritu. ¡Y su propósito, tan verdadero, era el catalizador de la ceremonia! ¿Así que ésta era la razón de ser de la espada, el escudo y la armadura? Era una metáfora. ¿Qué otra cosa podía ser, sino eso? Ésta era una explicación muy válida para Michael Tho­mas, porque le había llevado a un nuevo nivel de compromi­so y consciencia.

 

Esa noche, el ángel Naranja y Michael Thomas intercam­biaron sentimientos afectuosos. Mike sabía que faltaba poco para el momento de partir. Naranja nunca le enseñó a comba­tir, y él sabía que era porque las armas eran únicamente sím­bolos. Mike lo interrogó respecto del hogar y camino. Se pre­guntaba por qué en esa tierra sagrada y espiritual se enseñaba a manejar las armas de guerra de la Tierra. Naranja eludió hábilmente todas las preguntas que le hizo Mike, excepto aque­llas cuya respuesta le estaba permitido saber; con todo, sus respuestas fueron imprecisas.

 

—Naranja, en la Tierra habrías sido un magnífico político —dijo Mike bromeando.

 

—¿Qué he hecho yo para que me insultes de ese modo?

 

—Naranja le devolvió la broma.

 

—Siento que me une a ti un vínculo muy auténtico… —empezó a decir Mike. De pronto se dio cuenta de que se había quedado sin habla. Realmente, no quería dejar a ese gran maes­tro angélico.

 

—No digas nada más, Michael Thomas de Propósito Puro. Compartiré contigo un secreto de los ángeles. —Naranja ha­bía ideado una revelación exclusiva para Mike; se inclinó hacia éste hasta que los ojos de ambos estuvieron a la misma altura, y siguió hablando:

 

—Tú y yo somos de la misma familia. No podemos decir­nos adiós porque, en realidad, el uno no dejará al otro jamás. Yo siempre estoy contigo y a tu disposición. Ya lo verás… y ahora, ya es hora de que vuelvas a tus aposentos.

 

Mike estaba conmocionado por la naturaleza franca de la comunicación que había establecido con Naranja. ¿Así que eran de la misma familia? ¿Cómo era posible eso? En ese momento, Mike se sintió ridículo al comprender que Naranja le había escuchado quejarse de que los ángeles nunca se des­pedían. ¡Qué respuesta le había dado! ¡Qué gran revelación! ¡Qué pensamiento! ¿Así que ellos nunca me dejarán?

 

Mike recordó, por primera vez desde que había llegado a la casa naranja tres semanas antes, que en la bifurcación del camino Azul le había indicado cómo usar el mapa. Verdade­ramente, había oído la voz de Azul dentro de su cabeza.

 

—¿Conoces a Azul? —le preguntó Mike al ángel Naranja.

 

—Tanto como a mí mismo —fue la respuesta de éste. Mike calló y se retiró a la habitación que cada vez le gus­taba más: el lugar donde comía y dormía. Aunque no se le había dicho nada en concreto acerca de su partida, guardó sus cosas en las carteras y en la bolsa (casi se había olvidado de ellas) y se preparó para continuar su viaje por la mañana. Echó una ojeada a los libros y a las fotos, y suspiró de nuevo por sus experiencias en la Tierra y por lo valiosas que le eran sus pocas pertenencias. Aunque, de algún modo, empezaban a estar fuera de lugar.

 

Aquella mañana, después del desayuno, un pensativo Mi­chael Thomas apareció en la puerta de la casa Naranja, a don­de el ángel del mismo color le había conducido en silencio. Sin embargo, esta vez Mike iba más cargado; llevaba, ade­más de las carteras con libros y fotos, la bolsa con su mapa y los nuevos instrumentos, que se movían emitiendo un sonido metálico cuando él caminaba.

 

—Michael, ¿estás seguro de que quieres llevar todas esas cosas en tu viaje? —le preguntó el ser Naranja—. Quizá sería mejor que no las llevaras contigo.

 

—Representan todas mis pertenencias terrenales —respon­dió Mike—. Las necesito.

 

—¿Para qué?

 

Mike consideró la pregunta, pero dejar sus maletas no era una opción.

 

—Para recordar y honrar mi vida anterior.

 

—¿Para estar conectado a los estilos de vida precedentes, Michael?

 

Mike empezaba a sentirse irritado por el cariz de las pre­guntas. El ángel insistió:

 

—¿Por qué no me dejas las carteras, Michael? Ya sabes que te quiero, y te las guardaré bien por si alguna vez vuelves por aquí.

 

—¡No! —Mike no quería escuchar ni un solo comentario más sobre sus carteras. Eran sus pertenencias y quería mante­nerlas con él tanto tiempo como le fuera posible. En ese ex­traño lugar necesitaba algo que le recordase quién era él real­mente.

 

El ángel hizo una inclinación de cabeza. Mike siempre había recibido ese trato. Se percató de que todos los ángeles que había conocido honraban las decisiones que tomaba y jamás cuestionaban sus resoluciones finales.

 

Esa mañana, Michael Thomas no se despidió del ángel Naranja. De pie en los escalones, frente a ese ser con quien había convivido varias semanas, recordó su explicación res­pecto al tema.

 

—Te veré pronto —le dijo Michael, sin creer en lo que estaba diciendo.

 

Naranja simplemente entró en la casa y cerró la puerta. «No sé cómo pueden hacer eso», pensó Mike para sí. «Nunca hay despedidas, sólo puertas que se cierran.»

 

Mike echó a andar por el camino en una dirección que no había tomado antes. Hacía cuanto podía por mantener juntas las cosas que llevaba, dado lo agobiante de la carga. Era de­masiado cargamento: además de las carteras y la mochila con el mapa, llevaba encima la espada, el escudo y la armadura. ¡Lamentaba tener que portar físicamente esos símbolos de la Nueva Era! ¡ Pesaban tanto! «¡ Vaya negocio más tonto!», pensó Mike secretamente. «Debo tener un aspecto muy ridículo. ¿Realmente serán necesarias estas armas? Nunca las usaré para combatir en ninguna batalla. ¡En realidad, no sabría uti­lizarlas! Naranja no me lo ha enseñado. Son sólo parte de la ceremonia y confieren una apariencia. ¿No hubiera sido sufi­ciente reconocerlas, sin más?»

 

Como estaba muy ocupado tratando de equilibrarse mien­tras caminaba, cargado con su nuevo equipo y sus carteras, se había olvidado por completo del problema que le acechaba en el camino. No se acordaba de que había algo esperándole. Mientras iba por el camino haciendo ruido involuntariamente con los utensilios metálicos que llevaba consigo, tratando de equilibrarlos, y cargando con la bolsa y sus carteras, la fuerza siniestra y oscura, de color verde, le observaba desde detrás de los árboles. La cosa examinó a Mike con un interés reno­vado. Ya no se trataba del antiguo Mike. ¡Había sido reemplaza­do por otro que tenía armas y poder! Ya no sería fácil, había que idear una nueva estrategia que pudiera hacer frente a un Michael Thomas con gran poder y franqueza. El tiempo se encargaría de hacer el resto… pero, hasta entonces, el ser os­curo continuaría siguiendo a Mike a distancia, esperando la oportunidad para atacarle. Perpetraba su persecución man­teniéndose oculto para no ser detectado, siguiendo el recorri­do de Michael Thomas de Propósito Puro. Eso estaba con­vencido de que ese ser humano nunca llegaría a la puerta final, que ostentaba un rótulo con la palabra «hogar».

 

 

 

6. LA GRAN TORMENTA

 

Aún no habían pasado dos horas desde que Mike había em­prendido el camino, cuando notó que el viento soplaba con mayor intensidad, y que el cielo empezaba a oscurecerse. «¡Vaya, hombre! ¡Fenomenal!», pensó Mike. «¡Tormentas en el paraíso!».

 

Durante la última hora, más o menos, había estado esfor­zándose por llevar su carga, parándose a descansar a interva­los cada vez más frecuentes. Aparte de ser pesadas, ¡sus co­sas eran incómodas de llevar! Esto irritaba profundamente a Mike y lo hacía sentirse desequilibrado. ¡Y encima, había tor­menta!

 

Necesitaba ponerse a resguardo lo más pronto posible, pues iba a llover y no quería que se mojaran sus maletas, y tampo­co sabía si su nuevo equipo era inoxidable.

 

Se detuvo de nuevo y por primera vez miró a sus espaldas. ¡ESTABA AHÍ! La imprecisa forma verde oscuro salió dispara­da a la velocidad de la luz y se ocultó detrás de unas grandes rocas. Esta vez, Mike la había visto. ¡Era ancha y sustancial! Un sentimiento de aprensión invadió el cansado cuerpo de Mike, mientras se percataba de que la aparición no había de­jado de seguirle desde que había salido de la última casa. Recordó que el ángel Naranja le dijo que Eso era peligroso y que podía herirle. Mientras descansaba, se colocó de cara al camino que ya había recorrido, para poder vigilar en todo mo­mento. Sabía que debía permanecer alerta y no tenía la menor idea de cómo hacerlo.

 

El viento arreció, dificultando el poder andar. Una persona sin cargas que le estorbaran no habría tenido ningún problema; pero en su caso, el nuevo escudo de batalla actuaba casi como una vela de barco, dado que iba colgado a la espalda de Mike. Si no hubiera llevado consigo todo su equipaje, sim­plemente habría adoptado la posición de equilibrio tantas ve­ces practicada, y probablemente se habría movido mucho más rápido, colocando el escudo contra el viento para poder estabilizarse. Pero todo esto no era posible mientras llevara consigo sus carteras. Mike sabía que debía encontrar pronto un lugar donde refugiarse, hasta que cesara el inusitado cam­bio climático y se restablecieran las tranquilas condiciones atmosféricas que habían imperado hasta ese momento.

 

Mike nunca había visto nada parecido. ¡El tiempo cambia­ba drásticamente en cuestión de minutos! En constante alerta a causa de su perseguidor, Mike vio horrorizado que la cosa se iba acercando a él a pesar del viento y de la lluvia torrencial. ¡Era rápida! ¿Cómo podía moverse a tal velocidad con ese viento?

 

El tiempo, que empeoraba de forma implacable, obligó Mike a tomar cartas en el asunto. ¡Todo estaba cambiando demasiado rápido! Avanzó con dificultad, agazapándose e in­tentando presentar la menor resistencia posible al viento. Fi­nalmente, se vio obligado a detenerse y se acurrucó en el sue­lo, ya que le era completamente imposible avanzar.

 

La tormenta había empezado a cobrar personalidad propia mientras ululaba a causa del aumento de la velocidad del vien­to. La lluvia que caía en las partes del cuerpo de Mike que no estaban protegidas por la armadura, le hacía sentirse taladra­do por cientos de agujas. La lluvia se propagaba horizontal­mente con fuerza huracanada. Sabía que se encontraba ante un grave problema. Lanzó una mirada furtiva a la retaguardia del camino, que estaba prácticamente oscurecida por la llu­via torrencial y la niebla. A pesar de todo, pudo ver claramen­te que la siniestra figura verde estaba de pie, y que sus ojos brillaban como ascuas rojas. ¡En ese momento. Eso empezó a avanzar hacia él! La tormenta no le afectaba. ¿Cómo era po­sible? Mike estaba asustado.

 

Una vez más, en el interior de Mike, la inconfundible voz de Azul lo estimuló a que pasara a la acción: ¡USA EL MAPA!

 

«¡La voz es tan clara! ¡Sin duda, está dentro de mí!», pen­só Mike. La furia de la tormenta estaba empezando a superar la de cualquier otra que este chico de Minnesota pudiera ha­ber presenciado antes. Sentía como si estuviera dentro del embudo de un tomado. Ahora se encontraba plano contra el suelo, intentando con todas sus fuerzas no ser arrastrado por la increíble fuerza de la tormenta. Mientras más pegado al suelo estuviera, mejor para él. Se había incrementado el so­noro bombardeo de los elementos. ¡Era ensordecedor! El te­mor de Mike podía haberle desestabilizado y haberse conver­tido en terror, pero algo en la situación parecía tener sentido. ¡Si por lo menos pudiera coger el mapa!

 

Desafortunadamente, en ese momento Mike estaba inha­bilitado para poder acceder al mapa: estaba demasiado ocu­pado en sobrevivir. La furia de los elementos parecía un ata­que a su persona; con una mano estaba literalmente colgado de las plantas resistentes del suelo cercano a él, mientras que con la otra sostenía su preciosa carga de fotos y libros. La bolsa con el mapa colgaba de su cuello, pero se encontraba estrujada debajo de Mike: a buen recaudo, pero completa­mente fuera del alcance de sus manos. En un momento de­terminado sintió que el ululante viento huracanado le levan­taba del suelo, potenciado por las propiedades de vela de bar­co del escudo que llevaba en la espalda. La furiosa tormenta, cual personalidad tiránica, le impulsó a la acción. Mike forzó su cuerpo pegándolo al suelo tanto como le era posible, y por pura fuerza de voluntad, se ancló a la tierra hundiendo los dedos de los pies en el fango, mientras que con una mano seguía prendido a una mata de hierbajos especialmente resis­tente.

 

Ahora todo estaba completamente oscuro. Los bancos de nubes negras que cubrían el cielo habían descendido hasta la zona donde se encontraba Mike, impidiéndole ver. Intentaba mirar a su alrededor, con los ojos semicerrados para proteger­los del ataque de la lluvia y el viento, pero no veía nada. ¡In­cluso tenía dificultades para ver el suelo que tenía debajo! ¿Dónde estaba la cosa siniestra? ¿Se acercaba ya para pillarle? ¿Se atrevería él a moverse, o la tormenta le arrastraría hacia la muerte? Todas y cada una de las células de Mike vibraban cual alarmas en un simulacro de incendio, experi­mentando un estado de alerta más intenso que nunca. ¿Mie­do? ¡No! Dominaba su voluntad de sobrevivir y de luchar contra la situación. Estaba en una situación comprometida. ¡Tenía que encontrar el modo de agarrar el mapa!

 

La voz de Naranja resonó dentro de la cabeza de Mike, y fue un sonido increíblemente bienvenido. «¿Cómo es posible que un sonido tan sutil se escuche en medio de tanto ruido?», pensó Mike.

 

—¡Michael Thomas, deshazte del equipaje! Mike sabía que no le quedaba más alternativa que ésa: o lo hacía, o moriría. Tenía la ropa empapada, aun bajo la arma­dura, y ya empezaba a temblar de frío. A través del ulular del agresivo viento, Mike oyó y también sintió un golpe tremen­do y percusivo. ¿Qué ruido era ése? Podía sentir su vibración en el suelo. ¿Se iba acercando? Debía hacer lo que Naranja le había indicado. ¡Sabía que Eso se estaba acercando!

 

Una a una, Mike soltó lenta pero metódicamente las carte­ras en las que había guardado cuidadosamente su precioso bagaje de recuerdos. Primero le tocó el tumo a los libros. Mike simplemente estiró dos dedos para liberar el asa de la primera cartera, que fue engullida por la tormenta como si ésta fuera un instrumento poderoso e implacable que la estuviera espe­rando para triturarla. Al soltarla, Mike sintió la fuerza con que era arrancada de su mano y se preguntó si no se habría roto un dedo. Pudo oír claramente cómo se desgarraban las costuras de la cartera, y el sonido exasperante —que estruja­ba su corazón— de los cientos de páginas ahora convertidas en trocitos de papel, que sólo permanecieron arraigadas en su mente. Era el sonido más horrible que había oído nunca. ¡Sus preciados libros!

 

Sin detenerse a pensar demasiado en ello, estiró el pulgar de la misma mano y se libró de la cartera restante. ¡Esto aún fue peor! La tormenta tenía la violencia de un luchador loco por conseguir un trofeo, y aporreándole contra el suelo le arrebató la cartera que estaba soltando. En ese momento, Mike se preguntó si la cosa siniestra ya le había dado alcance y estaba empezando a vapulearle y a desgarrarle. ¡La embravecida tor­menta se descargaba sobre él como una lluvia de taladros que agujereaban toda su espalda!

 

A diferencia de los libros, las fotos desaparecieron sin ha­cer ruido. Simplemente se esfumaron al instante, y esto hizo que Michael se enfadara. Todo su árbol genealógico, más los queridos recuerdos de sus padres muertos, estaban siendo es­parcidos por una tosca fuerza de la naturaleza, en tanto que él era aporreado por la misma fuerza colérica.

 

El caos alrededor de Mike era virulento. Probó a incorpo­rarse un poco e intentó deslizar su mano, ahora libre, debajo de su cuerpo, para asir el mapa. El viento volvió a levantarlo ligeramente, y estuvo a punto de soltarse debido a su fuerza, potenciada por el escudo que seguía colgado a su espalda. Pero reaccionó en el momento oportuno y finalmente pudo agarrar el pergamino que estaba debajo de él. Valiéndose del índice y el pulgar, fue manipulando el mapa y desenrollándo­lo gradualmente hasta que pudo ver el sitio en el que estaba el punto rojo. Actuando únicamente por instinto, fue subiendo poco a poco el pergamino hacia su pecho, arrastrando con éste la tierra húmeda y el lodo que se había acumulado entre el resistente metal de su armadura y el suelo empapado. Ha­bía logrado establecer un equilibrio interesante al presionar, con todas sus fuerzas, su cuerpo contra el lodo y permitiendo, al mismo tiempo, que la mano con el mapa subiera por su torso. Sosteniéndose en una pequeña roca con la otra mano, intentó llevar el mapa a la altura de los ojos. Pero, ¿cómo podría mirar el mapa una vez consiguiera tenerlo a la altu­ra necesaria? Todo estaba muy oscuro, ¡no podía ver nada! Y aunque pudiera ver… ¿no se habría borrado lo que estaba escrito? La mano que estaba desesperadamente asida a la hier­ba empezaba a perder fuerza por el incesante bombardeo de la lluvia y el viento; tenía el brazo cada vez más entumecido, y su capacidad de asirse empezaba a flaquear.

 

La tormenta no afectaba a Eso. Como era un visitante con una vibración baja en una tierra de alta vibración, a la infeliz cria­tura no la tocaba el viento, ni la lluvia, ni la confusión que reinaba a su alrededor. Se puso de pie sin problema, y lenta­mente se abrió paso siniestra y execrablemente hacia el cen­tro del sendero, dirigiéndose a largas zancadas hacia donde yacía agazapado Michael Thomas, que apenas podía aguan­tar, asido a los hierbajos, el ataque de los elementos.

 

Eso ni siquiera se tambaleaba a pesar de la fuerte arreme­tida del viento ululante. Ningún elemento climático parecía afectar a la siniestra figura, excepto la falta de visibilidad. Mientras llegaba a donde estaba Michael, con la desenvoltura de quien da un paseo por el parque. Eso empezó a percibir que el destino le había deparado un regalo ese día. Pero la oscuridad de la tormenta empezó a afectarle, y pronto fue in­capaz de distinguir nada, ni siquiera a su presa. A pesar de ello. Eso se iba acercando a Michael Thomas, y estaba listo para concluir lo que la extraña tormenta había iniciado. Esta­ba preparado para diseminar los trozos del cuerpo de Mike por los confines más lejanos de esa absurda tierra de ensueño, que Eso tanto despreciaba.

 

La intuición de Mike era acertada, porque Eso ya estaba cerca. La oscuridad se había extendido rápidamente, como si los diversos entes de esa tierra hubieran pedido que les pusie­ran a cada uno una venda en los ojos. Eso se movía ins­tintivamente, detectando a través del suelo el sitio donde Mike yacía tendido. De pronto, Eso atacó con gran potencia y arre­bato, pero se encontró con que estaba destrozando el suelo, cerca de donde Mike se encontraba. Éste lo había oído, pero Eso había oído el ruido que hacían las páginas y la tela de los libros que Mike acababa de soltar al romperse. Eso giró la cara rápidamente en dirección al sonido que acababa de oír. ¡Ahora sabía con certeza dónde estaba Michael! Eso sintió un gran contento.

 

Se acercó aún más, y finalmente, en medio de la turbulencia; de la colosal y violenta tormenta en la que no podía partici­par, apenas pudo distinguir la silueta del indefenso Michael Thomas, que estaba estirado en el suelo con una mano debajo de su cuerpo y la otra asida a una pequeña pero firme mata de hierba. Si Eso hubiera tenido la capacidad de sonreír, lo ha­bría hecho en ese instante.

 

Se lanzó con saña sobre la espalda de Michael Thomas, arrojándose violentamente con la fuerza de una docena de hombres musculosos. Al instante, Eso sintió como si un mi­llón de dardos atravesaran su cuerpo cubierto de verrugas. Con un destello cegador de luz blanca y pura y un brillo pla­teado, fue repelido por una fuerza tremenda. Como si hubiera sido disparado por un cañón, recorrió una larga trayectoria y aterrizó sin más casi en el punto de partida del ataque. Con su recubrimiento exterior humeando a causa del contacto con algo extremadamente caliente, Eso intentó hacer un balance de lo que había sucedido. Estaba, por lo menos, aturdido, y momentáneamente debilitado por la fuerza que le había re­chazado con tanto ímpetu.

 

El escudo de Michael Thomas había permanecido firme­mente sujeto a su espalda, cubriendo casi todo su cuerpo. El objeto que Mike pensó que iba a ser su perdición súbitamente se había convertido en su protección, y había actuado incluso sin la intervención de Mike: era parte de él. La conjunción entre la baja vibración de la siniestra criatura y el alto índice vibratorio del escudo había provocado una reacción física in­mediata y poderosa. Como dos potentes fuerzas de polarida­des opuestas, el escudo del conocimiento había repelido el ataque.

 

Michael Thomas se las había arreglado para subir el mapa a la altura de su garganta. Atisbo dentro de la oscuridad de la Pequeña bolsa con la esperanza de poder ver algo. De pronto, ¡se hizo la luz! A Michael le dio la impresión de que una ráfaga de viento especialmente violenta le había golpeado, pero en realidad traía implícito un milagro: una luz tan bri­llante que se filtraba a través de sus ojos casi cerrados a causa del ululante viento y de la lluvia. Era una luz tan intensa que alumbró todo el entorno durante el tiempo suficiente para que Mike pudiera ver claramente a pesar de tener los párpados entornados. ¡La sección del mapa que había desenrollado cui­dadosamente mientras arreciaba la tormenta estaba ahí! Sus ojos recorrieron el mapa y encontraron rápidamente el punto con el consabido «ESTÁS AQUÍ». Michael ignoró el súbito olor a quemado que le rodeaba. El mapa mostraba el camino, y justo cerca del recodo había una cueva. Si recorría unos cuan­tos metros hacia el este, ¡estaría a salvo!

 

Analizando el pasado inmediato, Michael Thomas pensó que Dios le había proporcionado un relámpago en el momen­to en que más lo necesitaba. Nunca comprendió que se trata­ba de una fuerza negativa que estaba resuelta a anularle, y que era sincrónicamente responsable del milagro de ilumina­ción justo en el momento de mayor necesidad. Michael Tho­mas de Propósito Puro, había experimentado su primera co-creación sin siquiera saberlo. Naranja le había instruido sobre el uso del don que podría ayudarle a estar «en el sitio correcto en el momento justo», pero Michael nunca imaginó que, aquel día, ese lugar había sido el sitio adecuado.

 

Fue un acto indiscutible de fuerza y voluntad lo que per­mitió a Mike avanzar a paso de tortuga, yendo de mata en mata y de roca en roca, afianzando firmemente los dedos de los pies a cada paso para mantener la estabilidad y la direc­ción. Le llevó casi veinte minutos realizar el recorrido afe­rrándose a la tierra empapada, porque la furia de la tormenta le aplastaba contra el suelo. ¡Todo ese esfuerzo para avanzar únicamente unos cuantos metros hacia el este! Pero Michael debía hacerlo. A pesar de encontrarse en una oscuridad casi absoluta, pudo dar con la entrada de la pequeña cueva que representaba una tregua y le libraba de una muerte segura evi­tándole seguir expuesto a la furia de los elementos. En cada penoso avance, arrastrándose por tierra, daba gracias a Dios porque la oscura entidad que le perseguía no se hubiera acercado más. Mientras se impulsaba trabajosamente a través de la boca de la cueva, oyó que la tormenta arreciaba. Atónito ante lo que estaba ocurriendo a su alrededor, pensó: «Este lugar mágico no es inmune a los problemas».

 

Dentro de la cueva todo parecía estar en calma, aunque Mike estaba hecho un desastre. Su mano estaba sangrando por haber estado agarrada a las rocas; tenía la ropa empapada, llena de lodo y suciedad, pero hacía demasiado frío en la cue­va como para quitársela. Se puso de pie lentamente y valoró la situación.

 

Uno podría pensar que en ese momento Michael Thomas estaba lleno de gratitud por haber escapado tanto de la tor­menta como del misterioso enemigo que alertaba a su presa por su proximidad. Pero no era así. ¡Mike estaba furioso! Tem­blaba, pero no de frío, sino por la cólera y la furia súbitas que sentía ante la situación. Le habían arrancado sus preciadas pertenencias. Sabía quién controlaba los elementos y desfogó su ira impulsivamente, dirigiéndose a cualquiera capaz de oírle:

 

—¡Me habéis engañado! —se dirigió hacia la entrada de la cueva y se puso a vociferar al viento, que aún aullaba—. ¿Podéis oírme?

 

Con la cara contraída por la ira, la indignación ocupaba un sitio primordial en su mente. Le habían forzado a abandonar sus inestimables cosas. Había sido tratado injustamente por quienes controlaban ese lugar aparentemente sagrado.

 

—¡Ahora sé cómo funciona! —siguió gritando furiosa­mente a quien pudiera escucharle—. Si no me ciño a una su­gerencia hecha por alguno de los ángeles, ¡ELLOS HACEN QUE SE LLEVE A CABO DE CUALQUIER MODO!

 

Mike temblaba incontroladamente a causa de la ira y el frío mientras seguía a la entrada de la cueva. Le aguijoneaba la aflicción que sentía por la pérdida de las fotos de sus pa­dres. Sin poderse contener, empezó a sollozar atormentado por el dolor emocional, y lloró hasta que se le agotaron las lá­grimas. Sentía que no lo habían respetado y le habían robado.

 

De pronto, percibió una sensación de calor a su espalda, y entonces vio el súbito parpadeo de una pequeña fogata que se reflejaba en las paredes de la cueva. Se giró hacia el lugar de donde provenía la amable voz que empezó a hablarle.

 

—Te di un buen consejo, Michael Thomas de Propósito Puro.

 

Naranja estaba sentado en el fondo de la cueva, y frente a él brillaba una pequeña fogata que invitaba a Mike a calentar­se. Éste se tranquilizó algo, y lentamente se dirigió hacia el fuego y se sentó frente a él, bajando la cabeza con determina­ción. Pasó un rato y Mike, todavía con lágrimas en los ojos, miró a Naranja y le hizo unas preguntas.

 

—¿Era necesario todo eso?

 

—No —le respondió Naranja—. Ésa es la cuestión.

 

—¿Por qué me habéis despojado de mis cosas?

 

—Esta tierra sigue siendo un lugar de libre albedrío, Mi­chael Thomas. A pesar de lo que puedas pensar, el ser huma­no es el punto focal de este lugar, y aquí se le honra por sobre todas las demás criaturas.

 

—¡Libre albedrío! —exclamó Mike—. ¡Si no me deshago de mis carteras, hubiese muerto!

 

—En efecto —afirmó Naranja—. Elegiste no renunciar a tus carteras cuando tuviste la oportunidad de hacerlo. Si hu­bieras hecho caso de mi sugerencia, habrías aprendido más so­bre estas cuestiones. Las carteras habrían estado bien guarda­das. No puedes comprender la perspectiva general de este lugar. Ésa es la razón por la que estás aquí, y es también el motivo por el que se te otorgaron nuevos dones e instrumentos.

 

—Sigo sin entender —replicó Mike—. ¿Por qué no puedo conservar las pocas cosas que aprecio? Eran inofensivas ¡y sig­nificaban tanto para mí!

 

—No eran adecuadas para llevarlas en tu viaje, Michael. —Naranja se sentó en una roca al otro lado de la fogata, y dijo—: Esas cosas representaban tu parte terrenal. Te instiga­ban hacia tu antiguo Yo, y te mantenían en un lugar incompa­tible con la nueva vibración que actualmente estás estudian­do y aceptando. Todo en ti está cambiando, Michael, y sabe­mos que así lo percibes.

 

—¿Por qué simplemente no me diste esta explicación en­tonces? Me habría evitado muchos problemas. —Mike posó la vista en su mano, que sangraba, y después en su ropa hecha jirones.

 

—Rechazaste la oportunidad, Michael Thomas, y por lo tanto tu elección debía ser personal.

 

Mike captó la sabiduría implícita en lo que decía Naranja.

 

—¿Qué habría pasado si no me deshago de ellas?

 

—No habrías podido seguir adelante si conservabas los objetos cargados con la vieja energía —le señaló Naranja—. El viento te habría llevado de regreso a un lugar perteneciente a tu conciencia anterior. Aunque finalmente habrías estado a salvo, habrías perdido todo cuanto has aprendido y consegui­do en este recorrido sagrado. Eso significaría la muerte del nuevo Michael Thomas; por consiguiente, habrías tenido que abandonar este sitio —Naranja hizo una pausa para subrayar lo que había dicho, y luego prosiguió con su explicación—: Esto es importante, Michael Thomas de Propósito Puro. No puedes aferrarte a nada que sea parte de la vieja energía, ni siquiera a las cosas aparentemente insustituibles, y avanzar hacia la nueva energía. Ambas son incompatibles. Verdade­ramente, te estás moviendo hacia una nueva dimensión, y la física de la vieja energía no puede mezclarse con la física de la nueva. Déjame preguntarte algo… —Naranja se acercó a Mike—. ¿Sigues amando y recordando a tus padres a pesar de haber perdido sus objetos físicos? ¿O es que también has perdido eso con la tormenta?

 

—Les sigo amando y recordando —contestó Mike sabien­do a dónde quería llegar Naranja con la conversación.

 

—Entonces ¿dónde está la pérdida? —inquirió Naranja. Mike guardó silencio. Se daba cuenta de que le habían dado una lección. Naranja siguió hablando como si fuera un padre que imparte el conocimiento más elemental a un hijo curioso.

 

—El recuerdo de seres queridos reside en la energía de tu experiencia vital. No proviene de ningún objeto antiguo. Cuan­do desees recordarles, utiliza la conciencia amorosa y los do­nes del nuevo Michael Thomas. Cuando empieces a hacerlo, descubrirás que hasta tus percepciones del pasado son distin­tas de lo que pensabas. Estás adquiriendo una nueva sabiduría respecto de quiénes eran tus padres… y también respecto de quién eres tú. Los nuevos dones e instrumentos potenciarán el recuerdo que tienes de esas cosas. Los viejos objetos de interés solamente te arrastran hacia el pasado, a un período en el que eras incapaz de comprender la perspectiva general.

 

Mike seguía sin entender el nuevo lenguaje y la conversa­ción de los Espirituales. Naranja conocía sus pensamientos y habló de esta manera:

 

—Cuando hayas finalizado tu estancia en la séptima casa… —y al decir esto, sonrió— tendrás una comprensión absoluta.

 

Mike solamente entendió una parte de lo que Naranja es­taba diciendo, pero estaba empezando a captar el meollo del asunto. La situación era similar a la interpretación del suceso de la comida podrida; se dio cuenta de que no podía llevar nada que perteneciera al anterior Mike al sitio llamado «el hogar». Lamentaba la pérdida, y de alguna manera seguía sin­tiéndose traicionado por sus amigos ángeles porque no ha­bían sido más específicos. Pero empezaba a notar la meta­morfosis que le habían vaticinado, y también se dio cuenta de que, hasta ese punto del viaje, le habían hecho dos sugeren­cias: la primera se la hizo Azul, de que no se llevara comida, y la segunda Naranja, de que dejara el equipaje. En ambos casos había ignorado la recomendación, y las dos veces había tenido problemas.

 

Mike se prometió empezar a escuchar con atención lo que los ángeles le dijeran a lo largo del viaje. Se encontraba en un sitio extraño que presentaba facetas multidimensionales, y se dio cuenta de que él poseía la información biológica y los ángeles poseían la información espiritual. Por lo tanto, si es­cuchara más y supusiera menos, su viaje podría ser más tran­quilo. Aunque fuera incapaz de entender plenamente el len­guaje y muchos de los conceptos, tenía que seguir confiando en el punto de vista de los ángeles, dado que estaba en una tierra que ellos conocían bien, y todavía tenía por delante la empresa de recorrer por sí mismo el trayecto.

 

—¡Naranja! —Michael demandó la atención del ángel—. ¿Por qué hay tormentas aquí?

 

—Michael Thomas de Propósito Puro, voy a darte otra res­puesta que es una verdad, pero que no entenderás.

 

Naranja fue hacia la boca de la cueva, y cuando llegó allí, se giró hacia Michael y le dio esta respuesta:

 

—Cuando el ser humano no se encuentra aquí, no hay tor­mentas.

 

Naranja tenía razón. Mike no tenía ni la más remota idea de por qué sucedía eso. Cuando se puso de pie para preguntar sobre la cosa siniestra que le había estado persiguiendo… ¡se dio cuenta de que Naranja se había ido!

 

—Adiós una vez más, camarada de color naranja brillante —dijo Mike, hablando al espacio vacío en donde acababa de estar el Espíritu Naranja. Y por primera vez, obtuvo una res­puesta a su despedida. En su mente, oyó con claridad su voz, tranquila, cariñosa y sabia:

 

—Cuando seas consciente de por qué nunca decimos adiós, sabrás que eres parte de nuestra dimensión.

 

«Ésta es una explicación más confusa todavía —pensó Mike—, pero, de algún modo, es reconfortante.»

 

Aprovechó el fuego que Naranja —no se sabe cómo— le había proporcionado, para calentarse y secar la ropa, que se quitó y extendió sobre las rocas cercanas a las cálidas llamas. Mientras dejaba con cuidado las piezas de su atuendo de com­bate cerca de la roca, notó que ni la armadura ni el escudo se habían estropeado. Se fue quedando dormido paulatinamen­te, sin saber si en el exterior era de noche o de día, y durmió varias horas. La tormenta continuó durante un rato, pero cuan­do Mike se despertó, ya había escampado completamente.

 

Michael se asomó para echar un vistazo al entorno de la cueva, y pudo ver que era el momento del crepúsculo de ese mismo día. Había dormido toda la tarde, que era el tiempo que había durado lo que quedaba de la tormenta, y ahora se sentía con energía. Con cautela, reunió su equipo de comba­te, se lo puso tal y como le habían dicho, se colgó al cuello la bolsa con el mapa, y emprendió de nuevo el camino. ¡Todo parecía tan tranquilo! Miró hacia atrás pero no detectó nin­gún peligro, ni vio vestigio alguno de la siniestra forma que le perseguía, y que siempre corría a esconderse detrás de un ár­bol o de una roca. ¡Mike se sentía estupendamente!

 

A pesar de que casi era de noche, sintió que pronto avista­ría la siguiente casa, y estaba en lo cierto. Recorrió el camino a grandes zancadas y encontró la casa, bastante oculta a la vista, sobre una colina. ¡Se sentía tan liviano! Tema las ma­nos libres, y como no llevaba las carteras, su equipo de com­bate no hacía el molesto ruido metálico de antes; por eso casi había olvidado que lo llevaba a cuestas. Su paso era ágil. Michael Thomas había aceptado la pérdida de sus cosas ma­teriales como un hecho conveniente para su viaje, y había podido asimilar la experiencia. Practicó la visualización mental de las fotos de sus padres, y las pudo recordar nítidamente. Seguía sintiendo su amor y experimentaba todas las sensa­ciones que solía tener cuando miraba esas fotos. Naranja te­nía razón. Lo que era auténticamente suyo, se encontraba en su mente. En el fondo, eso era todo cuanto necesitaba.

 

Varios cientos de metros más atrás, una repugnante figura de color verde oscuro se estaba recuperando de una dolorosa experiencia. Cada vez que se movía, experimentaba un punzan­te recordatorio de la quemadura que había sufrido. No lo sa­bía, pero esa herida nunca sanaría. A pesar de estar descon­certado, Eso seguía resuelto a frustrar el viaje de Michael Thomas. Estaba convencido de que no tardaría en llegar el momento en que Michael Thomas vería esos ojos rojos como ascuas, sentiría ese aliento abrasador y, finalmente, conocería el mie­do absoluto antes de poder dar un paso más hacia el hogar. Como si le fuera la vida en ello. Eso estaba dispuesto a conse­guirlo, aunque ello implicara el sacrificio de sí mismo en el combate.

 

 

 

7. LA TERCERA CASA

 

Antes de entrar en la tercera casa, Mike se detuvo en el sen­dero para leer un letrero que había en el césped; era del mis­mo color que la casa y tenía una inscripción: «casa de la biología». La casa era de un solo color, como las anteriores. Su estructura era de estilo campestre, y el color era un hermo­so tono verde amarillo brillante, que parecía fundirse con las tonalidades naturales de la exuberante hierba y de los árboles. Toda la gama estaba matizada por la tenue luz del crepúsculo. Mike sabía que estaba a punto de conocer a otro ángel que, indudablemente, se haría amigo suyo. Hizo un balance de lo que había ocurrido en las dos casas anteriores y supuso, acer­tadamente, que ambas habían estado orientadas a la prepara­ción. De esta forma le habían ayudado a capacitarse para rea­lizar el viaje. Se encontraba al inicio del entrenamiento y la sustancia. «Después de todo por lo que he pasado, esto tiene que ser más fácil», pensó.

 

Cuando se aproximó a la casa, un enorme ángel verde sa­lió al porche a recibirle, le miró mientras se acercaba y le saludó con la invariable frase:

 

—¡Bienvenido, Michael Thomas de Propósito Puro! Este ángel, al que Michael llamó automáticamente Verde, parecía ser muy alegre y especialmente bondadoso. Mike intuía que todos los ángeles tenían una gran vena humorística, que en Verde parecía estar especialmente potenciada, ya que son­reía constantemente. El ángel miró a Mike y le guiñó un ojo mientras decía:

 

—¡Bonita espada!

 

—Buenas noches. Verde —saludó Mike ignorando el comentario acerca de la espada, mientras pensaba: «Apuesto a que lo ha dicho para que me sienta mejor, pues llevo a cuestas algo que creo está fuera de lugar en esta búsqueda espiritual».

 

—¡Nanay! —respondió el ángel, leyendo los pensamien­tos de Mike—. No todas las espadas son tan espléndidas como la que llevas. Sé de lo que estoy hablando, pues he visto mu­chas.

 

—¿Y qué es lo que la hace diferente? —preguntó Mike.

 

—Nosotros te dimos un apelativo por una razón, Michael. Tu propósito es realmente puro y tu corazón literalmente re­suena acompasado con tu búsqueda. Por lo tanto, tus instru­mentos reflejan algo que todos los que son como yo pueden ver. Pasa, por favor.

 

Mike siguió a Verde y entró en la casa, donde continuó la charla.

 

—¿Eso me hace diferente… especial… mejor?

 

—¡Hace que tu potencial sea enorme, Michael! Recuerda que, como ser humano, tienes elección. Nosotros nunca cla­sificamos a los seres humanos ni los dividimos en categorías. Lo que hacemos es ver a cada uno de vosotros como un nivel de potencial energético.

 

—¿Potencial para qué?

 

—¡Para el cambio! —exclamó Verde.

 

—¿Por qué?

 

Verde se detuvo y se volvió hacia Mike. Acababan de pa­sar por varias habitaciones pequeñas, de color verde, y en ese momento se encontraban en la entrada de lo que parecían ser los aposentos temporales de Mike. El ángel habló en tono suave, con un enorme sentido de la paciencia y del honor ha­cia el ser humano que tenía frente a él.

 

—¿Por qué estás aquí, Michael Thomas?

 

—Para hacer posible mi regreso al hogar —afirmó Mike al instante, con franqueza.

 

—¿Y qué debes hacer para conseguir que eso sea posible? El ángel estaba propiciando una oportunidad para que Mike definiera su situación actual.

 

—¿Recorrer el camino de las siete casas?

 

—¿Y…? —dijo Verde, presionando todavía más.

 

—¿Convertirme en un ser dimensional diferente? Con esa respuesta, Mike estaba repitiendo, tímidamente y como un loro, lo que recordaba que Naranja le había explica­do. Verde sonrió de oreja a oreja y dijo:

 

—Al final, Michael, el del Propósito Puro, comprenderás realmente algunas de las palabras y conceptos de los que aho­ra haces eco. Naranja te ha explicado eso que acabas de decir­me, ¿verdad?

 

Mike supo que le había descubierto.

 

—Sí, eso fue lo que me dijo y, para ser sincero, aún no sé qué significa.

 

—Ya lo sé —dijo el enorme ser verde, pensativo—. Y vuel­vo a preguntarte… ¿Qué vas a hacer para llegar al hogar?

 

—¡Cambiar! —afirmó Mike triunfalmente.

 

—¿Por qué? —preguntó Verde.

 

Ahora, la pregunta estaba cerrando un círculo, y Mike se encontró con que tenía que responder a su propia pregunta.

 

—¿Porque no puedo ir ahí a menos que cambie? —res­pondió Mike socarronamente.

 

—¡Exacto! El viaje a casa consta de varias etapas, mi hu­mano amigo. Primero, está el propósito de ir. Luego, viene la preparación. Esto siempre implica el descubrimiento de uno mismo y la comprensión de que los cambios que debes expe­rimentar son necesarios para conseguir llegar a tu objetivo. Tú ya estás sintiendo eso. Y, finalmente, debes estudiar cómo funcionan las cosas para que seas capaz de sentirte a gusto con la perspectiva de conjunto. Abrir la puerta final, que tie­ne la inscripción «hogar», es como una graduación, Michael. ¡No existe nada parecido!

 

Esta era realmente la primera vez que un ángel habla­ba sobre la culminación del viaje y la puerta final. Mike es­taba muy emocionado.

 

—Explícame más sobre qué puedo esperar. Verde. Eso era lo que más le interesaba a Mike: el objetivo final, y qué le esperaba cuando abriera esa puerta.

 

—Tú mismo definiste esas cosas al hacer tu petición al inicio —respondió Verde.

 

—¿Y cuándo ocurrió eso? —Mike no podía recordarlo.

 

—Cuando por primera vez pediste hacer este viaje —con­testó Verde.

 

De repente, Mike recordó la conversación que había desen­cadenado todo el proceso, con aquel personaje enorme, blan­co y sin rostro que le pidió una descripción del lugar que lla­maba el hogar.

 

—¿Lo sabías? —preguntó Mike, conmocionado.

 

—Todos nosotros formamos parte de una familia, Michael. —Verde se deslizó dentro de la habitación donde Mike iba a hospedarse, y comentó—: Todo esto debe resultarte familiar.

 

Mike miró a su alrededor. El ambiente era muy parecido al de las otras casas, además de ser extremadamente favorable al sueño y al descanso. Percibió el olor de la comida que ya i estaba preparada en la habitación contigua.          

 

El ángel señaló el armario y dijo:

 

—Esta vez también puedes contar con ropa para ti, Michael. De pronto, Mike fue consciente de que su aspecto debía de ser horrible: sus ropas desgarradas estaban llenas de sangre y fango secos, producto de la tormenta que acababa de pasar y que había amenazado su vida. Miró hacia la zona que Verde había señalado. ¡En efecto, la ropa estaba allí! Miró con ma­yor detenimiento y vio que era ropa de viaje de buena calidad, exactamente de su talla. También había una espléndida túnica verde. Se volvió hacia Verde para preguntarle cómo se había enterado de la talla que usaba, pero no lo vio por ningún sitio. Mike sonrió para sí y habló en voz alta, sabiendo que Verde podía oírle:

 

—Buenas noches, mi angélico y verde amigo. Te veré por la mañana.

 

Mike cenó y durmió profundamente esa noche, hasta las cinco de la mañana. A esa hora tuvo una pesadilla: en sueños, volvió a ver a la horrible y siniestra cosa, que se acercaba a él durante el lapso de indefensión al que estuvo expuesto a cau­sa de la tormenta, y volvió a sentir la advertencia de que ésta amenazaba su vida. Esto le aterrorizó. Se despertó sobresal­tado y bañado en sudor. ¡Y Verde estaba allí, junto a su cama!

 

—¿Estás preparado? —le preguntó.

 

—¿Es que vosotros nunca dormís? —preguntó Mike frotán­dose los ojos.

 

—¡Claro que no!

 

—¡Pero si todavía está oscuro afuera! —Mike aún se sen­tía fatigado a causa de la terrorífica pesadilla y porque, al pa­recer, le faltaban horas de sueño.

 

—En la Casa de la Biología tenemos esta costumbre, Mi­chael Thomas. —Verde sonrió de nuevo y permaneció de pie allí— Estaré aquí cada mañana a las cinco y media para em­pezar las lecciones. Antes de que hayamos terminado la ins­trucción, ya habrás entendido todo lo referente a los patrones del sueño y la energía biológica… y las pesadillas.

 

—¿Conoces mis sueños? —interrogó Mike, asombrado.

 

—Michael, sigues sin darte cuenta de nuestra conexión contigo. Lo sabemos todo de ti, ¡y honramos enormemente tu proceso!

 

Verde retrocedió unos cuantos pasos para alejarse de la cama y le hizo ademanes a Mike para que se pusiera en mar­cha. Éste se sintió un tanto incómodo.

 

—Verde, estoy desnudo.

 

—Así es como vas a empezar tus lecciones, Michael. No seas tímido. Ponte la túnica verde que está en el armario.

 

Mike hizo lo que se le pedía y luego se dirigió a la habita­ción contigua para disfrutar de su desayuno. ¡Verde se com­portaba como un perro obsequioso! Se sentó con Mike y ob­servó todo lo que éste iba comiendo, aunque sin decir nada. Era la primera vez que un maestro angélico tenía para con él este tipo de atención. Había algo que era diferente a las casas anteriores.

 

Después de comer, Verde condujo a Mike a una zona espe­cial para la enseñanza. Las otras casas en las que había estado eran enormes, con grandes habitaciones y altos techos; en cambio, en ésta, todas las habitaciones eran pequeñas. La ma­yor parte de la enseñanza tenía lugar en una sola de ellas. Verde empezó a impartir su instrucción en ese preciso instan­te. Le pidió a Mike que se quitara la túnica.

 

—Michael Thomas de Propósito Puro, señala tu ilumina­ción.

 

—No te entiendo —dijo Mike.

 

—¿Dónde está tu Propósito Puro? ¿Dónde está tu amor? ¿Dónde está esa parte de ti que conoce a Dios? —Verde tenía un objetivo y continuó—: Adelántate un poco, y ahora señala la parte de tu organismo donde residen tales atributos.

 

Mike no tuvo que devanarse los sesos. Ahora comprendía que Verde, que no era humano, quería que le mostrase en dónde residían esos valores.

 

—Algunos están aquí… —dijo Mike señalando su fren­te— y otros están aquí —dijo, poniendo la palma de su mano sobre el pecho—. Esos son los sitios en donde siento eso que me estás preguntando.

 

—¡Incorrecto! —afirmó Verde en voz alta sobresaltando a Mike—. ¿Quieres probar de nuevo?

 

Pausadamente, Mike empezó a hacer un recorrido por su cuerpo, preguntando a Verde si lo que buscaba podría estar en tal o cual parte, mientras iba señalando. Cada vez, Verde daba una respuesta negativa.

 

—Verde, me doy por vencido —dijo Mike exasperado, des­pués de haber señalado casi todas las partes de su cuerpo—. ¿Dónde está?

 

—Déjame que te cuente un chiste, Michael Thomas. Des­pués volverás a intentarlo.

 

Mike pensó que la situación era muy singular. Estaba allí vestido sólo con una túnica, con un ángel verde, en una tierra que realmente no existía en su vida anterior, y encima, ¡el ángel iba a contarle un chiste! ¿Quién lo diría? ¿Es que no era ése un sitio serio, o qué pasaba?

 

—Había una vez un hombre que se sentía muy iluminado —comenzó Verde, disfrutando de cada momento con la ex­periencia de contar una historia divertida—. Cuando sintió que había alcanzado un buen nivel de iluminación para conti­nuar su viaje, paró un taxi.

 

Verde sonrió de oreja a oreja e hizo una pausa, observando la reacción de Michael ante el hecho de que un ángel conociera la palabra «taxi». Mike no le dio a Verde la satisfacción de expresar la sorpresa que éste buscaba obtener, reprimien­do su espontáneo deseo de reír. En cambio, esbozó una leve sonrisa afectada. No obstante, Verde continuó su narración:

 

—Cuando el hombre paró el taxi, metió la cabeza por la ventanilla y le dijo al conductor: «¡Estoy listo, vámonos!». El conductor, reaccionando a la orden que se le daba, arrancó enseguida ¡llevándose únicamente la cabeza del hombre!

 

Verde se divertía mucho con su historia, y miró de nuevo a Mike para ver cómo reaccionaba. Éste no mostró expresión alguna; miró a Verde, ladeó la cabeza e hizo una mueca en la que se leía: «¿Bueno, y…?»

 

—¡Bendito sea el hombre que coloca todo su cuerpo en el taxi antes de anunciar que está listo para irse!

 

Verde estaba muy satisfecho de su historia, a pesar de la reacción de Michael, evidentemente contenida, y se regocijó complacido con el silencio que siguió a su narración.

 

—No dejes tu trabajo —declaró Mike, conteniendo a pe­nas el deseo de reír a carcajadas por las ocurrencias del gra­cioso ángel—. ¿Qué es lo que quieres dar a entender exacta­mente con tu historia, Verde?

 

—Michael Thomas de Propósito Puro, todas y cada una de las células de tu cuerpo humano encierran una conciencia que conoce a Dios. Por lo tanto, cada célula tiene el potencial para la iluminación, el amor y la búsqueda del cambio vibra­torio. Permíteme que te lo demuestre aquí mismo.

 

Y diciendo esto. Verde hizo algo que conmocionó a Mike, consternándole. Se le acercó rápidamente, y con un ágil mo­vimiento, ¡le dio un tremendo pisotón en un dedo del pie!

 

—¡Aaaay! —aulló Mike, indignado por semejante abuso de confianza—. ¿De qué va esto?

 

Mike sintió el dedo dolorosamente palpitante. Lo agarró e intentó aliviarlo, como cualquier otro ser humano en su situa­ción, dando saltitos mientras lo hacía.

 

—¡ Eso me ha dolido! —le gritó a Verde, mientras veía que el dedo se volvía rojo y luego violáceo—. ¡Me ha dolido mu­cho! ¡Creo que me lo has roto!

 

—¿Qué es lo que te duele, Michael? —le preguntó Verde de manera despreocupada mientras le miraba moverse por toda la habitación, haciendo muecas de dolor a cada salto que daba.

 

—¡El dedo! ¡Eres un sádico de color verde limón! —Mike no sabía lo que estaba diciendo, pero estaba furioso.

 

Verde no se dio por aludido ante el arranque de cólera de Mike y se acercó a él.

 

—¡No te me acerques! —gritó Mike, extendiendo los bra­zos en actitud defensiva—. ¡No quiero otra demostración de masaje de pies al estilo angélico, ni quiero saber nada del concepto que tienes acerca de la terapia podal! ¡No se te ocu­rra acercarte!

 

—¿A qué le he hecho daño, Michael? —preguntó Verde de nuevo, y añadió—: No es a tu dedo.

 

—¿Cómo que no? —exclamó Mike incrédulo, mientras se sentaba en el suelo en la postura del loto, tratando de no caer mientras se soplaba el dedo—. Entonces, dígame, su Gracio­sa Majestad Verdosa, ¿a qué le ha hecho daño? —Mike era mordaz, pero el ángel no le hizo caso.

 

—A NOSOTROS, Michael —declaró Verde—. Cada célula de tu cuerpo está sintiendo en este momento tu malestar. Dilo, Michael. Di: «Nos han hecho daño»,

 

Mike repitió sin mucho entusiasmo:

 

—Nos han hecho daño.

 

—¿Me das permiso para realizar una curación? —preguntó Verde.

 

—Sí. —Mike mostró verdadero interés.

 

—Entonces, declara el permiso —pidió Verde.

 

—Te doy permiso para que me cures el dedo —dijo Mike.

 

—¡Incorrecto! —señaló Verde en voz alta.

 

Esta vez, Mike no necesitaba un mapa para no equivocar­se, y lo intentó de nuevo.

 

—Te doy permiso para que… —hizo una pausa— nos cures. Verde no estuvo satisfecho con la respuesta e inquirió otra vez:

 

—Michael, da tu permiso para poder realizar la acción, no me des permiso a mí para que lo haga.

 

Mike reflexionó sobre esto y volvió a formular la frase:

 

—Doy mi permiso para esta curación. Nos han hecho daño y todos nosotros nos beneficiaremos de esta curación.

 

—¡Así es! —gritó Verde entusiasmado mientras aplaudía con regocijo—. ¡Lo has corregido, Michael Thomas de Pro­pósito Puro! ¡Acabas de curar tu dedo!

 

A Mike dejó de punzarle el dedo casi instantáneamente. El color cambió del rojo a un saludable rosado, y todo su cuerpo se sintió aliviado del dolor. Verde se acercó a él, y esta vez Mike no le dijo que no lo hiciera.

 

—Michael, ¿sabes lo que acaba de suceder? —la voz de Verde era suave y amable.

 

—Creo que sí, pero necesito que me lo expliques. Se sentía fatigado a causa de la lección; el dolor le había dejado exhausto. Verde continuó:

 

—Nunca más te causaré dolor, querido amigo. Te lo pro­meto. De ahora en adelante, aprenderás de otras experiencias y no del dolor. Lo que acabas de aprender es que el dolor de una de las partes afecta a todas las demás. Es una experiencia comunitaria. ¿Verdad que ahora te sientes cansado? Si esta experiencia sólo implicara a tu dedo, ¿cómo es que toda tu cara reflejaba el efecto? ¿Por qué se manifestaba en ella la cólera? ¿Ha sido tu dedo quien me ha gritado? ¡No! ¡Ha sido todo tu cuerpo el que me ha gritado! Tu dedo ha sentido el dolor, pero todas las partes de tu yo han participado. El dedo ha sido la fuente del problema, pero te aseguro que todas las células sabían lo que ocurría. Lo mismo sucede con la ale­gría, el placer, la pasión, y el orgullo interno de la verdad. Cada célula lo siente todo y posee el conocimiento de la tota­lidad —Verde hizo una pausa para dar realce a su exposi­ción—. Esto también sucede con la iluminación y la búsque­da espirituales.

 

—Entonces dime, ¿en dónde se encuentra exactamente mi iluminación, Verde? —Esta vez, Mike buscaba una respuesta directa, sin bromas ni pisotones en los dedos.

 

—Reside equitativamente en todas y cada una de las célu­las de tu cuerpo, Michael Thomas. Cada célula posee una conciencia de la totalidad. Cada célula lo conoce absolutamente todo acerca de las demás. Cada una de ellas participa en la vibración del ser humano al completo —Verde calló un mo­mento y se sentó frente a Mike, enfatizando—: El tiempo que pases aquí estará destinado al aprendizaje de las característi­cas del incremento vibratorio. Antes de empezar, debes acep­tarte a ti mismo como un conjunto de células que lo saben todo, y no como un conjunto de partes.

 

—Creo que puedo hacerlo —dijo Mike con una firme in­tención.

 

—Yo también lo creo. —Verde sonrió de oreja a oreja y se puso de pie—. ¿Estás listo?

 

Todavía resentido por la experiencia del dedo, Mike sintió que se ponía de pie de modo involuntario al tiempo que repli­caba:

 

—Sí, señor.

 

Dedicaron las horas siguientes a la enseñanza de anatomía humana y salud. No era una clase de medicina, sino recomen­daciones para un estilo de vida natural, así como la aplicación práctica para tener buena salud. ¡Parecía un torrente continuo de profunda información sobre cada tema! Qué comer, cómo tener energía, cuándo hacer ejercicio y por qué. Y también, cómo saber cuál es el momento adecuado para hacerlo. A lo largo de todas las lecciones. Verde ponía especial interés en que Mike entendiera el concepto de «NOSOTROS» de ser. Éste empezó a sentir como si no se le permitiera tener partes, y Verde estuvo de acuerdo con él.

 

Mike durmió sumamente bien esa noche y ya no tuvo más pesadillas. Por la mañana. Verde estaba de nuevo junto a su cama, y después le acompañó a desayunar, sin dejar de obser­varle. Esta vez, el ángel empezó a explicarle cada uno de los tipos de alimento que estaba comiendo. A Verde no parecía importarle lo que Mike ingería de la magnífica selección de alimentos, pero pasó revista a cada grupo de ellos, mientras Mike masticaba intentando memorizar todo lo que le iba di­ciendo.

 

En los días siguientes, Mike inició un programa de ejercicios. En determinados días, Verde le pedía que se ataviara con su atuendo de combate, para que no se le olvidara cómo se sentía al llevarlo. Ésos fueron los días en que Mike dis­frutó más. Hasta ese momento no había sido consciente de cuánto echaba de menos su espada, su escudo y su armadura. Se los ciñó y se maravilló otra vez de lo bien que se acopla­ban a su persona.

 

Verde le instruyó sobre nutrición, plantas, hierbas medi­cinales y cómo el cuerpo se equilibraba de una forma natural. Mike se maravilló al saber cómo trabajan unidas las células, como si «supieran» algo que él ignoraba. ¡Todo era tan fas­cinante! Verde le explicó también que existía una sutil polari­dad magnética para cada órgano y para cada célula. Todas las células «sabían» lo que era eso, y trabajaban por sí mismas para conseguir el equilibrio perfecto. Al haber equilibrio, cada célula podía rejuvenecerse a sí misma perfectamente, y Mike aprendió cómo el cuerpo se renueva de modo constante. Fi­nalmente, le hizo a Verde una extraña pregunta.

 

—Al parecer, mis células… quiero decir, NOSOTROS, somos muy inteligentes cuando se trata de equilibrar la biología. ¿Cómo es que, al parecer, no sé absolutamente nada de este proceso? ¿Puedo contribuir de algún modo a la situación? Mi mente no posee el conocimiento que poseen las células res­pecto de todo esto. ¿Dónde entro yo, como Mike?

 

—¡Es extraño que me preguntes eso, Michael Thomas de Propósito Puro!

 

Verde enfatizó la última parte de la frase, y Mike supo lo que venía a continuación.

 

—Tu cuerpo solamente necesita que lo honres con una ali­mentación adecuada y con un buen conocimiento del medio ambiente —continuó explicando Verde—. También requiere que le proporciones un mantenimiento. Él hará el resto. Hasta ahora, has aprendido cómo hacer que se sienta a gusto, cómo alimentarlo adecuadamente y ejercitarlo físicamente. Tus sis­temas están satisfechos y ocupados sin que tú tengas que ha­cer nada más. Ha llegado el momento de que comprendas la prueba del espíritu, porque tienes que proporcionar a tu cuerpo algo que nunca podría obtener por sí mismo. ¿Sabes a qué me refiero?

 

Mike pensó que lo sabía.

 

—Sí, lo sé, Verde.

 

Mike se sentía más sano que nunca. Ya no se avergonzaba de su desnudez, especialmente cuando estaba con Verde, a quien le admiraban los cambios graduales que se iban dando en el aspecto de Mike, y así se lo hizo saber. Verde era como un padre amoroso y, a la vez, como un entrenador de catego­ría internacional.

 

—Ha llegado el momento de hacer una elección —soltó Mike.

 

Verde casi explota de júbilo:

 

—¡Nunca antes un ser humano se había dado cuenta de eso en tan poco tiempo!

 

Mike comprendió que finalmente había dicho algo que era acertado, y se asombró por la reacción de Verde. La angélica presencia salió disparada y recorrió la habitación, mostrando por primera vez su habilidad para desafiar a la gravedad y cambiar de forma. Mike podía haberse asustado si no hubiese visto que la exhibición era exclusivamente en su honor. Cuan­do Verde se calmó, se acercó a Mike y se puso delante de él. Había adoptado nuevamente su verde aspecto angélico, aun­que seguía con los ojos muy abiertos por la alegría. Sonrió y dijo:

 

—Michael Thomas de Propósito Puro, ¿cuál es tu elec­ción?

 

—He decidido usar los nuevos dones del Espíritu y au­mentar mi vibración.

 

De nuevo, Mike supo que había hablado acertadamente. Verde retrocedió unos pasos, como si quisiera dejar sitio a la creciente sabiduría de Mike, para que ésta aumentara, envol­viéndole. El ángel estaba visiblemente impresionado.

 

—¡Así será en este día, Michael Thomas! —exclamó Ver­de—. Has acertado. Lo que tus células no pueden hacer es usar la parte de Dios que llevas contigo, que tiene el poder de optar por iluminarse a sí misma. Solamente tu espíritu puede hacer esto, y aunque sólo tu espíritu puede hacer la elección, cada célula sabrá que has dado permiso. Así como cuando te lastimé el dedo, tu espíritu lo supo, cuando solicites una vi­bración más elevada, tu dedo también lo sabrá. En este preci­so momento se está manifestando en ti la conciencia del no­sotros, Michael. Todas las células saben cuál es tu intención. Es hora de descansar.

 

Había sido un gran día, y Mike empezaba a sentir que ya estaba entendiendo más sobre temas espirituales. Evidente­mente, lo que había hecho era muy especial. De camino al dormitorio. Verde le comentó a Mike que había expresado la intención de alcanzar un propósito sagrado: el primero de muchos que tendría que pedir. Cada vez que fuera apropiado para pasar a otro nivel, la biología tendría que estar equilibra­da, y también debía contar con el permiso para hacerlo. Verde estaba orgulloso de Mike y le trataba con más respeto de lo habitual. Cuando llegó a la puerta del dormitorio, el ángel le pidió que se volviera de nuevo hacia él.

 

—Michael Thomas de Propósito Puro. Lo habitual es que desaparezca ahora y vuelva por la mañana. Ya conoces la ru­tina. Estoy aquí para decirte que te quiero muchísimo. Los atributos de un cambio vibracional tienen consecuencias que debes conocer y a las que tienes que acostumbrarte. Te dije que nunca más te haría daño, y lo cumpliré. Todo lo que suce­da a partir de ahora se desarrollará al ritmo que tú controles. Cualquier dolor que sientas provendrá de ti. Nada volverá a ser lo mismo para ti. Esta noche te meterás en la cama siendo un ser humano de una clase determinada, pero mañana ya serás otro, con todas las pruebas y propiedades que comporta un cambio vibratorio.

 

Verde miró a Mike durante largo rato, y éste sintió el ex­traordinario sentimiento del honor que el ángel le profesaba. Mike sabía que esto era diferente. Anhelaba pedirle a Verde que se lo explicara. ¿Qué es diferente? ¿Lo sabré mañana? ¿Cuál será la lección de mañana? ¡Explícamelo ahora!

 

Mike no verbalizó ninguna de estas preguntas, y Verde fin­gió que no había oído a Mike. Dio media vuelta y salió lentamente de la habitación. Éste era un modo de proceder inusual en él. Se notaba que algo estaba cambiando, y Mike percibía una amenaza en ello. Habló en voz alta dirigiéndose a las paredes:

 

—Supongo que tengo que esperar algo bastante drástico para poder atravesar el velo que conduce al hogar.

 

Mike se sentó en la cama. «Tal vez tenga que convertirme en ángel antes de llegar allí. ¡Podría volverme de un color especial!». Mike casi rió al imaginarse esto, y como otras ve­ces, esperó oír una réplica de alguno de los ángeles que le estaban escuchando. Pero sólo hubo silencio. Algo en su in­terior ya estaba empezando a cambiar. Sintió una vibración en la boca del estómago, y también escalofríos. Sabía que debía meterse en la cama.

 

Mike no durmió bien esa noche. La pasó casi en vela, de­seando que ya fueran las cinco y media, pues se dio cuenta de que necesitaba a Verde y de que le echaba de menos. Pronto fue presa de la inseguridad. Cada vez que se quedaba dormi­do, tenía el mismo sueño: Eso estaba allí, mirándole feroz­mente. Y, cada vez, ¡la horrible cosa le pillaba y le destruía! Cuando Eso ya le estaba descuartizando, despertaba bañado en sudor y lleno de ansiedad, escuchando sus propios alari­dos, que al despertar cesaban bruscamente. Luego reinaba el más absoluto silencio. Cuando volvía a dormirse, tenía el mis­mo sueño. ¿Cuántas veces podrían matarle? ¿Cinco? ¿Seis? La situación parecía interminable. Su muerte se repetía una y otra vez, cada una de ellas con una ligera variante. En cada ocasión, el sueño era más real. Finalmente, no pudo soportar­lo más y empezó a sollozar. Lo hizo durante un buen rato, siendo consciente de que estaba vaciando toda su alma sobre la almohada. ¡No recordaba haber experimentado en toda su vida una aflicción tan profunda! Ni siquiera la muerte de sus padres había provocado en él tal depuración emocional. Llo­ró ruidosamente, y su llanto se convirtió en lamentos. Mike había perdido el control.

 

Lloró por sí mismo y por sus padres, y lloró también por el amor perdido y por las oportunidades perdidas. Sentía que Eso lo había matado, así que finalmente lloró por su propia muerte. Estaba trastornado por el pesar, y era incapaz de con­trolar los estremecimientos de su cuerpo, el cual trataba de detectar nuevas zonas de dolor para profundizar en ellas y poder reaccionar.

 

Por fin pudo dormir unas cuantas horas, ya que había que­dado extremadamente exhausto. Algo iba mal; casi no había luz. ¿Dónde estaba Verde? ¿Por qué le habían dejado dormir tanto? Mike se levantó y al instante sintió dolor en los múscu­los abdominales debido a la crispación de sus intestinos a causa del llanto convulsivo de la noche anterior. Se llevó las manos a un costado.

 

—¡Caramba, sí que lo estamospasando mal! —oyó que le decía a su propio cuerpo.

 

Mike fue a la habitación que estaba habilitada como co­medor. No había ni rastro de comida. Se puso su túnica verde y empezó a buscar al ángel. Notó que las habitaciones que ya le eran familiares habían empezado a adquirir un tono verde marronoso. ¿O se trataba simplemente de un efecto de la luz? Y hablando de luz, parecía que había un fallo en el suminis­tro. ¿Dónde estaba Verde? ¿Qué estaba ocurriendo?

 

—¡Verde! ¿Dónde estás?

 

No hubo respuesta.

 

Mike recorrió la casa, pero no encontró al ángel por nin­gún lado. Finalmente, hambriento y cansado, fue a la habita­ción donde Verde le había dado clases muchas veces, y se sentó. Estaba perplejo y sentía que empezaba a invadirle una negrura que era inaudita en este viaje. La reconoció: era la misma depresión que había experimentado durante tanto tiem­po en Los Ángeles, antes de que empezara a sucederle todo esto.

 

—¿Qué está ocurriendo? —se preguntó Mike en voz alta. Sólo hubo silencio.

 

—¿Dónde están todos? ¿Azul? ¿Naranja? ¿Verde? ¡Eh, chi­cos, os necesito! Silencio. Mike se dio cuenta de que su depresión había empezado a controlar a su personalidad. No pasaría mucho tiempo antes de que cayera en el mismo agujero, donde no le importaba nada ni nadie. Pero se negó a permitir que eso ocurriera.

 

—¡De acuerdo, chicos, si no queréis ayudarme, entonces lo haré por la vía difícil! —Sea lo que fuere lo que ello impli­caba.

 

¡Mike se aferraba desesperadamente a la esperanza de ob­tener alguna reacción por parte de alguien! Volvió al dormito­rio y observó lo que había a su alrededor. Después fue hacia el armario. Al abrirlo, ¡se acordó del mapa! Quizás éste le haría alguna revelación. Siempre lo había hecho cuando las cosas habían ido mal en esa extraña tierra espiritual del «eter­no presente». Mike encontró fácilmente el pergamino y lo desenrolló.

 

Pero no estaba preparado para lo que iba a ver. Se quedó mirándolo fijamente, con incredulidad, para luego guardarlo parsimoniosamente. Volvió a meterse en la cama, sin quitarse la túnica, y se tapó con la manta. Era solamente la una del mediodía, pero a Mike le tenía sin cuidado. Permaneció ahí, mirando la pared.

 

Respecto al mapa, en el lugar donde siempre estaba el in­dicador «estás aquí» había solamente una mancha negra: nin­guna palabra. No quedaban señales en el mapa. Había dejado de funcionar. Había perdido su magia.

 

¿Sería factible que Eso hubiera irrumpido en la casa du­rante la noche y le hubiera matado? ¿Qué era lo que él había experimentado mientras dormía? ¿Sueños o realidad? ¿Ha­bría matado Eso también a los ángeles? ¿Cómo podía ser? Mike estaba luchando contra la depresión y la negrura. Inten­tó comprenderlo todo y forzó su mente tratando de recordar cualquier cosa que Verde hubiera dicho que pudiera explicar la situación. Entre la neblina oscura que estaba invadiendo su conciencia, Mike recordó al ángel cuando éste le aseveró: «Cualquier dolor que sientas provendrá de ti mismo. Nada volverá a ser lo mismo. Te quiero muchísimo». ¿Se trataba de una despedida? Mike recordó lo que el gran ser blanco le ha­bía dicho al principio: «Nada es lo que parece…» Mike debía, resistir; creía en Dios, y todo esto era una estratagema. ¡Una prueba!

 

Mike hizo lo único que se le ocurrió: se levantó y se puso su armadura. No la sentía cómoda; pesaba más que antes, y la espada parecía una estupidez. No le importó. La llevó con orgullo, y habló en voz alta.

 

—¡Nada vencerá a mi espíritu! ¡Proclamo la victoria so­bre mi depresión!

 

No hubo respuesta. Sólo silencio. Palabras vanas… No hubo manifestación de amor o de honor. Sintió que a nada ni a nadie le importaba Michael Thomas. Esa tierra estaba com­pletamente vacía. Él era el único que estaba allí.

 

Mike luchaba por su cordura. ¡No se daría por vencido! Se dirigió a la sala de aprendizaje y ocupó su sitio en el pupitre, completamente ataviado para el combate. Permaneció allí hasta el ocaso, esperando y vigilando, en medio del absoluto silencio de una tierra carente de sonidos. A pesar de todo, siguió sentado allí, alerta. No sabía lo que esperaba, pero se negaba a abandonarse a la oscuridad de la depresión que ha­bía conquistado de una forma tan absoluta antes de internarse en esa hermosa tierra.

 

Finalmente, se quedó dormido en la sala en penumbra. Pero esta vez su sueño no fue irregular. Empezaba a crear paz allí donde antes no la había. Su poder para realizar esto se iba ha­ciendo evidente. Mientras dormía, su espada oscilaba suave­mente y «cantaba» para sí, respondiendo al nuevo índice vi­bratorio del valioso ser humano al que pertenecía. Pero Mi­chael Thomas no era consciente de eso. Su escudo resplande­cía ligeramente, reaccionando a las nuevas instrucciones de una biología que se transformaba. Pero Michael Thomas no era consciente de eso. Su armadura le mantenía a una tempe­ratura agradable, respondiendo al nuevo conjunto de instruc­ciones espirituales provenientes de una fuente de sabiduría que acababa de despertar en el ADN de Michael. Pero Michael Thomas no era consciente de eso. Todas las células de su cuer­po estaban sufriendo una transformación, y dicha metamor­fosis estaba casi por finalizar. Durmió verdaderamente bien.

 

***

 

A la mañana siguiente, cuando despertó, la situación había cambiado. Seguía sentado en el pupitre en el que había pasa­do la noche, pero el salón era más luminoso y más alegre. Se levantó y puso a prueba su mente. Era extraño, pero lo prime­ro que pensó no fue si seguía estando solo, sino si se encon­traba bien. ¡La depresión había desaparecido! Mike se dio cuenta de que llevaba puesto su atuendo de combate, pero en cierto modo no lo notaba. Mientras caminaba enérgicamente hacia el comedor para averiguar si iba a pasar hambre un día más, percibió el delicioso aroma de un buen desayuno. Supo que todo iba bien de nuevo.

 

Mike comió como nunca lo había hecho. Dado que estaba hambriento, casi famélico, se dio un atracón con la comida que le habían preparado. Disfrutó intensamente de la sensa­ción de bienestar. De repente, se dio cuenta de que estaba cantando a pleno pulmón, ¡con la boca llena!

 

—¡Ojalá mamá pudiera verme ahora! —dijo Mike verbalizando sus pensamientos en voz alta mientras masticaba alegremente. Tenía las comisuras de la boca rebosantes de yema de huevo—. También se avergonzaría de mis moda­les…

 

—Pues está muy orgullosa de ti, Mike —afirmó Verde, apareciendo en el quicio de la puerta—. Todos lo estamos.

 

Mike se levantó para mostrar respeto a su verde amigo. Estaba encantado de volver a ver al ángel.

 

—¡Verde! —gritó de alegría—. No sabía si volvería a ver­te. ¡Por favor, ven y siéntate aquí conmigo! —Mike se sentó de nuevo y siguió comiendo.

 

El enorme ángel fue hacia la mesa y se sentó frente a Mike. Esperó a que éste iniciara la conversación. Verde sabía que su amigo humano tenía docenas de interrogantes sobre lo que había ocurrido el día anterior, pero quería saber cuánto tarda­ría en empezar a formularlas. Hubo un silencio mientras Mike tarareaba y comía al mismo tiempo, mirando a Verde con ojos chispeantes y sonriendo como un tonto. El ángel observaba su comportamiento y examinaba su cuerpo con la vista, repa­rando en el atuendo de combate. El ente verde no pudo conte­nerse más, y comentó sonriendo:

 

—Bonita espada.

 

Mike rió a carcajadas con la observación, recordando que ése había sido el primer comentario que Verde le había hecho al llegar. La comida que estaba masticando salió disparada de su boca, cual metralla, esparciéndose por todas partes. Al ver esto, el gran ser verde también empezó a reír. Entonces se abrazaron afectuosamente. Era la primera vez que se le per­mitía a Mike tocar a un ángel de esa tierra, y sabía intuiti­vamente que ahora era apropiado hacerlo. Ninguno de los dos podía parar de reír. En ese momento, Mike se dio cuenta de que estaba bailando con el gran ángel verde al ritmo de la música de su espíritu, pisando los deliciosos panes que ha­bían caído de la mesa con el jaleo. De pronto, Mike se perca­tó de que tenía trozos de pastel de arándano entre los dedos de los pies. La habitación estaba hecha un desastre, pero le tenía sin cuidado. Se sentó de nuevo y sintió una opresión en el pecho a causa del ajetreo y la euforia; tuvo que hacer un esfuerzo para recuperarse del efecto de sus manifestaciones de júbilo. Finalmente le dijo a Verde, que se encontraba fren­te a él:

 

—¿Sabes una cosa? Estaba seguro de que volverías.

 

—¿Cómo es que estabas tan seguro?

 

—Porque me dijiste que me querías.

 

—Y te quiero —reiteró Verde sonriendo de nuevo. Mike dio un bocado a uno de los innumerables fragmentos de la comida que ahora estaba esparcida por todos lados. Hizo una pausa.

 

—Verde, ¿realmente pueden verme mi madre y mi padre? Esta era la pregunta más importante para él. Recordó el comentario que Verde le había hecho al entrar en la habita­ción unos minutos antes.

 

—Que sea esto lo primero que me preguntas es una mues­tra de tu nueva conciencia, Michael Thomas de Propósito Puro. A veces, los ángeles de esta tierra hacemos apuestas sobre cuál será la primera pregunta que formulará la persona des­pués de afrontar el reto del cambio. Pero tú aún no has hecho aquella que suele formularse habitualmente. A pesar de que hace ya un buen rato que hemos vuelto a reunimos en esta ha­bitación, aún no has formulado dicha pregunta, y en cambio, has preguntado por tus padres. ¡Verdaderamente, estoy ante un ser humano especial!

 

Mike no podía afirmarlo con seguridad, pero creía que Ver­de se estaba poniendo un poco emotivo, si es posible que eso pueda sucederle a un ángel. Hubo una pausa, y después Verde habló de nuevo:

 

—Sí, Michael Thomas, tus padres pueden verte, y están sumamente orgullosos de ti. —El ángel esperó a que Michael le hiciera más preguntas.

 

Mike reflexionó sobre lo que Verde le había dicho, y luego comentó:

 

—Creo que sé exactamente qué ocurrió ayer. Verde ladeó la cabeza y dijo:

 

—¿De verdad? Entonces, explícamelo.

 

El ángel era todo oídos. Normalmente, a esas alturas del proceso de enseñanza que se impartía a un ser humano en la CASA DE LA BIOLOGÍA, el ángel dedicaba todo su tiempo a tra­tar de explicar al perplejo discípulo a dónde se habían ido todos en el transcurso del día anterior, y el motivo de la horri­ble y solitaria jomada en aparente oscuridad espiritual.

 

—He cambiado. Verde, tal como me vaticinaste. Me sien­to diferente. Me siento… —Mike hizo una pausa momentá­nea, y luego continuó—: Nos sentimos investidos de poder. Poseo un conocimiento sobre ti, Verde, que antes no tenía. De alguna manera, has pasado de ser mi maestro a ejercer el rol de… —Mike buscó la palabra adecuada, pero la pausa se alar­gó demasiado.

 

El ángel intervino.

 

—¿Familia?

 

—¡Sí! —asintió Mike rápidamente. Se estaba poniendo introspectivo, pero continuó—: Pensé que lo sucedido ayer era una prueba, pero no lo era.

 

Verde seguía escuchando y permitiendo que Mike expre­sara sus ideas respecto de lo ocurrido.

 

—Sé que finalmente me darás los detalles de lo que suce­dió, y yo creo saber por qué sucedió —Mike hablaba lenta­mente y con intención, como lo haría un instructor—. Verde, cada una de las células de mi cuerpo sintió un abandono. Fue como si me hubiese apagado y muerto. No existía consuelo en ninguna parte. Ni siquiera mi propia mente podía darme una sola razón para existir. De alguna manera, yo era un ser humano neutral. Cuando miré el mapa fue cuando supe lo que estaba ocurriendo. Se trataba de una señal para mi mente, y caí en la cuenta de lo que sucedía.

 

Verde estaba impresionado. Nunca antes un estudiante de la casa verde había sido tan preciso y consciente de las carac­terísticas del cambio vibracional. Habitualmente, se requería mucho tiempo para poder explicarlo. El ángel sabía que esta­ba ante un ser especial: Michael Thomas. Se sintió orgulloso de su alumno y le quiso todavía más. Mike continuó:

 

—El mapa también estaba muerto. Yo me encontraba en el limbo. Entonces supe lo que estaba sucediendo. Para percibir el don espiritual del propósito, tenía que pasar por una espe­cie de renacimiento. Era como si la energía se hubiera apaga­do en mi existencia durante todo un día, para ser restablecida después con un circuito nuevo. Supe que, si era capaz de con­servar la cordura en ese trance, finalmente me encontraría bien. Para conseguirlo me valí de una visualización en la que apa­recías tú diciéndome que me querías. Fue la única cosa que funcionó. Cuando pensaba en ti, conseguía concentrarme en la razón por la que estaba aquí —Mike miró a Verde y sonrió. Intentó ocultar que tenía los ojos llenos de lágrimas—. ¿Ten­go razón?

 

—Prácticamente me queda muy poco que añadir, Michael Thomas de Propósito Puro —Verde se puso de pie para enfatizar lo que decía. —Te diré lo siguiente: cuando estabas pen­sando en mi amor por ti, no era solamente en mí en quien pensabas. Yo formo parte de un colectivo, Michael. Cuando me hablas, estás hablando con la totalidad. Tú también eres parte de ella, pero no lo percibes como yo. A medida que vibración vaya subiendo de nivel, comprenderás todas esta cosas. Cuando sentías el amor de aquel a quien llamas Verde también estabas sintiendo el amor de Azul, el de Naranja, incluso el de tus padres, así como el de todos aquellos que vas a encontrar a lo largo del camino. Todavía no les conoces, pero ellos a tí, sí. Todos somos uno, Michael, y tú lo percibis­te en los momentos de mayor necesidad. ¡Tu intuición se im­puso! ¡Qué don posees ya!

 

Mike sabía que había más aún, de modo que permaneció en silencio, esperando a que Verde ordenara sus pensamien­tos. Este siguió hablando.

 

—Todo lo que has expresado es correcto, mi sabio amigo humano. Para que puedas pasar a un nivel superior hay un período de reto. Constituye un lapso de tiempo en el que to­dos los que integramos el colectivo debemos alejarnos para permitir que cambies. No podemos hacer nada por tí durante ese período, ya que nuestra energía interferiría en el proceso. Tú estás espiritualmente capacitado para llevarlo a cabo. Sen­tiste la pérdida de tu familia, Michael. También sentiste de­samparo y vacío durante el breve lapso en que tuviste que estar solo. La única cosa que te mantuvo centrado fue el amor, y yo, como instructor de esta casa, nunca habría podido darte la solución que encontraste por ti mismo en la oscuridad. Te felicito por la percepción y la madurez que has demostrado en este sitio —Verde hizo de nuevo una pausa para dejar que Mike asimilase el cumplido—. ¿Tienes alguna otra pregunta que formular?

 

—Sí. ¿Volverá a suceder esto?

 

—Sí, volverá a ocurrir cada vez que pases a un nuevo esta­do vibratorio.

 

—¿Y qué puedo hacer para resolverlo mejor la próxima vez?

 

Verde le miró de frente y le habló seriamente.

 

—Tendrás que reconocer que eso está ocurriendo y procu­rar mantenerte ocupado en otras cosas. No hay que implicar­se en la situación, y hay que recordar que es pasajera. ¡Es necesario darle un carácter ceremonial! ¡Se tiene que honrar el proceso, aunque en ese momento se esté inmerso en la os­curidad! Hazlo exactamente como lo hiciste, Michael Thomas de Propósito Puro. ¡Siente el amor que está implícito en el don!

 

Mike comprendió todo esto y lo asimiló.

 

***

Las lecciones continuaron, a ritmo lento, los días siguientes. Había más enseñanza que impartir a causa del nuevo índice vibratorio de Mike. Se le transmitieron conocimientos sutiles respecto al cuerpo y se le mostraron diversas maneras de sa­ber si había algún desequilibrio. Verde le explicó a Mike en qué consistían los nuevos patrones de sueño, así como las nuevas preferencias alimenticias que podían acompañar cada cambio vibratorio. ¡Había que memorizar tantas cosas!

 

Se acercaban los últimos días en la casa verde, y el ángel abordó un nuevo tema, que nunca antes había tratado.

 

—¿Estás preparado para hablar de sexo? —inquirió. Mike casi se cae por la impresión. Miró a su enorme ami­go verde para ver si le estaba gastando otra broma.

 

—¡Debes estar bromeando! Se sentía turbado.

 

—No lo estoy —dijo Verde.

 

Mike habló entonces en voz baja, como si alguien más pudiese oírle:

 

—Verde, éste no es un tema propio de ángeles. Se trata de algo que los humanos hacen en la oscuridad. Tiene que ver con la lujuria. Es más, ¡me sorprende que utilices esa pala­bra! —Mike giró la cara, y habló hacia una esquina de la ha­bitación—. No creo que debamos tratar este tema en un lugar sagrado como éste.

 

Verde se mostró inflexible.

 

—No es lo que tú crees, Michael. Tu reacción ante el tema es únicamente la percepción que los humanos tenéis respecto a él. Se trata de una cuestión biológica, y por eso estás aquí.

 

El ángel guardó silencio, permitiendo que Mike se tomara tiempo para pensar en lo que acababa de decirle.

 

Éste estaba resignado. Sabía que no podía eludir nada que Verde tuviera que enseñarle. Acudieron a su mente imágenes de la clase de educación sexual en un instituto, en las que un desafortunado profesor tuvo el difícil cometido de explicar a un grupo de chicos lo que en realidad ellos ya sabían. El tiem­po que duró la exposición del tema, los alumnos se lo pasaron riendo sofocadamente, al estilo de las chicas, mirándose unos a otros con complicidad. La mayoría hubiera preferido estar en otra parte. Era un tema demasiado íntimo.

 

—Verde, ¿tenemos que tratar ese tema?

 

—Sí

 

Lo que ocurrió a continuación cambiaría para siempre la visión de Michael Thomas respecto de las relaciones físicas entre seres humanos. Verde habló con elocuencia, como si se basara en su experiencia personal ¡a pesar de ser asexuado! Explicó a Mike que el sexo era uno de los aspectos espiritua­les más relevantes de la biología. Describió a un atónito Mike cuál era el verdadero propósito, lo que las mujeres y los hom­bres debían obtener de esa experiencia, aparte de hijos. Habló sobre la elegancia que implicaba elevar simultáneamente la conciencia de dos individuos mediante la consecución con­junta de una emoción de una determinada forma. Verde le dio ejemplos de cómo funcionan las cosas en el plano espiritual del cuerpo, cuando la pasión era controlada y canalizada de ma­neras específicas. ¡El sexo era un verdadero catalizador de la iluminación!

 

Durante la explicación, Mike permaneció callado.

 

—¡No lo puedo creer! —dijo, apoyando la cara entre las manos—. Siempre creí que era un tema sucio, algo que no puedes ventilar. Un asunto camal que arrastramos de la cade­na evolutiva. ¿Y tú vienes ahora y me dices que es espiritual? ¡Caray, vaya concepto! ¡Espera a que se enteren de esto los clérigos!

 

Mike se estaba haciendo el gracioso, pero en realidad, el concepto desbordaba al joven granjero que había aprendido sobre ese tema únicamente a través de la observación del com­portamiento animal, cuando era niño y, años más tarde, a tra­vés de los fragmentos de información tergiversada que reci­bió de sus amigos, adolescentes como él. De pronto, captó plenamente el asunto, y levantó la cabeza, exclamando:

 

—¡Verde, cuánto me he perdido! Podía haber vivido esa experiencia con una mujer a la que amé. Ahora es demasiado tarde.

 

—No seas severo con tu conducta, Michael. No todo es lo que parece. Esta información, aunque se haya impartido tar­de, tendrá su propósito mientras sigues tu camino. Lo impor­tante de esto es la información, a pesar de que su aplicación pueda parecerte fuera de sitio en tu viaje. La clave está en cambiar tu actitud y enfocar el proceso como algo sagrado. Esto te ayudará a honrar a tu biología incluso más de lo que ya la honras.

 

Verde tenía razón. Mike era un ser humano del sexo mas­culino que seguía teniendo sus fantasías y sus sueños, incluso en un sitio como aquél. Había llegado el momento de empe­zar a honrarlos en lugar de percibirlos como algo malo o sór­dido. Esto significaba mucho para él. Comprendió cómo en­cajaba todo ello en la perspectiva de conjunto, y se sintió más completo. ¡Ahora, esas partes de su cuerpo consideradas ínti­mas, podían integrarse en el «NOSOTROS» con más respeto! Mike rió al pensar en ello. Verde observó su proceso y sonrió como respuesta.

 

Al día siguiente, llegó el momento de partir. Mike se puso su ropa nueva, que le habían proporcionado mágicamente en la casa verde. La experiencia de su estancia allí había sido la más profunda de toda su vida. No supo qué decir cuando es­tuvo en el umbral de la puerta de la casa, recibiendo el cálido sol y acompañado por el ángel. Se sentía bien. Su atuendo de combate lucía espléndidamente sobre su ropa nueva, cuyos materiales habían sido seleccionados para aportarle una agra­dable sensación. Tanto las prendas como el equipo se acopla­ban perfectamente a su cuerpo, y Mike estaba maravillado porque quienes habían confeccionado su ropa habían sabido su nueva talla (adquirida por ejercicio físico que había practi­cado durante las semanas que había pasado allí).

 

Verde le miró con detenimiento y posó la vista un momen­to en el arma de Mike. Estaba a punto de decir algo cuando Mike le interrumpió:

 

—Ya sé, ya sé: ¡Bonita espada!

 

Esta vez fue el ángel quien soltó una carcajada.

 

—Me has quitado las palabras exactas de mi angelical y verde boca.

 

Se hizo un incómodo silencio mientras los dos permane­cían bajo los cálidos rayos del sol. Mike fue el primero en ha­blar nuevamente.

 

—Prométeme que volveremos a vemos.

 

—Te lo prometo -afirmó Verde al instante y sin reserva.

 

—¿Me has de preguntar alguna cosa? —Mike pronunció estas palabras recordando el protocolo de las dos casas ante­riores. Antes de partir, en cada una de ellas se le había pre­guntado si amaba a Dios.

 

—Sí, tengo que preguntarte algo, y ya sabes qué es. —Ver­de miró intensamente a Michael Thomas—. ¿Quieres respon­der sin que te haga la pregunta?

 

—Sí—dijo Michael Thomas, ceremonioso—. Amo a Dios con todo mi corazón. Mi propósito es puro y mi cuerpo es uno con el Espíritu vuestro. Estoy más cerca de vuestra vibra­ción que antes, y esa cercanía contiene un sentimiento de pro­pósito, sacralidad y pertenencia. Me encuentro en el camino hacia el hogar.

 

No había nada que Verde pudiera añadir. A diferencia de las dos veces anteriores, en las que el ángel simplemente ha­bía entrado en la casa sin decir ni una palabra, esta vez fue Mike quien se puso en marcha sin decir adiós. Lleno de con­fianza, tomó el camino y se dirigió hacia el norte, rumbo a las colinas, donde se encontraba la siguiente casa.

 

Verde se quedó en el porche hasta que Mike quedó fuera de su campo visual y de su oído. Entonces habló en voz alta, aparentemente para sí mismo:

 

—Michael Thomas de Propósito Puro, si sobrevives a la siguiente casa, realmente serás el guerrero que yo creo que eres.

 

Y se quedó en el porche, esperando.

 

No pasó mucho tiempo antes de que la detestable y fea criatura de color verde oscuro pasara silenciosamente delante de la casa, perpetrando su siniestra búsqueda en pos de Mike. Pasó mirando directamente a Verde, pero el ángel no dijo nada, ni le dio ningún reconocimiento o respuesta. Verde lo sabía todo acerca de Eso, y sabía que, en breve, Mike también lo sabría. El ángel sonrió al pensar en ello.

 

—¡Será todo un encuentro! —exclamó.

 

Luego, dio media vuelta y entró en la casa verde.

 

 

 

8. LA CUARTA CASA

 

Mike iba andando despreocupadamente por el camino, sin­tiéndose mejor que nunca. Su ropa nueva, hecha a medida, y su equipo de combate se complementaban de un modo per­fecto, formando un conjunto que parecía intrínseco a esa gran­diosa tierra. Mike tenía una extraña sensación de familiari­dad respecto al entorno. A pesar de que había pasado gran parte del tiempo de su viaje dentro de las diversas casas, el camino le resultaba, de algún modo, familiar. Había empeza­do a reconocer el olor y el aspecto de las cosas que estaban a su alrededor. Era como si los recuerdos de la vida anterior de Mike estuvieran empezando a esfumarse, y las insólitas ca­racterísticas de esa nueva tierra estuvieran convirtiéndose en su hogar. Tenía la sensación de «recordar» todas esas cosas, a pesar de que sabía que nunca antes había estado allí.

 

Mike también experimentaba una intensa sensación de nuevo poder. Sentía como si realmente perteneciera a esa tie­rra. Sabía que buena parte de esa percepción se debía a los recientes acontecimientos que había vivido en la Casa de la Biología. Cada vez que recordaba a Verde sonreía de oreja a oreja. Mientras iba andando, reflejaba el hecho de que verda­deramente había pasado a un nuevo nivel durante su estancia en la casa verde. ¿Qué más iba a encontrar? Sólo había estado en tres de las siete casas, y se preguntaba qué otras lecciones le esperaban.

 

Súbitamente, escuchó un ruido a su espalda. Mike se volvió automáticamente con la rapidez de una centella, adoptando una posición de alerta defensiva. Él mis­mo se sorprendió por lo instintiva que había sido su reacción. Estaba inclinado hacia delante y su mano asía con fuerza la ornada empuñadura de su magnífica espada de la verdad. ¿Era imaginación suya, o era cierto que la empuñadura estaba vi­brando? Toda su atención se concentró en sus oídos mientras permanecía inmóvil como una estatua, esperando pasar rápi­damente a una desconocida, aunque perfecta, acción.

 

Pero allí no había nada.

 

Podía haber sido el viento, aunque notó que no se movían las hojas de los árboles que tenía cerca. Moviendo únicamen­te los ojos, pero manteniendo el resto del cuerpo completa­mente inmóvil, Michael examinó detalladamente la zona. ¡Qué precisión había adquirido su vista en ese lugar! Desde que inició el viaje, no recordaba haber tenido jamás esa maravi­llosa agudeza visual. Era como si alguien hubiera encendido una luz brillante allí donde antes no la había.

 

Mike trasladó el foco de su atención de los oídos a los ojos, y observó con detenimiento cada gran roca y cada risco que había en su campo visual.

 

Pero allí no había nada.

 

Empezó a darse cuenta de que, al mismo tiempo que se sentía cómodo en su recién descubierta tierra de casas de co­lores, en ella también le acechaba el peligro. Era posible que la siniestra aparición, que había estado tan presente en sus sueños mientras estaba en la Casa de la Biología, continuara allí. Debía tener cuidado. Y, aunque pueda parecer extraño, Mike no tuvo miedo. Permaneció inmóvil, atento, forzando sus sentidos hasta el límite.

 

En ese estado de elevada conciencia, Mike estaba descu­briendo algo nuevo sobre sus habilidades. Aunque no veía ni oía nada que fuera anormal, SENTÍA que allí había algo. Ex­perimentaba una profunda inquietud en el fondo de su alma; era una sensación de peligro y advertencia a todo su ser, aunque…

 

Allí no había nada.

 

Lentamente, dio media vuelta y siguió andando por el ca­mino soleado, girando levemente la cabeza hacia un lado y hacia el otro, intentando oír cualquier ruido que se produjera a su espalda, en un esfuerzo por detectar anticipadamente cualquier anomalía. Mientras iba andando, conjeturaba sobre el enigma. «¿Qué podría ser? ¿Cómo era posible que exis­tiera una entidad tan oscura en una tierra que rezumaba tan­to amor y descubrimiento espiritual? ¿Por qué le perseguía? ¿Por qué ninguno de los ángeles había querido hablar de eso?» Era todo un misterio, pero Mike sentía que estaba pre­venido, y no permitiría que esa cosa abyecta y maligna se le tirase encima sorpresivamente, como ya lo había hecho la vez anterior. Permaneció alerta, con una constante sensación de peligro.

 

Mike caminó hasta bien entrada la tarde. Empezó a hacer­se de noche y la siguiente casa aún no estaba a la vista. Mike detuvo su enérgica marcha y se volvió para mirar el tramo de camino que ya había recorrido. Sacó el mapa, lentamente y sin dejar de vigilar con detenimiento la zona que estaba a su espalda, por si oía algo o detectaba algún movimiento. Le tranquilizó comprobar que su valioso mapa estaba funcionando de nuevo y le mostraba el «momento presente». En él estaba, como antes, el punto con la inscripción «ESTÁS AQUÍ», y justo en el borde de la pequeña área que lo rodeaba se encontraba la siguiente casa, exactamente al finalizar la curva. Mike son­rió para sí, guardó el mapa y reemprendió el camino.

 

Recorrer el trayecto hacia la siguiente casa le había lleva­do casi todo el día. Se dio cuenta de que las casas estaban situadas en lugares lo suficientemente apartados como para que quien quisiera llegar a ellas tuviera que hacer un esfuer­zo, pero sin necesidad de pasar una noche a la intemperie. Mike se alegró de ello; se sentía un poco cansado y sabía que no todo el cansancio que sentía era físico. El estado de alerta en el que había estado durante horas se había cobrado su cuo­ta de energía.

 

Durante el misterioso lapso de tiempo en que tiene lugar el ocaso, todo parece adquirir un tono cálido; en ese preciso mo­mento, mientras iba por la curva del camino, avistó la siguiente casa. Aunque el ambiente reflejaba los tonos naranja y rojo del día menguante, la casa, de estilo campestre, parecía reful­gir con un color violeta puro, sin que las tonalidades del entorno la afectasen en lo más mínimo. Mike se detuvo bo­quiabierto, pasmado. ¡Jamás había visto un color tan bonito! El violeta era intenso, sereno y vigoroso al mismo tiempo. Tuvo la sensación de que toda la estructura era traslúcida y, de al­gún modo, estaba iluminada desde el interior. Siguió andan­do al recordar que no era prudente detenerse mucho rato aun­que estuviera a una distancia relativamente corta del objetivo.

 

La vista del hermoso edificio fue sólo un preámbulo de lo que vino a continuación, porque cuando el ángel apareció en la puerta para darle la bienvenida, Mike se quedó sin habla. ¡Nunca había visto una criatura tan hermosa! Sintió que qui­zá debería arrodillarse por respeto a la visión que estaba ante él. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Alguien había aumentado la per­cepción de los colores en sus ojos? ¡No recordaba haber vis­to jamás un color así! Guardó un respetuoso silencio ante la visión, como un niño que contempla una puesta de sol por primera vez en su vida, preguntándose si había magia en ello. Y entonces, oyó la voz. ¡Qué voz!

 

Era suave, acariciadora, y parecía provenir de las entrañas de la tranquilidad, serenando hasta el aire que transportaba su vibración, ¡y era una voz inequívocamente femenina!

 

—¡Bienvenido, Michael Thomas de Propósito Puro! —dijo la serena voz—. Se te esperaba.

 

Mike estaba anonadado y no dijo nada. ¡Ni siquiera podía pensar con coherencia para que el ángel leyera su pensamien­to! Estaba mudo de asombro. Se dio cuenta de que hasta ha­bía dejado de respirar. Ella sonrió y continuó:

 

—Soy tan femenina como Verde, Michael. Los ángeles no tenemos sexo, pero poseemos todos los atributos de vuestros dos sexos biológicos. Mi voz y mi aspecto tienen el propósito de que te sientas más cómodo en esta casa.

 

Mike no entendió casi nada de lo que Violeta le estaba explicando. Ahora volvía a respirar con normalidad, pero no sabía qué decir. Lo intentó, turbado por el sonido graznante que acompañaba a sus palabras.

 

—¡Qué guapa eres! Sabía que su saludo, además de oírse como una serie de graznidos, era increíblemente estúpido. ¡Mira que decirle esa sandez a una entidad tan hermosa! Se sintió tan torpe como cuando, siendo un niño, por primera vez se vio ante una situa­ción en la que era necesario decirle algo inteligente a un adul­to, y no fue capaz de hacerlo. El estupor de Mike se debía, en parte, a la incongruencia que estaba contemplando. Frente a él estaba un enorme ser angélico que parecía todo un com­pendio de delicadeza femenina. Pero también se daba cuenta de que, en realidad, no había ninguna diferencia corporal en­tre Violeta y cualquiera de los otros ángeles. Todos eran enor­mes, y llevaban ropajes difusos y ondeantes —del color exac­to de sus respectivas casas— que ocultaban o disfrazaban toda condición. Pero, ¡este rostro! La cara de Violeta era induda­blemente femenina. Tenía la misma delicadeza que poseían los rostros de la madre y la abuela de Mike, y la belleza de una santa. Mike suspiró y lo intentó de nuevo.

 

—Por favor, perdóname… eh… Violeta.

 

En ese momento, pensó que estaba infringiendo las nor­mas de cortesía al dirigirse a ella con el nombre de su color, puesto que también era un nombre de mujer. Intentó expli­carse:

 

—No esperaba… quiero decir… no sabía que había ángeles de sexo femenino.

 

De nuevo, Mike se arrepintió de haber abierto la boca. ¡Qué estupidez acababa de decir! ¡Claro que había ángeles del sexo femenino! En casi todas las pinturas de ángeles que había visto, el ángel protagonista era de sexo femenino.

 

Violeta seguía allí, y él probó de nuevo:

 

—Lo que quiero decir es que… ninguno de los otros ánge­les… lo que quiero decir es que… parecían chicos… es decir, hombres… del sexo masculino.

 

A Mike le hubiera gustado rebobinar el episodio y empe­zar de nuevo. Había perdido momentáneamente tanto sus ha­bilidades para comunicarse como su elocuencia. Había fraca-

 

sado rotundamente en su intento de saludar apropiadamente a este ser. Suspiró de nuevo y simplemente se encogió de hom­bros. Violeta le sonrió.

 

—Te entiendo perfectamente, Michael Thomas. La mirada que le lanzó a Mike podría haber derretido su armadura. No se trataba de erotismo. El sentimiento era de un increíble amor, cuya esencia era pura y maternal. Eso era lo que había cogido a Mike por sorpresa. Era como si, súbita­mente, hubiera encontrado de nuevo a su madre; tenía la sen­sación de que estaba reuniéndose con la familia desaparecida hacía ya bastantes años, y todo esto acompañado de una im­presión de alegría e incredulidad.

 

¡Había pasado tanto tiempo desde la última vez que le ha­bían mirado de ese modo! Tuvo ganas de que le abrazaran cariñosamente, aunque enseguida se sintió ruborizado por te­ner tales pensamientos, ya que sabía que Violeta podía cap­tarlos. Ella continuó:

 

—Pronto te acostumbrarás, Michael. Hay motivos para que yo aparezca ante ti con este aspecto. No es el que suelo adop­tar ante todos los que recorren este camino, pero esta vez mi aspecto ha variado para ti.

 

Mike captó la idea. El aspecto y el comportamiento de Vio­leta eran para su beneficio. Aceptó el hecho, aunque se pre­guntó qué necesidad había de «ver» a un ángel maternal.

 

—¡Porque te lo has ganado! —respondió Violeta—. No todo lo que hay aquí es una lección, Michael. Mucho de esto se te proporciona en forma de dones para tu evolución. Aun­que solamente has pasado por tres casas, ya has destacado como uno de los seres humanos más especiales que han veni­do a visitamos.

 

Mike asimiló todo esto y, antes de que pudiera pensar qué decir para responder al cumplido, Violeta le pidió algo que él no olvidaría jamás.

 

—Michael Thomas de Propósito Puro, por favor, quítate los zapatos —le dijo suavemente.

 

Mike hizo lo que le pedía. Vio que en la puerta había un espacio destinado a colocar un par de zapatos, y puso los su­yos allí. Encajaron perfectamente.

 

—Michael, ¿quieres saber por qué te he pedido que hicie­ras esto? —le preguntó Violeta.

 

Michael meditó sobre ello.

 

—¿Porque el suelo del interior de la casa es sagrado? —Recordó a Moisés y el arbusto en llamas, así como el diá­logo de dicha historia.

 

—Si ése fuera el caso, entonces ¿por qué los otros ángeles no te pidieron lo mismo?

 

Mike siguió reflexionando sobre el tema, e hizo otra tenta­tiva.

 

—¿Se debe a que tú eres un ángel muy especial? Violeta se divertía con el juego y empezó a emitir risitas sofocadas. Mike se quedó perplejo. Supo que su respuesta no era la correcta.

 

—Pasa, por favor —le dijo Violeta dando media vuelta y entrando en la casa. Él la siguió, aunque molesto porque ha­bían dejado a medias la conversación. Por eso, mientras en­traban, le dijo:

 

—Violeta, explícame, ¿por qué me has pedido que me quite los zapatos?

 

—Serás tú quien me lo explique a antes de marcharte de aquí —respondió Violeta, y siguió guiándole.

 

A Michael no le gustaba cuando los ángeles le hacían es­perar para darle las respuestas, especialmente cuando le pe­dían tácitamente que las encontrara por sí mismo. «Demasia­do trabajo», pensó Michael.

 

—Ésa es la razón por la que estás aquí —le dijo Violeta mientras se adentraba más en el interior de la casa violeta. De nuevo, Mike se sintió tonto por tener esos pensamientos.

 

La casa violeta era muy simple, a diferencia de su anfitriona. Mike se dio cuenta de que, debido al asombro que le había causado la apariencia del nuevo ángel, se había despistado y no había leído el rótulo que definía a la casa.

 

—Violeta, ¿cómo se llama esta casa? —preguntó. Ella se detuvo y se volvió hacia él.

 

—Ésta es la Casa de la Responsabilidad, Michael Thomas. Violeta esperó la reacción de Michael con una bella expre­sión de expectación. Éste supo al instante que iba a tener pro­blemas.

 

—Ah —dijo casi inexpresivamente, sin reaccionar como Violeta quería.

 

Ella dio media vuelta y continuó con el recorrido.

 

Mike se empezó a preocupar desde el momento en que supo el nombre de la casa. Mentalmente, imaginó varios guio­nes sobre lo que sucedería durante su estancia allí. La palabra responsabilidad siempre había sido desagradable para él, en gran parte porque sus padres insistían mucho en el tema, por una cosa u otra. Sobre todo, empleaban la palabra en tono crítico. Años más tarde, Mike escuchó la misma cantinela de boca de las mujeres con las que salía, acompañada habitual­mente con algún tipo de queja sobre la actuación de Mike. «¿Por qué será que las mujeres siempre intentan “corregir­me”?», pensó. En ese momento tuvo un pensamiento horri­ble. Quizá Violeta tenía la apariencia de una mujer con el mismo propósito. «¿Dios envía a otra mujer para hacerme cambiar? ¿Y si Dios fuese una mujer? ¡Ésa sería una broma sumamente perversa!». Mike sonrió al pensar en los procesos de pensamiento que creaba su masculinidad humana; sabía con toda certeza que lo que estaba especulando no era la ver­dad. Dios no era ni masculino ni femenino. Con todo, a Mike le divertía crearse tales complicaciones mentales. ¿De qué se trataría la Casa de la Responsabilidad?

 

Violeta le estaba conduciendo por un laberinto de habita­ciones más bien pequeñas mientras se dirigían al lugar donde Mike iba a cenar.

 

—¿Qué hay ahí dentro? —inquirió éste al pasar ante una gran puerta de doble hoja.

 

—El teatro —respondió Violeta sin aflojar el paso. «¿Un teatro?» Los pensamientos de Mike corrían de prisa mientras iba siguiendo a Violeta. «¿Qué hace un teatro en un lugar angélico? ¿Va a tener lugar una representación?» Tuvo otra idea, más extraña aún: «¡Tal vez van a proyectar una pe­lícula!». Mike pensó que sería muy divertido que Violeta y él fueran juntos al cine al día siguiente. ¿Verían quizás una de las tantas películas populares que existían sobre ángeles? Ante la idea, casi se pone a reír en voz alta. A Violeta, que sabía exactamente lo que Mike estaba pensando, también le divir­tió mucho la ocurrencia, aunque por otras razones.

 

Finalmente, llegaron a su destino. El comedor y las zonas de alojamiento tenían un aspecto muy similar al de las otras casas. En el armario había zapatillas para Mike, así como ropa muy bonita de color violeta que, evidentemente, había sido confeccionada para que la llevara durante su estancia ahí.

 

Mike percibió el olor de la comida. Una vez más, le con­dujeron a un comedor donde había una apetitosa selección de alimentos. ¿Cómo podían saber, de un modo tan preciso, cuán­do iba a llegar? Y hablando de eso… Mike jamás había visto a nadie que preparase la comida o limpiase. Recordó el desas­tre que Verde y él habían dejado después de aquel episodio tan gracioso, y que los arándanos le habían teñido la piel de los dedos y las manchas habían tardado días en desaparecer. Como si de duendes se tratara, alguien llegaba, preparaba la comida y se marchaba, todo esto sin que nadie lo detectara. ¡ Vaya lugar!

 

Mike volvió la cabeza creyendo que Violeta se había mar­chado, tal como habían hecho los ángeles de las otras casas. Pero ella seguía allí.

 

—¿Es todo de tu gusto, Michael? —preguntó. Violeta era una criatura verdaderamente bella y a Mike le confortaban sus cualidades maternales.

 

—Sí, gracias. —Mike sintió ganas de hacerle una reveren­cia.

 

—Empezaremos por la mañana. Buenas noches, Michael Thomas de Propósito Puro —y una vez lo hubo dicho. Viole­ta salió de la habitación.

 

Esto era diferente. Verde había modificado el protocolo quedándose en el porche mientras Mike se marchaba de la Casa de la Biología. Y ahora. Violeta también lo había cam­biado. ¿Estaban los ángeles volviéndose más educados? ¿Es­taban adoptando las normas de etiqueta de los humanos? Aunque notó la diferencia, Mike decidió no hacer preguntas sobre el tema. Comió, se metió en la cama y se durmió al instante. Se sentía a salvo, arropado y querido. Al día siguiente empezaría otra aventura, y sabía que haría diversos descubri­mientos en las lecciones que Violeta iba a impartirle. Soñó con su infancia y con sus padres, y se sintió bien.

 

***

En el exterior de la casa, la siniestra, vil y escurridiza forma ya había establecido un puesto de vigilancia. Estaba observa­dora y, al mismo tiempo, indignada. Cuando Michael hubo salido de la casa verde y emprendido el camino hacia la si­guiente casa, Eso se había quedado atónito al observar los cambios que se habían producido en él. Su poder había au­mentado ¡y llevaba esas malditas armas! Inesperadamente, ¡Michael estaba tan alerta como un verdadero guerrero! Y, ade­más, ¡no tenía miedo! ¿Qué había sucedido en esa casa que le había transformado de ese modo? Eso estaba furioso, porque la oportunidad que había tenido de enfrentarse a Michael du­rante la tormenta había acabado en un rotundo fracaso.

 

ESO empezó a urdir un plan mejor para atrapar al humano. Conjeturó que, si Michael quería ser un guerrero hábil, debe­ría haber elegido una ruta menos conocida en lugar de ir por un camino tan conocido. De esta manera, llegó a la conclu­sión de que Michael siempre seguiría el camino. Debía ha­cerlo, dado que no sabía dónde estaba la siguiente casa. Por consiguiente, dedujo Eso, la solución era adelantarse a su presa y esperarla para que cayera en una trampa. Si Eso hubiera tenido la capacidad de sonreír, lo hubiese hecho en ese mo­mento. No dormía, aunque tenía visiones de la muerte inmi­nente de Michael Thomas de Propósito Puro.

 

 

 

La mañana del día siguiente fue como todas. ¡Espléndida! El desayuno fue excelente, y Michael lo finalizó con un pastel de arándanos, que era su preferido, moviendo la cabeza con incredulidad ante la frescura y el maravilloso sabor de la co­mida.

 

«La comida no sabía tan bien cuando la llevaba entre los dedos de mis pies.» Mike rió a carcajadas al recordar la situa­ción, anárquica y divertida en la que Verde y él se habían enfrascado en el comedor de la última casa.

 

Justo en el momento en que acabó de vestirse con la ropa nueva que le habían proporcionado, llamaron a la puerta. «¿Es­tán llamando a la puerta? ¿Desde cuándo los ángeles llaman a la puerta?»

 

—Entra, por favor —dijo Mike cortésmente. Violeta parecía estar flotando. Mike le sonrió.

 

—Por favor, dale las gracias de mi parte a quien quiera que sea el responsable de este delicioso desayuno humano.

 

—De nada —dijo Violeta.

 

—¿Has sido tú?

 

—Todos nosotros —replicó—. No existimos por separado.

 

—Ya he oído eso antes. Algún día entenderé lo que quiere decir. Hasta entonces, gracias a todos vosotros —dijo Michael.

 

—¿Estás listo? —preguntó Violeta.

 

—Sí.

 

Violeta le guió por el mismo recorrido del día anterior, pero a la inversa. Esta vez, la puerta de doble hoja estaba abierta y, a través de ella, ¡entraron en un cine de color viole­ta, elegantemente amueblado! Mike se detuvo en medio de la sala sin poder creer lo que estaba viendo. Se quedó pasmado, y Violeta dejó escapar una risita.

 

Frente a ellos había una gigantesca pantalla de cine pano­rámica. Mike se fijó en que había un moderno proyector de películas en la parte posterior de la sala, así como una gran cantidad de rollos de película guardados en enormes cajas metálicas. ¡Había cientos de ellos! Al parecer, todo estaba a punto para empezar una proyección en cualquier momento.

 

—¿A que no lo adivinas, Michael Thomas? —preguntó Violeta—. ¡Vamos a ver películas juntos!

 

—¡Es increíble! —exclamó Mike—. Se trata de una bro­ma, ¿verdad?

 

Al oír este comentario. Violeta dejó de sonreír y miró se­riamente a Mike.

 

—Nada de eso, Michael. Nada de eso. Por favor, siéntate en la primera fila.

 

Violeta fue a la parte posterior de la sala y empezó a mani­pular los aparatos. Mike todavía estaba desconcertado ante la dicotomía que estaba observando. «Los ángeles no manejan proyectores de cine», pensó, «ni tienen teatros o cines en los lugares sagrados. ¡Qué extraño es todo esto!». No obstante, hizo lo que le pedían y se sentó en el centro de la primera fila. A diferencia de las salas de cine del lugar de donde venía, la primera fila de ese teatro estaba justo en medio de la sala. Mike también se fijó en otra cosa extraña: la butaca que esta­ba precisamente en la parte central de la primera fila era afelpada y estaba acolchada, a diferencia de las otras. Era como si la hubieran puesto allí para impresionar. Mike se sentó en la silla violeta aterciopelada, mirando a la gigantesca pantalla blanca.

 

—Violeta ¿qué película vamos a ver? —preguntó, un tan­to inquieto.

 

—Vamos a ver películas caseras, Michael —respondió ella, y siguió colocando el primer rollo sin levantar la vista. A Mike no le gustó en absoluto cómo sonó esa respuesta. Sintió que el estómago se le pegaba a las costillas. ¡Estaba experimen­tando otra vez esa sensación! Su nueva intuición estaba ha­ciendo horas extras, dándole a saber que lo que se avecinaba podía ser desagradable. Pensó que debía intentar tomárselo con humor. Preguntar, por ejemplo, si había palomitas. No tuvo la oportunidad de hacerlo; las luces menguaron de una manera muy profesional, y Mike oyó el ruido del proyector. La pantalla se iluminó. Los ojos de Mike quedaron atrapados por lo que vio. El corazón se le subió a la garganta desde la primera imagen.

 

La película inicial de ese día, lo mismo que todas las si­guientes, tenía la calidad de reproducción más perfecta que había visto en su vida. No presentaba el más mínimo parpa­deo, y la imagen estaba proyectada en tres dimensiones ¡sin necesidad de ponerse las ridículas gafas especiales! El sonido era natural y provenía del lugar correspondiente en la enorme pantalla, incluso cuando los personajes se movían de un lado a otro. Al instante, Mike deseó que la película no fuese tan real. Estaba demasiado cerca, y la pantalla panorámica le im­plicaba en cada escena. Quiso cambiarse a una butaca poste­rior, pero no pudo.

 

¡Reflejado en la pantalla, ante Michael Thomas estaba Mi­chael Thomas! Si hubiera tenido que darle un título a esa pe­lícula casera, éste hubiese sido «Todas las cosas malas que me han sucedido en la vida».

 

La película empezaba con el niño Michael, ¡y era tan real! Su madre se veía muy joven, y su padre, muy guapo. Se sintió profundamente conmovido por el recuerdo de esos seres tan queridos. La proyección que se estaba verificando en ese tea­tro violeta hacía que cobraran vida en el bondadoso corazón de Mike. ¡Era como si realmente lo estuviese viviendo de nuevo! Cada suceso ocupaba un rollo completo, y era presen­tado sin editar, en tiempo real, tal como había ocurrido en la vida de Michael, sólo que saltando de una fuerte experiencia negativa a otra.

 

Los primeros rollos, en realidad, fueron divertidos. En las películas se veía a Mike a la edad de tres años, rubio y guapo, descubriendo el maquillaje de su madre. Mike había dejado el cuarto de baño hecho un desastre. Su madre, que le había pillado, estaba muy molesta, y por primera vez, le dio una zurra.

 

Mike, el adulto, sentado en la butaca, se sintió conmocionado al ver que estaba experimentando otra vez, en ese mo­mento, la dolorosa sensación de daño que le había causado esa primera zurra. ¡Le estaban forzando a vivir de nuevo las emociones de cada suceso! ¡Qué películas caseras ni que ocho cuartos! La proyección iba camino de convertirse en una pelí­cula de terror, a medida que Mike iba creciendo en ella. Se sentía como si le hubiesen atado a la vía y el tren de alta velo­cidad se estuviera acercando a toda máquina.

 

Proyectaron muchos acontecimientos de su infancia, y cada uno de ellos implicó a Mike en una realidad en la que no había vuelto a pensar desde hacía bastantes años. Por ejemplo, en uno de los episodios se le veía encerrado en el lavabo a los seis años. Recordó perfectamente cómo se sentía. Se ha­bía quedado encerrado, ¡pero no era culpa suya! Quién sabe cómo, el tirador había girado y estaba atascado. Su padre se vio obligado a venir desde las tierras de labranza para quitar las bisagras de la puerta, lo cual le hizo enfadar mucho, de modo que Mike recibió otra paliza. De nuevo, sintió la viola­ción de su confianza en ese suceso, ya remoto. ¡Él no había hecho nada malo! Su padre estaba muy enfadado y le había pegado con el cinturón de piel más ancho que tenía. El inciden­te había hecho perder a su padre un día de trabajo en el campo, interrumpiendo con ello la cosecha. Mike, el adulto, empezó a sentirse deprimido.

 

Los rollos se fueron proyectando uno tras otro. En otro episodio, Mike tenía diez años e iba en el autobús camino de la escuela, que estaba en la ciudad. Recordó la cara de Henry, el matón del colegio, que le atormentaba curso tras curso. Todos los niños parecían odiar a ese grandullón, pero no ha­cían nada en su contra porque le tenían miedo. Debido a que Mike era un granjero que venía de un pueblo que ostentaba el curioso nombre de Tierra Azul, los otros chicos se burlaban de él. Pero el abusón era implacable. La escuela tenía alum­nos que provenían de todo tipo de familias; pero en esos días en que la modernidad ya estaba instaurada, los granjeros eran una minoría. La ropa de Mike le delataba, porque se la con­feccionaba su madre. No tenía el mismo aspecto que la de los demás niños, y el abusón siempre estaba allí para recordárse­lo. El y los otros chicos se burlaban de la ropa de Mike, de su olor e incluso del estilo de vida de sus padres.

 

El proyector seguía funcionando y Mike vio en la película a un grupo de niños que le llamaban para que jugase con ellos. El se sentía contento. ¡Deseaba tanto su compañía! Entonces se dio cuenta, angustiado, de que el requerimiento era un tru­co: en lugar de incorporarlo al juego, ÉL se convirtió en el juego. En un momento determinado, varios chicos le reduje­ron, mientras otro se colocaba a cuatro patas detrás de él. Luego, en el momento preciso, lo empujaron. Mike cayó hacia atrás sobre el chico que estaba a gatas. Todos los demás se rieron a carcajadas a sus expensas. Mike también se rió, in­tentando integrarse en la broma, pero le rechazaron y, cuando hubieron acabado, se marcharon dejándolo solo.

 

Eso fue doloroso. A Mike no le gustó verlo. ¿Qué de bue­no podía haber en ello? Empezaba a enfadarse al ver que es­taban exhibiendo su vida privada y presentándola de ese modo. Además, estaba el hecho de tener que vivir de nuevo aquellos acontecimientos ya lejanos. ¿No era suficiente haberlos vivi­do ya una vez?

 

Se proyectaron más películas. Ahora Mike tenía catorce años, y la escena estaba reviviendo el funesto día en que le acusaron de copiar, cuando no lo había hecho. Un alumno ha­bía cogido unos papeles del escritorio del profesor, y los había vuelto a poner en su sitio, pero con tan mala traza que el profesor se había dado cuenta del hecho. El responsable de la falta señaló a Mike, afirmando haberle visto coger los pa­peles. El profesor le creyó; después de todo, Mike era sola­mente un pobre granjero, que seguía vistiendo ropa rara, aun­que sus notas fueran excelentes. Le enviaron a su casa con una reprimenda y le expulsaron por ese día. Camino de su casa, en un autobús especial, Mike iba pensando en cómo iba a explicar todo el asunto a su madre y a su padre. Se relajó un poco, pensando que ellos le creerían. Pero no fue así, y de nuevo, sintió que estaba solo en la vida. Sabía que sus padres le querían, pero deseaba que le hubieran concedido el benefi­cio de la duda en el momento en que más lo necesitaba. Se sintió muy solo.

 

Mike llevaba horas sentado, pero el Mike de las películas todavía no había llegado a la edad adulta. Se preguntó cuánto tiempo más debería soportar ese castigo. Estaba lejos de sen­tir la espiritualidad de antes. ¡Lo que estaba experimentando era similar a una paliza! Las películas eran convincentemente exactas, y Mike no podía apartar de ellas ni los ojos ni la mente. Cada detalle, cada persona, cada voz, eran exactamente como habían sido. ¡El proceso era sorprendente, pero el tema que trataban era nefasto!

 

¡Había mucho que ver! Ahora, la película estaba repro­duciendo la época en que Mike empezaba a salir con chicas. A pesar de que en esa época ya le compraban la ropa en tien­das, su madre no entendía en absoluto de moda, y adquiría las prendas confeccionadas en variopintos materiales, haciendo desastrosas combinaciones. Las chicas, tanto de la escuela como de la iglesia, encontraban guapo a Mike; pero un día, casual­mente las escuchó burlarse de su atuendo. ¡Se sintió abatido! A partir de esta experiencia, Mike, que entonces tenía dieci­séis años, empezó a ahorrar su asignación y a comprarse él mismo la ropa. Este hecho implicó un aumento de su auto­estima, porque Mike sabía que la ropa que escogía le sentaba muy bien. Se dedicó a conciencia a sacar partido a su aspecto, y siempre que iba a comprarse ropa se hacía acompañar por una chica conocida, o dos, que le ayudaban a elegir. ¡A las chicas les encantan estas cosas! ¡Imagínate, un chico a quien le gusta ir de tiendas! Ese fue el comienzo de su gran meta­morfosis: pasó de ser un adolescente de atuendo carnavalesco a ser un joven guapo y atractivo. Esto implicó un cambio en su personalidad, y Mike adquirió una mayor seguridad en sí mismo. Seguía teniendo buenas notas y participaba en mu­chas actividades escolares.

 

Pero entonces, sucedió: alguien, celoso del éxito de Mike, orquestó en su contra una campaña de desprestigio que le hizo perder las elecciones del colegio durante su año preuniver­sitario. Hicieron correr el rumor de que le habían pillado en el servicio de chicas haciendo obscenidades. Todos quisieron creer la calumnia; era muy sensacionalista, aunque totalmen­te falsa. Hubiera ganado las elecciones con suma facilidad, dado que ya había sido presidente de los alumnos en básica y en secundaria, pero el rumor fue devastador y Mike perdió estrepitosamente. Esto también le costó perder el cariño de Carol, la primera chica que había idolatrado en su vida. Ella no volvió a dirigirle la palabra.

 

Mike lamentó el suceso durante semanas, y se dio de baja de todas las actividades escolares. ¡Había sido tratado injus­tamente una vez más!

 

Todo esto estaba siendo proyectado —con pormenores y detalles— en la pantalla. Igual que los que le habían precedi­do, el suceso se desarrollaba en tiempo real, mostrando cada uno de los terribles aspectos de esa parte de su vida. Este incidente le había hecho cambiar entonces, y le seguía pesan­do incluso ahora que estaba sentado ante la pantalla, revi­viendo de nuevo su pasado.

 

Las películas siguieron proyectándose una tras otra. Llegó la hora de comer pero no le hicieron ningún ofrecimiento por­que, de alguna manera, el gran ángel que estaba al fondo de la sala sabía que Mike no tendría apetito. Y estaba en lo cierto. Cada vez que acababa una película, durante un rato se escu­chaba un sonido aleteante mientras la sala se quedaba a oscu­ras. Después había un incómodo silencio, que sólo rompía el ruido del equipo de proyección, cuando se accionaban las palancas y se pulsaban los interruptores. Ni Michael ni Viole­ta hablaban. Después, la pantalla cobraba vida de nuevo, re­flejando las peores situaciones de la vida de Mike. Mientras se iban proyectando las películas, él sabía que se acercaba el «acontecimiento crucial». Y por fin apareció allí, frente a él: el día en que murieron sus padres.

 

Mike sabía que no tenía por qué quedarse si realmente no quería hacerlo. Todos los ángeles le habían dicho que podía elegir. En ese preciso momento, quería salir corriendo. Men­talmente, expresó un ruego lo suficientemente «alto» como para que los ángeles pudieran oírlo: «¡Dios mío, por favor… no quiero volver a vivir esto! ¡Ya he tenido suficiente!».

 

De todas maneras, empezó la película, y Mike sintió como si lo arrollase un camión. Sentado en la butaca, no perdió el control ni rompió a llorar; esperaría a hacerlo más tarde, por la noche. Permaneció sentado estoicamente, mirando la pelí­cula de su vida avanzar en tiempo real. Volvió a vivir el mo­mento en que recibió la llamada telefónica, la conmoción, el funeral, el pesar y la tristeza; la subasta de la casa, del granero y de las tierras, así como la venta del equipamiento de granja de su padre, incluido el viejo tractor. Vivió otra vez la revi­sión de las pertenencias de su padre y de su madre, las fotos de tiempos mejores, los retratos de su boda, e incluso descu­brió algunas cartas que ambos intercambiaron cuando se ena­moraron.

 

Mike permaneció muy quieto, tratando de eludir sus senti­mientos. Había disciplinado su mente para erigir un muro entre él y sus emociones, pero mientras estaba sentado en la buta­ca, se sentía victimizado. Sintió las convulsiones involuntarias del dolor que intentaba manifestarse en oleadas, recorriendo todo su cuerpo. Ansiaba que su pena se expresara mediante una explosión de lágrimas y congoja. La presentación fue impecable, y su realismo, un verdadero suplicio. Ésta era la cosa más difícil que le habían pedido en toda su vida. Había sido el blanco de una broma de mal gusto, a través de todo lo que había estado viendo durante horas y horas. ¡En esa sala le estaban acosando y castigando! No era justo. ¿Cuál era la in­tención?

 

Cuando acabó el episodio de la muerte de sus padres, Mike suspiró aliviado; ya no podía haber nada peor que eso. Se sintió empequeñecido, fatigado, y estaba empapado en sudor. A pesar de todo, el tema se imponía, y siguió ahí, mirando. No podía dejar de hacerlo. ¡Era tan real!

 

Cuando vio a «Grillo» (era el apodo que le había puesto a Shirley) Mike supo que nuevamente iba a pasarlo mal. La siguiente historia que empezó a proyectarse era la de su últi­ma relación amorosa en Los Ángeles, y de su rápido deterio­ro. Mike se había volcado completamente en la relación, y en cambio. Grillo la había vivido muy a la ligera. La situación no implicaba ninguna muerte, aunque en realidad podía de­cirse que sí, ya que significó la muerte de su corazón. Una vez más, intentó endurecer su corazón mientras miraba las imágenes de la pantalla. ¡Qué buen aspecto tenía ella! ¡Qué memorable era su voz! El suceso era todavía muy reciente; después de todo, había sido la causa de su depresión, de la falta de autovaloración y, consecuentemente, de acabar de­sempeñando un empleo de mala muerte. Mike lo vio todo y volvió a vivir los pormenores del segundo incidente más de­primente de su vida. Los episodios avanzaron hasta llegar al lugar donde Mike había trabajado cuando vivía en Los Ánge­les. Uno de los papeles más negativamente destacables lo te­nía el director de la oficina, a quien le gustaba ofender verbal­mente a sus subordinados. También salía el claustrofóbico cubículo donde Mike había trabajado de tan buena gana.

 

El pase de películas terminó a las cuatro en punto; las últi­mas escenas trataron sobre el allanamiento de morada y el atraco en su apartamento. La película acabó en la escena en la que le llevaban al hospital. Cuando la pantalla quedó en blan­co, Mike escuchó el sonido intermitente, provocado por un trozo de cuero que golpeaba ruidosamente contra la bobina, que indicaba que se había acabado el rollo. El ruido continuó, pero las luces siguieron apagadas. Mike se levantó y puso una mano a modo de visera para proteger sus ojos de la inten­sa luz del foco del proyector, intentando ver si Violeta seguía en el fondo de la sala. Pero no estaba allí. El final de la pelícu­la indicaba también que, por ese día, la lección había acaba­do. Mike estaba solo, tan solo como había estado en las pelí­culas.

 

El proyector continuó haciendo ruido mientras Mike salía de la sala. Hizo el recorrido hasta llegar a sus habitaciones. No sentía la necesidad de cenar. Estaba deprimido. Había sido golpeado emocionalmente, y cayó sobre la cama, sin desves­tirse siquiera. Violeta no apareció para darle las buenas no­ches. Mike sabía que el ángel le dejaba, sabiamente, a solas esa noche. Él no estaba de humor para charlar.

 

Mientras dormía, Michael siguió viendo las películas en sueños. Se repitió el episodio del matón, el de sus padres y el de Grillo. No le dejaban en paz. Finalmente, se abandonó y sollozó incontrolablemente en la almohada. Las imágenes de sus padres, tan vivas y vibrantes, sólo hacían que aumentar su pena. Ésa era la segunda vez que, en esa tierra sagrada, angé­lica y ungida, Michael se sentía totalmente solo y desconsola­do: víctima de la vida. ¡Ahora tenía las películas para consta­tarlo!

 

***

Por la mañana se encontró mejor, aunque pensativo. Como tenía hambre, desayunó mucho. Seguía sintiéndose victimizado por la situación del día anterior, pero de alguna mane­ra se había convencido de que lo peor ya había pasado. Era fuerte y, a pesar de no comprender la necesidad de vivir todo eso, había tomado la firme resolución de no caer de nuevo en la oscuridad y la depresión. Fuera lo que fuera lo que le estu­viera deparando el día de hoy, debía de ser mejor.

 

Después de desayunar, Mike se vistió. Le habían propor­cionado ropa nueva, de color violeta, para reemplazar aquella con la que había dormido. Pronto estuvo listo. Violeta apareció en el umbral de la puerta, que estaba abierta, y permane­ció ahí en silencio, como dando tiempo a que Mike reaccio­nara y expresara cualquier cosa que necesitara decir, o para que la reprendiera por la dolorosa experiencia del día ante­rior. Michael sabía que estaba allí. Ella le miró un rato y final­mente dijo:

 

—Michael Thomas de Propósito Puro, ¿hay algo que de­sees decir o algo que quieras preguntar?

 

—Sí —Michael adoptó una actitud estoica—. ¿Quedan pe­lículas por ver?

 

—Sí —afirmó dulcemente Violeta.

 

—En ese caso, cuanto antes lo hagamos, mejor. —Michael se puso de pie y esperó a que ella empezara a andar.

 

Violeta estaba sorprendida. Las experiencias que el ángel había tenido con otros seres humanos en esa casa no se pare­cían en nada a ésa. Verde tenía razón, este ser humano era especial. Era probable que llegara a conseguirlo. Era posible que estuviera entre los pocos que consiguen recorrer todo el camino. Ella nunca había visto tanta determinación, ni un cam­bio vibratorio tan rápido. Eso le hacía sentir que la parte de entrenamiento que le correspondía impartir era especial, y por ese motivo quería muchísimo a Mike. Violeta dio media vuelta y le condujo otra vez al teatro.

 

Mike ya sabía lo que tenía que hacer. Se sentó en la gran butaca acolchada de color violeta que estaba en la primera fila, como un prisionero sentado en la silla eléctrica esperando que la electricidad empezara a fluir. En este caso, lo que esperaba era que las luces menguaran y empezara la película. Mike estaba resuelto, y tenía propósito y determinación. Nada podría impedirle llegar al hogar. ¡NADA!

 

De nuevo, su vida se desarrolló ante él en forma de pelícu­la, empezando por su infancia. En esta ocasión el tema fue distinto, y él se dio cuenta enseguida. Lo tituló «Todas las cosas malas que he hecho en mi vida». Los episodios de su infancia fueron divertidos, y Mike se rió a carcajadas de mu­chos de ellos. Reír le hacía sentirse bien, aunque todavía te­nía las costillas doloridas de tanto llorar la noche anterior.

 

A medida que fue aumentando su edad en las películas, algunas de las cosas que había hecho, que eran exhibidas con lujo de detalles, empezaron a avergonzarle. Seguramente Vio­leta conocía los hechos, pero él no quería vivirlos otra vez. Se deslizó hacia abajo en su butaca mientras se representaban. Se encogió y se sintió incómodo.

 

En la película tenía diez años y se encontraba en la iglesia, burlándose del pastor y pasando notas que contenían dibujos obscenos y tontos sobre las partes íntimas del cuerpo. Él y sus compañeros de la Escuela Dominical pensaban que era muy divertido dibujar esas cosas, que posteriormente metían en los sobres destinados a los billetes; una vez hecho esto, los depositaban en la canasta para el cepillo. Reían y reían imagi­nando la cara que pondrían «las del pelo azul», las mujeres mayores que abrían los sobres y contaban el dinero que se había recaudado ese día.

 

En otra película, Mike tenía doce años. Era un domingo por la mañana y sus padres habían ido a la iglesia. Salió a hurtadillas y puso en marcha el tractor de su padre. Había fingido estar enfermo y por eso le permitieron quedarse en casa. El tractor se puso en marcha, pero Mike no sabía cómo hacer que se moviera; lo intentó accionando todas las palan­cas y pisando los pedales, pero no lo consiguió. El problema era que no sabía conducir con transmisión manual; había creído que el tractor tenía transmisión automática, como la del co­che familiar, en la que solamente había dos pedales: uno para acelerar y otro para frenar. De pronto, se oyó un ruido estrepi­toso, que duró un buen rato. Mike había finalizado su aventu­ra con el tractor estropeándole la transmisión.

 

Cuando su padre descubrió la avería, fue a hablar con él y le pidió que le dijera la verdad:

 

—Mike, ¿has intentado poner en marcha el tractor y con­ducirlo?

 

—No, padre —mintió.

 

Mike se avergonzó por ello entonces y también ahora. De alguna manera, su padre lo sabía, y Mike lo captó en su mira­da. Ésa fue una de las ocasiones que le enseñaron a Mike lo que se sentía al quebrantar la integridad de la familia. No era una sensación agradable, y recordaría el hecho durante el res­to de su vida. La factura de la reparación fue cuantiosa, y Mike fue consciente, por primera vez, de lo que su impruden­cia le había costado a sus padres. Después del suceso, duran­te semanas solamente comieron alubias y carne de cerdo en conserva, intentando recuperarse del gasto imprevisto. Cada vez que se sentaba a la mesa, Mike veía los resultados de su insensatez, y durante un tiempo «saboreó», literalmente, su mentira. Ahora lo experimentaba de nuevo, a todo color y en formato tridimensional. Se hundió todavía más en la butaca. ¡Parecía tan real!

 

A medida que Mike iba creciendo en edad y estatura, se iba volviendo más fuerte. En el sistema escolar de entonces, muchos estudiantes eran transferidos de una escuela a otra, a la que asistían durante el tiempo que la familia vivía en el mismo distrito. Así fue cómo Henry, el «matón» de la escuela primaria de Mike, se trasladó con todos los demás. Aunque la escuela primaria era un panorama, el «abusón» dejó de ser importante cuando llegó al bachillerato. Los cuerpos de ma­yoría de los otros chicos habían alcanzado ya el nivel de desa­rrollo precoz del matón, y el campo de juego de los adoles­centes estaba más nivelado. Henry, el abusón, no iba bien en la escuela y apenas se las arregló para poder terminar. Michael aprovechó cada ventaja que tuvo para hacerle imposible la vida escolar. Utilizaba su estatura y popularidad como un instrumento de intimidación, a menudo mofándose de él perso­nalmente o amenazando con hacerle daño.

 

En el último año de bachillerato, Mike usó el poder que tenía como presidente del curso para excluir al ex gorila de todas las actividades y diversiones beneficiosas que podía ofrecerle la escuela. Manejó su influencia como lo haría un profesional y, de este modo, el rufián de antaño se vio privado de todos los eventos y actividades gratificantes y divertidos que se llevaron a cabo (desde negarle la entrada a los bailes organizados en el colegio, hasta boicotear su acceso a las asig­naturas optativas para las que tuviera aptitudes). Mike nunca comentó con nadie lo que estaba haciendo, pero le encantaba emplearse a fondo para estropearle los años de bachillerato. Aunque Henry sabía lo que estaba sucediendo, no podía ha­cer nada por evitarlo. Más adelante pudo vengarse, pero Mike no lo supo hasta el momento en que, sentado en la butaca, miraba en la película cómo se desarrollaban los hechos. ¡Ha­bía sido Henry quien había orquestado la difamación contra Mike en el último año del instituto! Él inició con éxito los dañinos rumores que anularon las posibilidades de Michael de ser presidente de su clase.

 

Posteriormente, en la vida real, Mike se enteró de que Henry, siendo adulto, se había vuelto un auténtico matón y que estaba en la cárcel. A menudo se preguntaba si las cosas habrían evolucionado de otro modo si hubiera dejado en paz a Henry en sus años de bachillerato. Mike se sentía avergon­zado por lo que había hecho, mientras iba viendo de nuevo cómo se desarrollaron los acontecimientos.

 

Mike se estaba empezando a sentir un cretino. Ésta era una película larga sobre las cosas malas que había hecho en la pubertad y en la adolescencia y lo poco ético que había sido en ese período de su vida. ¡Quizás hasta había estropeado las oportunidades en la vida de ese hombre! Mike se sintió real­mente empequeñecido. Siguió viendo la película.

 

Durante el último año del instituto, Mike había hecho tram­pa en un examen. Sus notas eran altas en promedio, pero te­ma problemas con Historia. Él echaba la culpa al profesor, porque era aburrido. Lo que hizo fue copiar el examen con antelación, valiéndose de la copia de una llave a la que el año anterior había tenido acceso por ser el presidente de su clase. Mike pensaba que, de algún modo, se trataba de un caso de justicia poética, y recordaba vivamente que ya le habían «cas­tigado» por la infracción que estaba cometiendo ahora. Se refería a aquella vez que en la escuela primaria le acusaron de haber copiado, siendo inocente. Así que, en su mente, el acto estaba justificado.

 

La cosa se puso más fea. El destino quiso que el profesor sospechara de la mejora repentina de Mike, y le acusara de hacer exactamente lo que había hecho. Mike, usando su carismática personalidad y apelando a las buenas notas obtenidas en otras clases, así como a la reputación que le precedía, cues­tionó al profesor ante la administración del colegio. Con esto consiguió que sancionaran al maestro, sanción que quedó con­signada en su expediente y que posiblemente sería un obs­táculo para que obtuviera ascensos. Mike no supo esto último hasta ese mismo momento, sentado en la gran butaca acol­chada.

 

«¡Maldición! Esto duele. Si ser tratado injustamente por la vida ya es bastante desagradable, peor es verse uno mismo mintiendo y haciendo trampa.» Mike no quería ver más epi­sodios sobre el tema, y deseó que la proyección acabara en ese mismo momento.

 

Así fue. En realidad, ya quedaba muy poco, prácticamente nada, para que Mike se viera como adulto. Toda su vida había cambiado con la muerte de sus padres. Le había hecho crecer rápidamente y despertado en él la sólida integridad que aho­ra, siendo adulto, reivindicaba. Era como si llevara el nombre de la familia escrito en la frente, y con él el arduo trabajo de sus padres. Mike dio un profundo suspiro de alivio al escu­char el ruido intermitente de la guía del rollo golpeando en la bobina. El proyector se paró y las luces se encendieron gradual­mente; Violeta fue a su encuentro desde el fondo de la sala.

 

—Michael, ven conmigo, por favor —le dijo con mucha suavidad.

 

Sin decir nada, Mike hizo lo que le pedía, y al ponerse de pie, se sintió fatigado. ¡Había pasado allí tantas horas! Espe­raba no tener que volver a ver eso nunca más, y detestaba el lugar donde habían pasado las películas sobre su vida. Mien­tras lo conducían fuera de la sala, se volvió para mirar hacia la parte posterior de ésta, donde estaba el proyector. Esperaba ver decenas de rollos apilados por todas partes, porque ha­bían sido dos días enteros de proyección. Pero no había nada: la sala estaba limpia y despejada.

 

Violeta era el ser más bueno que Mike había conocido ja­más. No es que fuera mejor que Azul, Naranja, o incluso, que Verde, su compinche angélico. Ella era diferente. Cada uno de los ángeles tenía cualidades entrañables que Michael ado­raba. Este ángel, en concreto, emanaba cariño e interés. ¡Mike quería permanecer allí y vivir bajo el paraguas de su paz maternopatemal! Era una sensación maravillosa sentarse frente a ella y escucharla hablar. Todo era fantástico cuando ella es­taba allí. Mike no había olvidado esa sensación; se dio cuenta de que era la misma que tenía cuando era un niño y no tenía responsabilidades. Por lo tanto, era muy adecuado que a Vio­leta se le hubiera asignado la Casa de la Responsabilidad, porque allí ella representaba al progenitor, y Mike era de nue­vo el niño. Sentía una liberación de la vida.

 

Violeta condujo a Mike a una gran sala. En otra situación, hubiese dicho que se trataba de una sala de conferencias, pero en este caso sólo había dos sillas. En una de las paredes había una especie de tablero, y las otras paredes estaban llenas de símbolos y grafismos.

 

En las otras casas, los ángeles no solían permanecer senta­dos mucho rato. A diferencia de los humanos, no se cansaban ni necesitaban dormir, y tampoco necesitaban sentarse. So­lían hacerlo sólo para que el ser humano que estaba con ellos se sintiera cómodo, como en este caso. Con elegancia, Viole­ta tomó asiento frente a Michael y dijo:

 

—Michael Thomas de Propósito Puro ¿cómo te sientes?

 

Iniciaba la conversación con una pregunta que podía per­mitir que Mike diera salida a los sentimientos que le había despertado el reciente pase de las películas. Él lo hizo, y ade­más, añadió algo que había estado pensando durante la noche anterior.

 

—Querida Violeta. —Mike realmente quena a ese gran ángel, tan considerado. —Sé que el causar dolor, sufrimiento, duda o miedo no concuerda con tu conciencia angélica, pero al proyectar esas películas has provocado todos esos senti­mientos en mí. Sé que debes tener una buena razón para haberlo hecho. Me preguntas que cómo me siento… —Mike hizo una pausa y caviló un rato, intentando ser totalmente honesto respecto de las emociones que había experimentado durante esos últimos días—. Me siento violado… —volvió a hacer una pausa—, fatal, victimizado, afligido por mis pro­pios errores, culpable por lo que hice y enfadado por lo que otros me hicieron a mí. Me siento hundido en la tristeza por el pesar que me causaron circunstancias que escapaban a mi con­trol, y además, apaleado, introspectivo.

 

Mike siguió descargando su corazón con Violeta. Un cora­zón que ya casi no contenía emociones, porque lo había ex­primido la noche anterior. Intentaba explicar a Violeta, lo mejor que podía, lo que su parte humana estaba sintiendo. Las pala­bras siguieron fluyendo, y entonces Mike empezó a repetirse, pero el ángel le dejó seguir. Su catarsis empezaba a reducir su tensión. Se había expresado a sí mismo, se había quejado de todo, y después había vuelto a quejarse. En ningún momento preguntó por qué era necesario que mirara las películas. Intui­tivamente, supo que Violeta le dejaría saber la razón. Y esta­ba en lo cierto.

 

Al acabar, sintió necesidad de beber agua, y entonces vio que se la habían proporcionado, aunque no supo cómo. Bebió un sorbo e hizo un gesto a su silenciosa acompañante, hacién­dole saber de este modo que ya había acabado su discurso. Violeta se puso de pie y, amablemente, empezó a darle una explicación.

 

—Michael —dijo, y miró en lo más profundo del alma de Mike, con una cariñosa intensidad que él supo que provenía de la mente de Dios—. Como ser humano en entrenamiento para regresar al hogar, ésta es la última vez que experimenta­rás cualquiera de estos sentimientos.

 

Le dejó reflexionar un instante mientras se levantaba e iba hacia una pared en apariencia lisa y sin adornos. Tiró hacia abajo de la especie de pliego de papel que estaba enrollado en la pared, cerca del techo, para extenderlo. A Mike le recordó los mapas de las aulas, que son desplegables y cuando ya no se necesitan, se enrollan para dejar libre la pizarra. El pliego de papel tenía un cuadro con algo escrito con los mismos ca­racteres de apariencia árabe que Mike había visto en las eti­quetas de la Casa de los Mapas. No pudo descifrarlos.

 

—Estoy aquí para explicarte que tú y las otras personas que aparecen en tu vida planeasteis cuidadosamente el poten­cial de todo lo que has visto en el Teatro de la Vida durante estos dos últimos días.

 

Mike dejó que las palabras calaran en él. En realidad, no podía entender cómo era posible tal cosa.

 

—¿Planeado? —preguntó.

 

—Sí.

 

—No puede ser. Hubo accidentes, coincidencias, cosas que simplemente sucedieron, miles de factores que creó el azar. Mike hizo una pausa.

 

—Tú lo planeaste junto con los demás, Michael.

 

—¿Cómo?

 

—Michael Thomas, ya sabes que eres un ser eterno. Estás aquí buscando el permiso y el entrenamiento para regresar al hogar, un lugar de sacralidad donde intuyes que habrá res­puestas, paz y propósito, según tu propia definición. Hasta ahora era un secreto para ti, pero ahora ya sabes que has esta­do en la Tierra en muchas ocasiones, y te has manifestado a través del cuerpo de muchos seres humanos, de diferentes tipos y tamaños. Esta vez eres Michael Thomas.

 

Mike conocía la teoría sobre las vidas anteriores, pero ahora se la estaba confirmando alguien que gozaba de toda su con­fianza, así que la aceptó y se maravilló ante la idea.

 

—Cuando no estás en la Tierra —continuó Violeta— las lecciones para tu próxima encarnación las planea para ti la única persona que sabe lo que necesitas: ¡Tú! Tú y los otros establecéis los potenciales para tu aprendizaje. Algunas de estas personas estuvieron de acuerdo en pincharte e impulsarte. ¡Otras acordaron incordiarte durante años! Algunos pactaron darte su compañía y, sí, Michael, otros acordaron morir pre­maturamente para facilitar tanto tus necesidades como las suyas.

 

Mike se sintió abrumado por la información que estaba re­cibiendo, y preguntó:

 

—Violeta, entonces, mis padres… ¿Ellos sabían que…?

 

—Además de que TODOS VOSOTROS lo sabíais, con ello ha­béis tenido el regalo más grande de vuestra vida.

 

Los ojos de Violeta eran los más compasivos que Michael había visto. ¡Cuántas cosas sabía de él! Estaba dispuesta a explicárselo; esperaba sus emociones y estaba preparada para responder a cualquier pregunta. Era sorprendente.

 

—Esto es complejo, Michael —continuó Violeta—. Cada encarnación de un ser humano está vinculada a las de todos los demás, y guarda una relación con ellos. Hay contratos que se redactan incluso antes de llegar, que establecen los poten­ciales de aprendizaje y evolución. Puedes ser la espina de otra persona, así como una perla de gran valor. Las situaciones que llamas accidentes y coincidencias están planeadas con esmero.

 

—Eso suena a predestinación —señaló Mike.

 

—Nada de eso. En todo tienes opciones para elegir. Se ha creado el camino, pero puedes elegir recorrerlo o no, o crear uno nuevo si así lo deseas —el ángel hizo una pausa para dar efecto a sus palabras—. Eso es exactamente lo que estás ha­ciendo ahora —sonrió y continuó—: Cuando expresaste tu intención de recorrer este camino, te deshiciste del contrato que habías hecho con los otros. Fuiste más allá de lo munda­no que habías planeado que podía suceder para facilitar las lecciones normales, y en cambio decidiste ir en busca del oro, Michael Thomas. Ahora has conseguido verlo y entiendes la perspectiva general.

 

—¿Cuál ha sido la razón de ser de las películas. Violeta?

 

Mike tenía que preguntarlo.

 

—Permitirte contemplar cada aspecto aparentemente ne­gativo de tu vida, Michael, y hacerte comprender que tú ayu­daste a crearlos y a planificarlos, y que los llevaste a cabo justo como estaba programado. Dicho de otro modo, eres res­ponsable de ello.

 

Mike se quedó atónito al pensar en esto. Seguía sin com­prender la dinámica.

 

—¿Y si quería cambiarlo, Violeta? ¿Cómo es posible que haya elegido tener tantos problemas y tragedias? Violeta estaba preparada para responder.

 

—Cuando no estás aquí, Michael, tienes la mente de Dios. De momento, esto es algo que está oculto para ti, pero es así. La muerte y las circunstancias emocionales son energía para Dios. Tú eres eterno, y las idas y venidas de los seres huma­nos están destinadas a un propósito más elevado de lo que te imaginas, y que comprenderás de nuevo algún día, cuando adoptes la forma que yo tengo. Por ahora, basta con que com­prendas que lo que llamas tragedia, aunque sea horrible para ti en tu mentalidad actual, puede ser el catalizador del cambio planetario y del incremento vibratorio, además de ser un don incalculable. Lo importante es la perspectiva de conjunto y no el acontecimiento en sí mismo. Sé que suena confuso, pero es así —Violeta hizo una pausa para dejar que Mike reflexio­nara sobre todo ello. Luego continuó—: En cuanto a querer cambiarlo, siempre tuviste esa opción y esa oportunidad, pero ese hecho también está velado para la mayoría de los seres humanos. Todo esto forma parte del examen de la vida, Mi­chael. Míralo de este modo: cuando dejes este lugar, tu ten­dencia natural será seguir el camino. El camino es la vía más natural. Es fácil, y no tienes que pensar mucho en hacia dón­de te diriges. Ya existe, mostrándote el camino, así que no hay razón para no seguirlo. La verdad es que en esta tierra de las siete casas, el camino siempre va en la misma dirección, aunque serpentee un poco. Por lo tanto, podrías llegar más pronto a cada casa si simplemente fueras en esa dirección, sin ir por el camino. Si lo haces, probablemente descubrirás cosas nuevas y maravillosas a lo largo del trayecto. En la vida humana ocurre lo mismo. El camino representa tu plan po­tencial con otras personas. Aunque serpentea, siempre te lle­va en la misma dirección, hacia el futuro. La mayoría de los seres humanos van por el camino y nunca se dan cuenta de que tienen la opción de no seguirlo, si así lo desean. Cuando un ser humano deja de ir por el camino, las cosas cambian para él o ella, especialmente su futuro. Tan pronto como ex­presa el propósito de salirse del camino, realmente empieza a escribir un nuevo futuro. Encuentra la paz al ser capaz de controlar mejor su vida; experimenta lo que es tener inten­ción. A algunos de estos seres humanos los recibimos aquí, Michael.

 

Violeta sonrió con intención, y Michael le hizo la siguien­te pregunta:

 

—¿Qué hay respecto a la Casa de la Responsabilidad?

 

—Es el lugar donde aprendes que tú, Michael Thomas de Propósito Puro, eres el responsable directo de todo lo que sucede en tu vida: la tristeza, la aflicción, lo que en apariencia son accidentes, la pérdida, el dolor, lo que otros te hacen, y sí, incluso, de la muerte. Lo sabías cuando llegaste, ayudaste a planificarlo todo junto con los demás, y lo has protagonizado hasta ahora.

 

—¿Y cuál es el propósito de tal cosa?

 

—El amor, Michael. El amor en su nivel más elevado. El plan sublime es algo que conocerás a su debido tiempo. Por ahora, entiende sólo que todo esto es lo apropiado y forma parte de una visión de conjunto del amor que ya conoces y en la que estás participando en este preciso momento. Las cosas no siempre son lo que parecen.

 

Las palabras resonaron en los oídos de Michael. «Las co­sas no siempre son lo que parecen…» Ésas fueron las palabras que le dijo el primer ángel, el que se presentó ante él en la visión posterior al atraco. A lo largo del viaje, había escucha­do la misma frase de boca de los otros ángeles. Mike se deva­naba los sesos pensando en estos nuevos conceptos. De pron­to, recordó las palabras de Azul en la Casa de los Mapas: «Estás viendo los contratos de todos los seres humanos que están en el planeta». Dentro de aquellas pequeñas cavidades, que Azul controlaba (había millones de ellas) estaban los pla­nes potenciales de toda la humanidad, planificados por cada individuo y listos para ser modificados si los humanos así lo deseaban.

 

Súbitamente, el verdadero mensaje de todo esto golpeó la mente de Mike como un martillo. ¡Si lo hubiera sabido cuan­do era joven! Habría podido entender mucho más acerca de la vida. Podría haber cambiado su futuro. Podría haber encon­trado la paz al tener esa visión de conjunto. Las muertes, el amor perdido, la depresión. ¡Cuánta esperanza y sabiduría podría haberle aportado esta información! Le asombraba pen­sar que existía la opción de cambiar su vida. Violeta tenía razón. Mike había seguido la trayectoria de su vida como si fuera un camino, dejando que las cosas se desarrollaran de acuerdo a lo que…¿había planeado? Era un concepto difícil de asimilar. Significaba que él era responsable de todo lo que le había ocurrido. Esto le daba una perspectiva totalmente nueva a todo. ¡Podría haber usado esa información! Su vida habría sido muy diferente. Pero nadie de la iglesia le había explicado esto. Amaba a Dios y siempre había percibido el carácter sagrado de ese lugar, pero siempre le habían dicho que él era una oveja que seguía a un pastor. Ningún maestro espiritual le había dicho que él tenía este poder.

 

—Escucha, Violeta, si esto es tal como dices, ¿por qué en la iglesia no me enseñaron nada al respecto?

 

—La iglesia no te lo explicará todo, Michael. A veces te enseña muchas cosas sobre los seres humanos y su concep­ción de Dios.

 

Violeta no estaba criticando ni juzgando a ningún ser hu­mano. Simplemente, era objetiva y veraz.

 

—Entonces, ¿la iglesia estaba equivocada?

 

—Michael, la verdad sigue siendo la verdad, y hay frag­mentos y partes de ella en todos vuestros sistemas espirituales. Todos vosotros sois honrados por buscar la verdad de Dios. El amor, los milagros y los mecanismos del modo como funcionan las cosas están representados, en cierto grado, en vues­tros lugares de culto. Esa es la razón por la que sentías el espíritu de Dios cuando ibas allí, Michael. El espíritu honra la búsqueda, incluso cuando no se conocen todos los hechos. Recuerda que tu verdadera existencia te está velada, incluso ahora, mientras escuchas la verdad. Tu iglesia y a todas las búsquedas espirituales que hay en vuestro planeta, son honra­das porque representan la búsqueda de Dios y de la verdad espiritual. Lo único triste es que cuando los seres humanos controlan esta búsqueda y la limitan para evitar que se poten­cie y escape a su control, aíslan mediante el miedo a aquellos que están bajo su potestad. El honor reside en la búsqueda, y no en lo que habéis montado a su alrededor. Por lo tanto, el carácter sagrado de vuestro planeta reside dentro de quienes lo habitan y no en los edificios llenos de chapiteles —Violeta se acercó al gráfico que había desenrollado anteriormente y prosiguió—: ¿Crees que vuestras sagradas escrituras son sa­gradas? Mira esto —dijo, señalando el escrito críptico que se veía en el pliego de papel—. Éste es el registro akásico de la humanidad. Contiene los registros de vuestras vidas y de vues­tros contratos potenciales —hizo una pausa reverencial—. Michael, éste es el escrito más sagrado que existe en el Uni­verso, y fue redactado y ejecutado por aquellos que decidie­ron emprender el viaje ¡como seres humanos!

 

Por primera vez en bastante rato, miró directamente a Michael, a quien no le había pasado desapercibido el mensa­je. De pronto, se dio cuenta de que la actitud del ángel de­notaba un respeto hacia él. ¡Un respeto espiritual! Que los papeles se estuvieran invirtiendo resultaba sorprendente e in­cómodo para Mike. Deseaba saber más sobre el tema, y ella le dio la información.

 

Los días subsecuentes que Mike pasó en la Casa de la Res­ponsabilidad fueron pasmosos por la profundidad del mensa­je de vida y humanidad que contuvieron. No solamente apren­dió más acerca de quién era él, sino también acerca de quién había sido. Todo fue encajando como un rompecabezas de inmensas proporciones. Violeta le mostró los registros y contratos de sus padres y los de las otras personas que formaban parte de lo que había sido su vida hasta ahora. No había reci­bido nada que no fuera apropiado, y no consiguió ver nada que pudiera cambiar lo que iba a suceder, pero una amplia perspectiva de su propia existencia empezaba a tomar forma.

 

¿Cuál fue la información más asombrosa? ¡Que los huma­nos eran, en realidad, partes de Dios, que habitaban el planeta sin tener conocimiento de este hecho para llevar a cabo un proceso de aprendizaje que, de algún modo, cambiaba los aspectos espirituales y la vibración de la Tierra misma!

 

Violeta se